Ir al contenido principal

La indefensión de la Filosofía. Miguel García-Baró López

La indefensión de la Filosofía
Miguel García-Baró López
    He perdido la cuenta de los ensayos que se han hecho para suprimir la asignatura de Filosofía de la enseñanza media en España. Mejor no sumarles las disminuciones, bastante logradas, en el contenido y, sobre todo, en el horizonte de los temas que forman el programa y en la importancia relativa que se concede a su evaluación en el momento de pasar del bachillerato a la universidad. ¿De qué es esto un síntoma? ¿Qué causa mueve este proceso continuo? ¿Cómo se debe reaccionar del modo más eficaz posible?
    Hay una forma de incluir algo con el nombre de Filosofía en el currículum escolar que justificaría la retirada de esta. Me refiero a lo que en la práctica ocurría ya hace décadas con la Literatura, en que se venía a enseñar dos datos biográficos y una lista de títulos de cada personaje. Luego se los clasificaba según escuelas, y el pobre estudiante no podía creer aquella docilidad a la moda que obligaba a los contemporáneos a no ser sino románticos, para en la generación siguiente pasar todos a ser realistas, y en la otra, naturalistas. 
    Cuando se trata de filósofos, parece imprescindible añadir al título de alguno de sus escritos un par de opiniones célebres. No hace falta mucha imaginación para representarse qué puede hacer alguien con una famosa sentencia sin contexto, sin fundamento y sin consecuencias. De mí sé decir que la mejor calificación en la prueba de selectividad la consiguió el hijo que reconocía que no sabía en absoluto lo que significaba lo que le “enseñaron” de Aristóteles, pero se negó a recibir ninguna explicación mía, no fuera a comprender y, por tanto, a mezclar y a fracasar. 
    Aún es peor hacer un extracto o concentrado de filósofo ad usum delphinis. Varios de los más profundos pensadores se negaron a escribir o, por lo menos, escribieron que no escribirían jamás las ideas que más íntimamente les importaban; o se expresaron a través de una legión de escritores que, aun usando el mismo estilo, llevaban nombres distintos. Sin ironía, sin necesidad de interpretar hasta los silencios y los espacios blancos entre las letras y las líneas de tinta, no se entiende el maravilloso género dialógico o literario que es esencial a la filosofía. Un extracto es justo la cosa menos irónica que existe: Descartes en noventa minutos.
© de foto: Fenomenología y Filosofía Primera
    ¿Acaso es justo entonces evacuar la Filosofía de la enseñanza media? Hay países cultos en cuyos programas de este nivel no figura una materia de Filosofía, y es indudable que algo de formación jurídica, económica y médica debe recibir una persona joven antes de entrar en la universidad o en la profesión. Para hacer sitio a estas necesidades, ¿por qué no empujar fuera del sistema a las listas de escuelas o a los extractos de filósofos? 
    Suponer que se elimina la Filosofía porque se desea criminalmente que la gente no piense es una miajica basto, aunque siempre contiene un punto de verdad. Si la gente identifica filosofía con pensar, sacarla de los planes de estudio es vocear innecesariamente que el poder prefiere borregos y masas estabulizadas antes que individuos libres y con una cabeza propia sobre los hombros. Ya imaginamos que todo poder tiene esta tentación y cae en ella cuanto puede; pero, ¡por favor, un poco más de sutileza!
    Los dos espacios filosóficos que tendrían que reservarse como cosas intocables son, creo yo: 1) una introducción sistemática a los maravillosos problemas del conocimiento y de la acción moral y política; 2) la exigencia de leer y, sobre todo, escribir acerca de las cuestiones que realmente angustien o emocionen positivamente a quien se está formando. ¿Qué significan las palabras verdad, bien y mal? Aunque no se tengan las habilidades dialécticas ni de Sócrates ni de Juan de Mairena, una antología de textos sobre esas cuestiones puede con cierta facilidad despertar la maravilla, el enigma, el vértigo de un primer contacto auténtico con la Filosofía. Los alumnos no necesitan que se les implanten los enigmas de la realidad; es suficiente con que no ayudemos a que se les embote la sensibilidad para ellos.
    Una vez que se ha introducido temáticamente a la Filosofía, se habrá logrado en paralelo una inevitable iniciación a su historia, a sus ciclos creativos. La segunda materia debe proponer los misterios que llenan de congoja y de entusiasmo la vida, pero no para aprender qué dijo alguien acerca de ellos, sino para pensar, escribir y dialogar luego. Mi asunto no es plantear cómo se evalúen o se dejen de evaluar materias de esta índole. Sé que son de la mayor urgencia, de máxima necesidad. De hecho, no termino de ver al profesor Kant calificando una composición con un 5,73 o con un 3,48. 
    No nos han enseñado bien, lo que se dice bien, posiblemente a ninguno de nosotros cuando éramos niños y soñábamos con mil cosas, solo una de las cuales era la universidad. Hemos salido más o menos adelante pese a los pobres comienzos. Así es de suponer que será siempre y fue siempre: la realidad enseña lo que quizá Salamanca rehúsa enseñar en una época de decadencia. Pero si la historia, la física, la matemática, la biología, las lenguas modernas y las clásicas son imprescindibles para construir una personalidad libre, un sujeto político, la meditación filosófica según las líneas mencionadas es, para decirlo con Unamuno, el agua de los abismos de nuestra alma.