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viernes, enero 01, 2010

Dos obras de Henri Bergson: "El alma y el cuerpo" y "Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia"


A continuación os reseñamos un par de traducciones de obras de Henri Bergson, la primera en mención, El alma y el cuerpo, es de 2009 de la serie opuscula philosophica (colección dirigida por Juan Miguel Palacios, Juan José García Norro y Rogelio Rovira), y la segunda es Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, traducida por Juan Miguel Palacios y publicada hace diez años en la colección Hermeneia (dirigida por Miguel García-Baró).

El alma y el cuerpo
Seguido de: El cerebro y el pensamiento: una ilusión filosófica
 



ISBN: 9788474909586
Colección Opuscula philosophica
Páginas: 72
Medidas: 15x21 cm
PVP: 10.00  

"El problema de la relación cuerpo-alma es de los que no dejan a nadie indiferente. Hay que añadir además que es un problema ineludible. Porque tanto si se admite la dualidad última, metafísica, de ambos términos, como si se niega, por reducción de la dualidad a uno de los términos --el de la materia o el del espíritu--, no hay manera de escapar del problema. Si se admite la dualidad última, será forzoso precisar, con no poca dificultad, el sentido de los términos y explicar su relación; si no se admite, si se reduce la realidad a un monismo de carácter espiritualista (como hacen ciertos planteamientos religiosos) o materialista (como hacen con frecuencia las ciencias), queda la no menos laboriosa tarea de explicar por qué lo que se quiere negar, a saber el dualismo, reaparece a cada paso, espontánea y obstinadamente, de la manera más engorrosa, en la vida diaria, real. Siendo esto así, se entiende que sea tema casi tan antiguo como la filosofía. Lo que, por otro lado, puede dar la engañosa impresión de que se trata de un problema intemporal, «eterno» --como ocurre con otros temas filosóficos igualmente recurrentes-- y, como corolario necesario, insoluble. Los textos de Henri Bergson que recogemos en este volumen constituyen una aportación importante, más aún, decisiva, al planteamiento y solución, sin duda provisional, del problema a la altura de nuestro tiempo"   
Descripción tomada de Ediciones Encuentro.


Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia


«HERMENEIA», nº 45
ISBN 978-84-301-1395-8 - 168 págs.
13,46 - PVP 14
Formato: 13,5 x 21 cm - Nº edición: 1


"Este Ensayo (1927) es la primera y más fundamental de las obras de Bergson, que contiene ya in nuce toda su singular filosofía. Se enfrenta de manera muy nueva con un viejo problema: el del ser o no ser de la libertad del albedrío humano.
1. De la identidad de los estados psicológicos; 2. De la multiplicidad de los estados de conciencia. La idea de duración; 3. De la organización de los estados de conciencia. La libertad."

Descripción tomada de Ediciones Sígueme.


jueves, diciembre 03, 2009

Acerca de la investigación de la verdad

 
Decepcionado con la teología y la filosofía escolásticas de su época, la lectura del libro de Descartes, El tratado sobre el hombre, fue lo que despertó en Nicolás Malebranche un apasionado interés por el estudio. La claridad del método cartesiano atrajo al pensador parisino y le animó a aplicar en su reflexión la regla de la evidencia: «Sólo la razón debe presidir el juicio de todas las opiniones humanas que no tienen relación con la fe». Fruto esplendoroso de este programa intelectual es su obra más importante: Acerca de la investigación de la verdad, que ve por primera vez la luz en español.


ISBN 978-84-301-1721-5 - 960 págs.
Formato: Cartoné 15 x 23,5 cm - Nº edición: 1

sábado, noviembre 28, 2009

La fenomenología radical de Michel Henry



Publisher: Romanian Society for Phenomenology & Humanitas
Journal Editor(s): Cristian Ciocan
Guest Editor(s): Rolf Kühn & Jad Hatem
Size: 17cm*24cm / 550 pages
ISSN: 1582-5647 / ISBN: 978-973-50-2553-3

miércoles, noviembre 18, 2009

Acerca del fondo y la revista internacional Michel Henry


"Madame, Monsieur,
Chers Collègues,
Chères Amies et Chers Amis,
 

Depuis mai 2006, Madame Anne Henry a décidé, par un pacte adjoint de donation, de livrer les archives de son mari Michel Henry a l'Université Catholique de Louvain. 
 C'est un honneur inestimable et un défi passionnant pour cette institution. Le travail archivistique suit son chemin et devrait s'achever à l'automne 2010, mettant ainsi à disposition des chercheurs les documents manuscrits et imprimés du Fonds Michel Henry, des bases de données informatisées et une importante bibliothèque de littérature primaire et secondaire.
  Au printemps 2010 paraîtra également le premier numéro de la Revue internationale Michel Henry, aux Presses Universitaires de Louvain, en format papier et en format électronique, pour faciliter sa large diffusion.
  Pour la bonne finalisation de ces deux opérations majeures, je lance à la communauté des chercheurs travaillant sur ou à partir de l'oeuvre de Michel Henry un appel très pratique mais d'une importance radicale.
  Premièrement, dans la revue, une rubrique spécifique reprendra toutes les activités scientifiques tenues en 2009 et celles prévues en 2010: colloques, séminaires, soutenances de thèse, etc. Il en sera de même chaque année de parution de la revue, celle-ci étant annuelle.
  Deuxièmement, une rubrique bibliographique sera entièrement consacrée aux travaux (mémoire de fin de cycle, de maîtrise ou thèse de doctorat) et publications consacrés en tout ou en partie à Michel Henry et son oeuvre philosophique et littéraire.
  Pour mener à bien ce projet, je souhaite demander aux nombreux chercheurs de prendre l'habitude de m'envoyer toutes les informations complètes relatives à ces deux points principaux.
  La collecte de ces informations et l'envoi systématique des travaux, publiés ou pas, seront un outil précieux, tant pour la diffusion de la pensée de Michel Henry que pour les travaux des chercheurs qui pourront en profiter par une consultation protégée par les normes et usages habituels en notre Centre de Louvain-la-Neuve.
  

 L'adresse de contact électronique est : fonds-michelhenry@uclouvain.be
 

 Et l'adresse postale à laquelle je vous prie de nous faire l'hommage d'envoyer vos
publications et travaux est:
 

Professeur Jean Leclercq
Fonds Michel Henry
Faculté de Philosophie Arts et Lettres
14, Place du Cardinal Mercier
1348 Louvain-la-Neuve
Belgique
 

 Vous le voyez, c'est aussi par cet appel que la communauté des chercheurs pourra
profiter de ces nouveaux outils.
Dans l'attente de vous lire et de recevoir ce que dont vous voudrez bien nous faire l'hommage,
je vous prie de croire en mes très cordiales pensées et en l'expression de ma gratitude
anticipée.
 

Professeur Jean Leclercq
Directeur scientifique du Fonds Michel Henry"

domingo, noviembre 01, 2009

IX Congreso Internacional de la Sociedad Española de Fenomenología

El IX Congreso Internacional de la Sociedad Española de Fenomenología tendrá lugar en Segovia los días 10-13 de Noviembre de 2009. El tema general del congreso es "Fenomenología y Políticas" e incluye nueve áreas temáticas (Inscripción). 

viernes, octubre 23, 2009

¿Qué es la crisis?: aproximación filosófica.

logo EFI
Como en años anteriores, la Escuela de Filosofía organiza los Diálogos Filosóficos que este año están dedicados a explorar filosóficamente la noción de crisis y su aplicación a los campos científico, artístico, ético y político. El primero de ellos, titulado ¿Qué es la crisis?: aproximación filosófica


"Vivimos un momento histórico en el que la noción de crisis se ha constituido en la clave interpretativa de la realidad personal, social, económica, política y cultural. Pero no siempre se definen con claridad los signficados más adecuados de este término. De ahí la necesidad de acudir al pensamiento ilustrado, tal como aparece en la obra de Kant, e intentar reconstruir la noción de crisis a partir de la pregunta central por la esencia del hombre. Una pregunta que hace del lugar del hombre en la naturaleza y en la historia un problema, y a partir de la cual es posible comprender por qué la crisis es la noción clave para interpretar nuestro mundo.


Profesor: José Luis Villacañas Berlanga
Doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia. Es catedrático de la Universidad de Murcia y ha disfrutado de una comisión de servicios en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ha sido director de Publicaciones de la IVEI y director general del Libro, Archivos y Bibliotecas de la Generalidad Valenciana.
Duración4 sesiones (4, 11, 18 y 25 de noviembre de 2009) "  EFI 


¿Qué es la crisis?: aproximación filosófica. Profesor José Luis Villacañas. 4,11, 18 y 25 de noviembre de 2009.


Crisis de la verdad: el estado de las ciencias contemporáneas. Profesor: Juan Arana Cañedo-Argüelles. 9 y 16 de diciembre de 2009; 13 y 20 de enero de 2010.


¿Arte en crisis? Profesor: Arturo Leyte Coello. 28 de enero y 4, 11 y 18 de febrero de 2009.


¿Crisis de valores?: nuevas éticas para un mundo por venir. Profesor: pendiente de confirmar. 15, 22, 29 de abril y 6 de mayo de 2010.


Tocar (el) fondo: pensar lo político a partir de la crisis. Profesor: Josep María Esquirol. 18 y 25 de mayo de 2010; 1 y 8 de junio de 2010.

Todos los Diálogos Filosóficos se imparten los lunes  
de 19 a 22 horas en la sede de la Escuela de Filosofía.

ubicacion EFI


Contacto: 
Escuela de Filosofía
Asura 90A
28043 Madrid


(Metro Arturo Soria)
Tel91 716 00 25
Fax91 302 01 78

domingo, octubre 04, 2009

Franz Brentano

Durante el Quinto coloquio latinoamericano de fenomenología, realizado el mes pasado en México, el profesor Miguel Gracía-Baró presentó el libro  Franz Brentano: unidad de conciencia y conciencia del tiempo, escrito por el profesor Manuel Abella y publicado en las  Obras de la Serie Fenomenología, jitanjáfora Morelia Editorial: 2009, Vol. 8.

lunes, septiembre 07, 2009

V Coloquio latinoamericano de fenomenología. Aniversario 150 del nacimiento de Husserl.

martes, agosto 04, 2009

La filosofía, ciencia rigurosa

Traducción del
profesor García-Baró
ISBN: 9788474909722

Año: Junio de 2009

Ediciones Encuentro

Colección: Opuscula philosophica

Páginas: 96

Medidas: 15x21 cm

PVP: 12.00 €


«Al comienzo de los años 10 del siglo XX, una nueva revista alemana, Logos, interesada por el éxito reciente y muy rápido de la filosofía fenomenológica que se elaboraba en torno a Edmund Husserl en la Universidad de Göttingen, solicitó a este pensador un texto en que se presentaran el programa de esa filosofía y algunos de los rasgos esenciales de su contenido, por los que se diferenciaba del resto de corrientes en vigor.
Husserl llevaba diez años sin publicar más que algunas recensiones de textos de lógica y teoría del conocimiento, que también quedaban ya muy atrás en 1910. Desde las Investigaciones Lógicas, su posición global se había modificado, pero apenas había rastros literarios públicos de esta variación. Encontró, pues, que el momento era muy favorable y respondió, en efecto, con un largo ensayo que suscitó enorme interés. Este ensayo es el que ahora volvemos a traducir, con ánimo de mejorar la antigua versión que ya existía en español»
Miguel García-Baró

miércoles, junio 10, 2009

Sial & Silos Pensamiento: nueva colección de Sial Ediciones


Así se refieren los editores a su nueva colección Sial & Silos Pensamiento: "Al cumplirse once años del inicio de nuestra particular singladura editorial, hemos decidido ampliar la nómina de colecciones para poder acoger obras de naturaleza ensayística, que no aborden expresamente temáticas literarias o se engloben dentro del articulismo, subgéneros que encuentran acomodo en otra de las colecciones de Sial: Biblioteca Trivium de Textos y Ensayo. A esta nueva colección la hemos denominado Sial & Silos Pensamiento, como testimonio de reconocimiento y gratitud a esta abadía benedictina en la que, al igual que tantos otros, hemos descubierto la hospitalidad de sus moradores, quienes nos han hecho depositarios de su afecto amistoso y fraternal..."

El rostro de la soledad. Del decir a lo indecible, de Víctor Márquez Pailos, monje del Monasterio de Silos, es el primer título de esta nueva colección Sial& Silos Pensamiento, de Sial Ediciones, quienes dirán:"El libro arranca con un sintético, acertado y sugerente pórtico del profesor universitario y escritor, Miguel García-Baró, que invita a adentrarse en la lectura de esta opera prima de Víctor Márquez".

viernes, junio 05, 2009

"Sócrates y Herederos"de García-Baró, en la Feria del libro de Madrid (caseta 246).


Sócrates y herederos. Introducción a la historia de la filosofía occidental.

El profesor García-Baró estará firmando el sábado
6 de junio de 2009, en la Feria del Libro de Madrid su último libro,
Sócrates y herederos. Introducción a la historia de la filosofía occidental, desde las 18 horas hasta las 21 horas, en la caseta 246 de Ediciones Sígueme (la indicación para llegar a la feria y el mapa de la feria están diponibles aquí).

Sócrates y herederos.

Introducción a la historia de la filosofía occidental.
Miguel García-Baró

«HERMENEIA», nº 85
ISBN 978-84-301-1712-3 - 320 págs.
19,23 € - PVP 20 €
Mayo de 2009.
Formato: Cartoné 14,5 x 21,5 cm - Nº edición: 1


Cada generación necesita evocar con sus propias palabras los acontecimientos, los personajes y las ideas que han configurado la tradición en la que habita. Sin reflexionar sobre la historia y desde la historia, resulta difícil situarse en el presente y comprender los nervios fundamentales que caracterizan una determinada época.

En este sentido, reviste un valor inestimable presentar ante los ojos del principiante el desarrollo vivo de la filosofía en sus avances y retrocesos a lo largo del tiempo, narrar la filosofía de tal manera que sea posible apasionarse con ella y sus posibilidades. La iniciación realmente filosófica a la filosofía y su historia ha de ser, pues, una escuela esencial de libertad, responsabilidad y gozo.

Sócrates y herederos constituye la primera parte de esta sugerente introducción a la historia de la filosofía occidental, cuya continuación tendrá por título Descartes y herederos.

16 años después: "La estrella de la redención" en japonés.


Traducción al japonés de "La estrella de la redención"

de Franz Rosenzweig
Traductores:
Muraoka Shinichi (村岡晋一 )
Hosomi Kazauyuki (細見和之 )
Osuda Ken (小須田健)
救済の星
フランツ・ローゼンツヴァイク (著)
村岡晋一 (翻訳), 細見和之 (翻訳), 小須田健 (翻訳)
みすず書房 (2009/4/18)
Disponible aquí


Se ha publicado la traducción de "La estrella de la redención" en japonés. Esta traducción, según hemos corroborado en Tokio, fue iniciada y continuada (poco a poco) por un dedicado profesor de filosofía. Esta traducción se empezó hace 16 años, pero luego tuvo serios riesgos de perderse, debido a la disolusión del grupo de alumnos que junto a su profesor trabajaban en ella.

La "Estrella de la redención" en japonés (kyuusai no Hoshi - 救済の星-) contó además, durante estos 16 años, con el trabajo silencioso de uno de aquellos alumnos (ahora también profesor de filosofía). Por fortuna y para bien de los lectores japoneses este alumno decidió hacer la publicación.

Según nos dice el profesor Haidar los japoneses pueden contar con una muy buena traducción de esta obra de Rosenzweig. Enhorabuena a Muraoka Shinichi (村岡晋一 ), Hosomi Kazauyuki (細見和之 ) y a Osuda Ken (小須田健).

lunes, mayo 18, 2009

Evento (jueves 21 de mayo): Conversación sobre las anotaciones de E. Fink a Husserl sobre el tiempo.

Lugar: Madrid, Senda del Rey sn. La sesión tendrá lugar en la Facultad de Ciencias de la UNED, que es el edificio siguiente al de Humanidades en la misma calle Senda del Rey.

Fecha: Jueves 21 de mayo.

Por Ronald Bruzina. Conversación sobre las anotaciones de E. FINK a HUSSERL sobre el tiempo. Universidad de Kentucky. College of Arts and Sciences. Departamento de Filosofía.

(La conversación será en inglés, francés o alemán, según el interlocutor. Se repartirán algunos textos en alemán de la edición de las Gesammelte Werke de Fink, editados por Ronald Bruzina).

jueves, mayo 14, 2009

Traducción y ensayo preliminar de Fenomenología Material

Ensayo preliminar de Miguel García-Baró; Trad., Javier Teira y Roberto Ranz.

Fenomenología Material

Henry, Michel

Lugar y fecha de edición: Madrid 2009
Editorial: Ediciones Encuentro
Páginas: 233
Encuadernación: Rústica
Medidas: 23 cm. Idioma: Español
ISBN(13): 9788474909104
30,00 €

L
a fenomenología de material de Michel Henry vuelve a plantear la cuestión fundamental de la filosofía: la cuestión de la donación. Y la interpreta de manera distinta a la del pensamiento tradicional de Occidente: no como aparición en un mundo, sino como el abrazo invisible de la vida y su propio pathos. De este modo, se plantean problemas a la vez nuevos y paradójicos, que el presente libro aborda con la característica maestría de uno de los filósofos imprescindibles de la segunda mitad del siglo XX.

Johannes Climacus o De todo hay que dudar

Traducción de Javier Teira

Johannes Climacus o De todo hay que dudar
Kierkegaard, Søren



Colección: Alba Clásica
ISBN: 97884-84283744

Traducción de Javier Teira Lafuente
Con Johannes Climacus, o De todo hay que dudar (1842), Kierkegaard se proponía «herir a la filosofía», especialmente al idealismo hegeliano, y su primer paso fue elegir, no la forma de un tratado, sino la de un relato. Sobre un fondo autobiográfico, narra la evolución espiritual de un joven empeñado en filosofar y describe el desarrollo dialéctico de su pensamiento.

viernes, abril 03, 2009

Comentarios del Sr. Jacobo Muñoz a dos publicaciones del profesor García-Baró


A continuación transcribimos los comentarios crítico que hizo el Sr. Jacobo Muñoz a los libros "El bien perfecto"(mencionado ya en http://www.fenomenologiayfilosofiaprimera.com/2008/09/el-bien-perfecto.html), y "Del dolor la verdad y el bien" (referenciado en Ed. Sígueme http://www.sigueme.es/colecciones/new_ficha.asp?IdLibro=591) del profesor García-Baró.

Hemos trascrito literalmente ambos comentarios de la edición de elcultural.es, del periódico El mundo, escritos por el Dr. Muñoz:

El Bien Perfecto. Invitación a la Filosofía platónica. Miguel García-Baró.

"Lo primero que llama la atención de este libro, aparte de la audacia que representa la decisión de volver sobre un pensador tan estudiado como Platón, es que su autor no entra en el aparentemente inevitable conflicto de las interpretaciones, ni sobrecarga su texto con innecesarias referencias eruditas. Y así, se limita a dejar hablar a Platón, por boca, claro es, del Sócrates platónico. De este modo reconstruye diez de los diálogos menos trillados del gran filósofo con estricta fidelidad a su nervio argumental, aunque sin dejar por ello de intervenir, cuando lo cree necesario. Y sin dejar tampoco por ello de valorar las tesis platónicas, tanto en su especificidad intrínseca como desde la perspectiva de su relevancia actual. ¿Actual? En realidad, más bien transhistórica, dado que si ese ser menesteroso y siempre en trance de búsqueda que es el filósofo se ocupa de algo, es, en definitiva, de problemas, de los problemas esenciales del hombre, que no en vano Kant formuló en preguntas: ¿qué puedo saber?,¿qué debo hacer?, ¿qué me es dado esperar?, ¿qué es el hombre? .

De acuerdo con la fiel reconstrucción de Miguel García-Baró (Madrid, 1953), como diálogo digno de ese nombre tenemos que entender, desde Platón, una investigación de la verdad que camine en la búsqueda del consenso -que “siempre es cosa de dos, aunque pueda, sucesivamente, ir conquistando a los demás presentes, pero uno por uno, a cada cual como úni co”-. Lo que le convierte, por tanto, en algo muy distinto al usual “intercambio de formidables discursos académicos o de pasmosas arengas y sermones”, en algo, en fin, que requiere estar siempre atento “para precisar los términos que se introducen, para bajar de lo genérico a lo más específico”.

El Platón a cuya lectura nos invita hoy García-Baró no es el canónico de la teoría de las ideas. Es más bien un Platón que gira en torno al hombre y sus cualidades. Que se interroga con pasión por “la forma de vivir que debe ser adoptada por cada uno de noso tros”, desde la coinciencia de que “no se puede vivir un solo momento sin la menor idea de cómo se debe vivir”. Y que eleva con ello el bien y la virtud, o la “vida buena”, la vida plena y excelente, contraria a la vida ignorante, sin referencia al bien. Con todos estos materiales su autor ha conseguido mostrar en esta obra notable la siempre renovada capacidad de interpelación de los verdaderos clásicos.
Jacobo MUÑOZ"


Del dolor, la Verdad y el Bien. Miguel García-Baró.



Fuente: edición de elcultural.es, periódico El Mundo, 28 de septiembre de 2006.

"El distinguido filósofo inglés A. J. Ayer, introductor en su país del positivismo lógico, gustaba de trazar una nítida línea divisoria entre filósofos “pontífices” y filósofos “jornaleros”. De un lado, pues, como objeto privilegiado del quehacer filosófico, las “ultimidades”, las experiencias “primordiales”, el ser y el sentido, las grandes preguntas-límite que desde siempre inquietaron al hombre y los grandes trazados categoriales. De otro, el modesto trabajo en la preparación del terreno y en la limpieza de algunos escombros que “obstaculizan la marcha del saber”. Va de suyo que la autoexigente elaboración de una metafísica vivida y asumida como aproximación a lo Absoluto o lo que es igual, a la “naturaleza absoluta de la esperanza” a que Miguel García-Baró está entregado desde hace años obliga a situarlo entre los primeros. Sea como fuere, este libro riguroso representa un paso adelante en esta dirección, por lo que García-Baró camina de la mano de Husserl y San Agustín, de Kierkegaard y otros “grandes” de la tradición, entre los que no figura Heidegger, de modo sumamente creativo e independiente.

Fiel a lo que Husserl llamó “el imperativo categórico de la vida teorética”, que impone “no aceptar como verdadero nada que antes no haya sido llevado por quien lo asume hasta la experiencia originaria que le corresponda”, García-Baró filosofa de espaldas al usual tejer y destejer de meros eruditos o simples servidores de modas que pretender oficiar de lo que no sea. Y lo hace con frutos entre los que destacan, por ejemplo, sus acorazadas descripciones fenomenológicas de nuestras experiencias “culminantes”, la “ontológica”, o experiencia del ser, del tiempo, de la verdad, por él mismo definida como matriz de todas las demás”; la “religiosa”, en la que se conjugan “el más largo éxtasis y el más hondo impacto”; la “ética”; la “estética”, la “lógica” y, por último, la “intersubjetiva”. Como son fruto también de este filosofar “puro” que aspira a la lucidez sus aproximaciones a la virtud de la fortaleza, al miedo, al dolor, concebido como experiencia del mal en cuanto tal, al propio mal, identificado por García-Baró con la “cesación del sentido”, al cuerpo, a la infancia, al silencio de Dios, al yo como esencial aventura.

Si a ello se unen las reflexiones dedicadas a la verdad y el bien, a la “crisis contemporánea de la razón”, donde el desvío de nuestro autor respecto del núcleo duro del legado heideggeriano resulta evidente, a la diferencia entre lo sagrado y lo santo o a “otras perspectivas” (Nietzsche, Unamuno y Steiner), será muy difícil no sumarse al creciente reconocimiento de este filosofar sin concesiones, incesantemente renovado sin merma de sus fidelidades básicas.

Es posible que a algunos de sus lectores les parezca el tono general del libro en exceso profético-sacerdotal. O buscadamente hipnótico. Pero ni aún así resultaría fácil negar, y el tiempo lo dirá, la enjundia de esta aportación a la renovación de la metafísica española, pareja quizá en su fuerza a la que podrían representar dos autores tan distintos entre sí y, a la vez, tan comprometidos con esta empresa como Zubiri y E. Trías.

Jacobo MUÑOZ"


lunes, marzo 16, 2009

Sobre el sentido de la fenomenología

Publicación de José Ruiz Fernández

Editorial Síntesis.
Colección: Hermeneia 28
204 páginas.

ISBN: 9756-603-2

La fenomenología de Husserl ha condicionado de manera decisiva la filosofía europea del siglo xx. La obra de Heidegger, Sartre o Merleau-Ponty hunde sus raíces en ella y, sin embargo, la han modificado creativamente de muy distintas maneras. Por eso mismo, el sentido del quehacer fenomenológico se ha tornado hoy para nosotros un problema. Este libro, en vez de abogar por una de las distintas orientaciones en que la “tradición fenomenológica” parece escindirse, trata de ensayar, sin adhesiones ni supuestos previos, una dilucidación fundamental de la fenomenología. Se trata, por tanto, de ganar última claridad en relación a esa tarea, casi paradójica, que aspira a dar cuenta de los fenómenos sometiéndose enteramente a ellos.

Vista preliminar del índice aquí.

De venta aquí.
Precio: 15,87 €

miércoles, febrero 11, 2009

XIV JORNADAS DE FILOSOFÍA

PENSAR LA VIOLENCIA

Fecha: 21, 22 y 23 de abril de 2009.

Lugar: Madrid, Alberto Aguilera, 23.

Horario: Durante las tardes de 19 a 21 h.; y por la mañana del miércoles en el Campus de Cantoblanco.


Desde 1995, con la organización de las Jornadas de Filosofía, la Universidad Pontificia Comillas busca contribuir al necesario papel social de primer orden que corresponde a la filosofía. Lo hace por la vía de proponer a debate interdisciplinario alguno de los grandes interrogantes que se plantean en nuestro tiempo.


Las Jornadas de este año se dedican a PENSAR LA VIOLENCIA, sin duda uno de los fenómenos problemáticos más sobresalientes, ambiguos y espantosos del presente. Se ha perdido de vista incluso una definición de violencia que permita acotar su ámbito. Por otra parte, la condena general de toda coacción de los impulsos libres de una persona o un grupo no parece que pueda ser condenada, cuando se reflexiona sobre los casos difíciles en que se hace imprescindible defender al inocente atacado o defenderse con justicia uno a sí mismo. Los fundamentos del derecho penal y el derecho de gentes están aquí en cuestión, así como el diseño de una moral individual en cuyo catálogo de virtudes entre, y en primer término, la fortaleza.


La violencia siempre se manifiesta como coacción de un impulso espontáneo o querido, debida a la intervención de alguna voluntad. Afecta al individuo en sus relaciones sociales e incluso en la intimidad de su vida moral; afecta a la sociedad tanto en el sentido de coartar posibles crímenes como en el de sofocar posibles virtudes.

En sobresalientes propuestas contemporáneas y antiguas, la absoluta no violencia es alabada como forma imprescindible de la convivencia en progreso; pero existen amenazas al bien inerme, sobre todo a los derechos de los débiles, que no parece que se puedan conjurar si no es con alguna dosis de violencia justa.


¿Dónde están aquí los límites éticos y los límites jurídicos? ¿Qué forma actual podría tener la renovación de un programa dirigido a obtener la paz perpetua?


La fecha límite para entregar las comunicaciones es el 15 de abril de 2009.

jueves, enero 22, 2009

Teoría fenomenológica de la verdad


Publicación de Miguel García-Baró

Teoría fenomenológica de la verdad. Comentario continuo a la primera edición de "Investigaciones lógicas" de Edmund Husserl con traducción de los pasajes no incluidos en las siguientes ediciones.

Colección Biblioteca Comillas, 2008, 156 páginas.
ISBN: 978-84-8468-245-5
Precio: 14.9 € sin IVA / 15.5 € con IVA (tienda)

Sinopsis de Teoría fenomenológica de la verdad

Las "Investigaciones Lógicas" han marcado la filosofía contemporánea como quizá ningún otro libro lo haya hecho. Sin embargo, la edición original se ha interpretado casi siempre desde la segunda, es decir, desde un estadio posterior y esencialmente diferente del desarrollo de la escuela fenomenológica. Edmund Husserl, en efecto, no permitió que su gran obra se reeditara sin modificarla muy hondamente, de acuerdo con las tesis nuevas de la fenomenología transcendental. Tampoco consintió traducciones que no se hicieran sobre la edición corregida. De este modo, el contenido real de las primitivas Investigaciones se olvidó. No se tuvo presente en su justa medida hasta qué punto la psicognosia y la metafísica de Franz Brentano habían influido en Husserl. Este libro permite leer los Prolegómenos a la Lógica Pura tal como aparecieron primitivamente. Además, ofrece ya una clave hermenéutica global sobre el conjunto de las Investigaciones, cuya traducción comentada queda reservada para un volumen futuro.

A la venta aquí


sábado, diciembre 06, 2008

La santidad inútil



Un libro sobre Levinas del profesor Juan Haidar


La santidad inútil.

La relación entre la ontología y la ética

en el pensamiento de Emmanuel Levinas

Educc, 2008.
ISBN: 978-987-626-017-6


Sinopsis de la Santidad inútil


La relación entre la ontología y la ética constituye el corazón mismo de la filosofía de Emmanuel Levinas. Prácticamente todos los temas abordados por el pensador judío -el lenguaje, el Estado, Dios, la muerte, la libertad, la fecundidad, etc.- no son sino un intento por desarrollar plenamente su particular concepción de esta realidad y por sacar a la luz las posibilidades y los límites que encierra. La presente obra se concentra en esta cuestión esencial al discurso de Levinas, permite comprender mejor la profundidad de la tragedia que evoca y, al mismo tiempo, descifrar la clave de una de las propuestas filosóficas más originales y, probablemente, más urgentes de nuestra época.


A la venta aquí


miércoles, septiembre 24, 2008

Últimas publicaciones de García-Baró











El bien perfecto. Invitación a la filosofía platónica.
Miguel García-Baró





Toda invitación a la filosofía que se precie habrá de hacer necesariamente un alto en la reflexión platónica. De hecho, la maravillosa y complejísima obra de Platón expresa como ninguna la convivencia de dos elementos imprescindibles: la noción dialógica del filosofar socrático y la aparición de una metafísica primordial.

En este sentido, los personajes que desfilan por los diálogos del genio de Atenas conducen al lector de forma lúcida al centro de las preocupaciones existenciales de cada época y, de manera destacada, de la actual.

La verdadera filosofía tiene, sin duda, este mérito. En ella la belleza literaria, el humor denso, los rodeos aparentes son simples recursos para llevar a buen puerto su ineludible compromiso: la enseñanza indirecta, como le gustaba decir a Kierkegaard.

«El bien perfecto. Invitación a la filosofía platónica» es la tercera entrega de esta sugestiva historia de la filosofía compuesta además por dos títulos precedentes: «De Homero a Sócrates» (2004) y «Filosofía socrática» (2005).

De estética y mística
Miguel García-Baró


Buscar, acoger y experimentar en plenitud la vida en su centro es la tarea que el filósofo Miguel García-Baró se ha impuesto en los once ensayos que componen De estética y mística.
Una empresa tan ambiciosa ha de partir sin duda del reconocimiento de las pocas fuerzas que todo ser humano posee, pero también del convencimiento de que nadie puede pretender quedar eximido de gastar sus mejores energías intentando acceder al corazón mismo de la realidad.
Cuando se explora con perseverancia el centro de la vida, se roza el misterio y lo inefable comienza a revelarse revistiendo de luz cada fenómeno.

«HERMENEIA», nº 78
IS BN 978-84-301-1659-1 - 304 págs.
17,31 € - PVP 18 €

Formato: 13,5 x 21 cm - Nº edición: 1




domingo, septiembre 16, 2007

Dos libros recomendados

La compasión y la catástrofe:
Ensayos de pensamiento judío

Miguel García-Baró

La vida humana, acechada en todas partes por las variadas formas del mal, ha sido abocada a una disyuntiva radical: o la esperanza absoluta, o el nihilismo definitivo.
Por esta razón, quizás sea hoy más necesario que nunca escuchar con máxima atención a quienes han sido sometidos a las situaciones extremas, donde conviven la compasión y la catástrofe, para descubrir la verdad capital sobre el mundo, la historia, el hombre y lo divino.
En este sentido, el pensamiento judío contemporáneo aporta, en quienes han sido sometidos a casi infinitas e inimaginables pruebas, una sensibilidad e inteligencia de la vida que es posible universalizar.
El presente libro trata de acoger de forma especial las voces de Emmanuel Levinas, Emil Fackenheim, Franz Rosenzweig, Hermann Cohen y Martin Buber, para quienes pocas cosas son tan necesarias como el pensamiento, la belleza y la fidelidad a lo real.

Enlace para adquirirlo en La Casa del Libro: La compasión y la catástrofe: Ensayos de pensamiento judío.


La precisión del Cuerpo.
Análisis filosófico de la puntería

Agustín Serrano de Haro
Hacer puntería es una experiencia muy común que nunca ha sido objeto de análisis teórico. Ni siquiera Ortega se detuvo en la dificultad de precisar qué es en rigor lo que hace el cazador que apunta al objetivo, o mejor aún, sin mediación de armas, el jugador de petanca, el lanzador de dardos, el baloncestista, etc. La meditación sobre en qué consista el cálculo del lanzamiento y sobre la razón de que el acto resulte por principio falible conduce al examen de la diversa participación del yo, el cuerpo y la actividad perceptiva en la ejecución del tiro. El «pulso» que espontáneamente se atribuye al buen lanzador y el «tino» en que se cifra su éxito no sólo admiten una descripción genérica, conceptual, sino que ofrecen una perspectiva verdaderamente singular sobre tesis básicas de la fenomenología de Husserl o de Heidegger.

Enlace para adquirirlo en La Casa del Libro: La precisión del cuerpo. Análisis filosófico de la puntería

miércoles, febrero 21, 2007

Recomendamos

En la última reunión de trabajo de nuestro grupo, correspondiente al mes de febrero, el profesor Serrano de Haro Martínez nos anunció la reciente aparición de su ensayo: "La precisión del cuerpo. Análisis filosófico de la puntería", en la editorial Trotta. Según nos dice el autor, este es un ensayo concienzudo sobre un asunto poco considerado.

También el profesor García-Baró, nos recordó que nuestra común amiga Graciela Fainstein presenta un impresionante libro testimonial "Detrás de los ojos" el miércoles 21 de febrero, a las 8 de la tarde, en la librería Traficantes de Sueños: Embajadores, 35, 6, en Madrid. Allí también hablarán José Antonio Zamora y Rosa Regás. Con reflexiones sobre la experiencia de la Argentina de la Junta.

lunes, enero 29, 2007

Una Línea de Investigación

Levinas y Rosenzweig

Como sabemos acaba de terminar el seminario que dirigió el Profesor García-Baró, en este primer cuatrimestre de 2006-2007. Allí se han centrado en Levinas, De la existencia al existente, con ramificaciones al resto de la filosofía de Rosenzweig y el mismo Levinas.

Este tipo de seminarios siempre son un punto de partida para continuar nuevas líneas de investigación, de ahí la invitación a seguir estudiando, y pensando, esta posibilidad de investigación filosófica.

jueves, mayo 18, 2006

"Del dolor la verdad y el bien" de García-Baró en La feria del libro y algunos recomendados de la Colección Hermeneia.

El sábado 3 de Junio, en el marco de la feria del Libro en el Parque del Retiro de Madrid, durante la tarde, estuvo el filósofo y pensador español Miguel García-Baró firmando ejemplares de su nuevo libro: Del dolor, la verdad y el bien (Ed. sígueme) .

nº 70 Del dolor, la verdad y el bien. Miguel García-Baró

«HERMENEIA», nº 70
ISBN 978-84-301-1611-9 - 320 págs.
17,31 € - PVP 18 €
Formato: 13,5 x 21 cm. - Nº edición: 1

Las cuestiones más acuciantes de la vida tienen su género propio de expresión en el ensayo filosófico. Y sin embargo, a pesar de buscar el rigor y la exactitud conceptuales, el ensayo nada tiene que ver con el método matemático.

La reflexión sobre los temas esenciales ha de buscar, ante todo, la transparencia y el diálogo con los lectores. Así, el dolor, el mal, la verdad, el bien, las experiencias infantiles, las virtudes (la primera de todas, la fortaleza o valentía), la religión, la belleza y la desesperación se abordan en este libro con la inmediatez de las descripciones fenomenológicas, aunque persiguiendo su formulación metafísica, para convertirse de esta forma en un ensayo sobre la naturaleza absoluta de la esperanza.

El autor admira a Miguel de Unamuno, a Edmund Husserl, a Emmanuel Levinas, a san Agustín, a Blaise Pascal, a Johann Gottlieb Fichte, a Michel Henry; pero por encima de todos ellos a Sören Kierkegaard, a Platón y a Sócrates, apartándose decididamente de Martin Heidegger.

Recomendados en Sígueme, de la Colección Hermeneia:

64 Filosofía Socrática. Miguel García-Baró


«HERMENEIA», nº 64
ISBN 978-84-301-1559-4 - 160 págs.
13,46 € - PVP 14 €
Formato: 13,5 x 21 cm - Nº edición: 1
Hay dos modos de entender la filosofía que han quedado clásicamente representados para siempre: el uno, en los capítulos iniciales de la Metafísica de Aristóteles; el otro, en la Defensa de Sócrates escrita por Platón.

Según el primero, de nada necesita menos el hombre que de la filosofía. Para que ella nazca, el hombre tiene que haber alcanzado el «ocio» perfecto. De acuerdo con esta visión, la filosofía se reduce a tesis, pruebas e hipótesis. Todo en perfecta objetividad.

Desde la perspectiva socrática, por el contrario, la filosofía es imprescindible para vivir. Mejor aún, es un modo de vida, el único modo posible de vida humana verdadera. En este sentido, las proposiciones, las pruebas y las hipótesis pasan a ser partes vivas del hombre, y el pensar se convierte en el más pleno de los sentimientos, en la obra moral por antonomasia, en el camino para perseguir la santidad de Dios mismo.

67. Las obras del amor. Søren Kierkegaard.
Trad. María Victoria Alonso Fernández.

«Las obras del amor» conforman una colección de «discursos edificantes», para Kierkegaard, la más alta forma del diálogo puro entre individuos. Publicada en las últimas semanas de 1847, esta obra intenta la aventura temeraria de explorar directamente la naturaleza esencial de lo cristiano. Páginas llenas de finura, belleza, densidad, veracidad y humor.

Kierkegaard parte del único presupuesto posible: Dios como amor absoluto. La única empresa que supera por principio infinitamente las fuerzas humanas es la aprehensión adecuada de la esencia del amor. Pero justamente por la virtud de esta trascendencia no hay relación existencial humana que esté del todo desprendida del ámbito del amor. Tratar de cualquiera de los acontecimientos que suceden en nuestra existencia es introducirse en una intrincada e infinita fenomenología de las obras del amor y de las respuestas humanas a ellas.

69 Teohumanidad. Vladímir Soloviov
Trad. Manuel Abella Martínez


El genial pensador ruso Vladímir Soloviov concibió «Teohumanidad» como una introducción sistemática a su doctrina. En este sentido, su intención de fondo fue elaborar una nueva síntesis entre el pensamiento filosófico y científico de Occidente y las tradiciones espirituales, especialmente de la cultura rusa.

Su primer capítulo comienza así: «Voy a hablar de las verdades de la religión positiva; de asuntos, pues, muy alejados y muy extraños a la conciencia contemporánea. Pero es que la civilización contemporánea se interesa por cosas que ni interesaron ayer ni interesarán mañana. Permítaseme, por tanto, preferir aquello que es igualmente importante en todo tiempo.

Por lo demás, no voy a entrar a polemizar con quienes, en la época actual, mantienen una actitud negativa hacia el principio religioso; y digo que no voy a disputar con los adversarios contemporáneos de la religión porque tienen razón. Afirmo que quienes rechazan la religión hoy en día tienen razón porque el estado actual de la propia religión suscita rechazo; porque la religión, de hecho, no es lo que debería ser».

62 La teoría fenomenológica de la intuición. Emmanuel Levinas

68 Los imprevistos de la historia. Emmanuel Levinas

Comentario al capítulo III del Concepto de la Angustia de Sören Kierkegaard

La angustia como consecuencia de aquel pecado que consiste en la falta de conciencia del pecado.

Prof. Cesar Gómez Sánchez
1. Introducción

Vigilius Haufniensis, como su nombre indica, es el vigilante ciudadano de Copenhague que espía tenazmente los estados anímicos de sus contemporáneos. Es el psicólogo que examina estados a la vez que participa del estado afectivo de la Psicología: la angustia. Su angustiado inquirir sigue atentamente en los otros las huellas de lo que a él mismo le aflige, y sumergido en esa angustia diseña femenilmente el pecado, como si de un esbozo más o menos cercano a la realidad se tratara, aunque sin caer en la tentación de transgredir el límite que lo separa de la curiosidad antisentimental, la cual en su desordenado “mirar de un lado para otro sin detenerse en ninguna parte” pretende tratar de tú a tú al pecado. A esta juguetona curiosidad le falta pasión para la paradoja, arrojo y valor para superar el pecado, en definitiva, gravedad.
Extraño psicólogo éste que observa y describe su propia angustia y la de sus conciudadanos sin poder despegar la vista del pecado. Contradictorio proceder de aquél que expresamente se declara un profano que especula, pero que sin embargo orienta su sencilla investigación sobre la angustia hacia el terreno de la Dogmática, pues sus análisis tiene siempre in mente el supuesto incuestionable del pecado. De esta manera, la investigación toma la forma de un retorno al origen desde la realidad, con lo que el origen recibe el carácter de posibilidad. Origen como posibilidad que salva el originario acontecer de lo enigmático.
Y es que Vigilius Haufnienses no pretende escapar a la contradicción profunda de la condición humana. Es más, el cristianismo del que hace velada profesión desafía las leyes de la lógica (con minúscula y con mayúscula), pues emerge precisamente de la auténtica contradicción, que como pasión del pensamiento debe ser recorrida hasta el límite donde se produce el choque con la razón, pues ésta quiere en su paradójica búsqueda su propia ruina.
Lo primero que llama la atención de este capítulo tercero es que parece interponerse abruptamente entre lo que sería el paso normal de la angustia como consecuencia del pecado original, objeto del capítulo segundo, a la angustia como consecuencia del pecado individual, a tratar en las páginas siguientes. De esta manera se alza a modo de quicio sobre el que se apoya y gira el contenido de lo dicho hasta el momento. En efecto, por un lado permite repensar los temas ya vistos desde la profundización en el concepto de temporalidad, con lo que aquéllos se dotan de una nueva perspectiva. Por otro lado, sin duda más fundamental, permite dar salida a modo de introducción a los análisis venideros, razón por la que Kierkegaard sitúa en este preciso momento lo que bien habría podido estudiarse en el primer capítulo
El título del capítulo, La angustia como consecuencia de aquel pecado que consiste en la falta de conciencia del pecado, indica que se ha dejado atrás el pecado adánico de inocencia, aunque sigue tratándose la angustia como consecuencia de un pecado. Lo extraño es la condición de ese pecado, auténtica “propuesta guerrera” por cuanto se trata de una omisión, de una ignorancia culpable. Dejando a un lado que todo parezca situar al cristianismo como la “plenitud de los tiempos” anunciada por griegos y judíos, sin duda, lo más difícil de entender en el título, por aparentemente contradictorio, es cómo alguien que no tiene conciencia del pecado puede llegar a pecar, o al menos, cómo poder explicar esa disociación entre la conciencia y el pecado, máxime cuando parece venir entendiéndose la libertad como algún ejercicio de autoconciencia. Se propone pensar algo así como un salto cualitativo sin conciencia del mismo, ya que ni en el paganismo ni en el judaísmo está todavía puesta la libertad como tal. En efecto, en el paganismo no existe ni culpa ni pecado, porque el destino no puede volver culpable, lo cual sería una contradicción ya que el destino se mueve en determinaciones cuantitativas y el pecado supone un salto cualitativo y si algo ha repetido machaconamente Kierkegaard, es que las determinaciones cuantitativas nunca pueden dar lugar al salto cualitativo.
Kierkegaard asegura que cuando se entiende esta contradicción se obtiene el verdadero concepto de pecado original, o lo que es lo mismo, que la contradicción del helenismo está en paralelo con la existente en el estado adánico de inocencia:
“el que se hace culpable a través de la angustia es sin duda inocente, porque no fue él mismo sino la angustia, es decir, un poder extraño el que hizo presa en él: no fue él mismo, fue un poder que él no amaba, un poder que le llenaba de angustia..., y, no obstante, él es indudablemente culpable, pues sucumbió a la angustia amándola al mismo tiempo que se la temía” (p. 9) .

Se reformula así la contradicción fundamental sobre la que el pensamiento kierkegaardiano gira continuamente y que da lugar a un movimiento histórico: la contradicción de que lo universal sea puesto como individual. Como se ha indicado en una nota del capítulo II (p.150) lo individual se comporta negativamente respecto a lo universal en la forma de repulsión. El yo, que sólo es puesto mediante el salto cualitativo, es el punto ciego inasumible por la diafanidad del sistema que aspira a la totalidad.

2. La transición como paso del no-ser al ser.

Recordemos que ya desde la Introducción, en un inicio que recuerda al de la Crítica de la razón pura kantiana, Kierkegaard trataba de poner orden en la ciencia, criticando la confusión existente en el seno de la Lógica hegeliana, Lógica que se considera capaz de anticipar aquello que meramente debía preparar: la “realidad”, olvidando en su prepotencia la sabiduría socrática que distingue entre lo que se sabe y lo que no. La Lógica con su hybris convierte la realidad contingente en algo necesario, porque goza de un portentoso aunque silencioso instrumento que pasa incuestionado por desapercibido en el movimiento dialéctico. En el cajón de sastre de “lo negativo” se incluyen conceptos como el de síntesis, mediación e incluso el de “mal”. De igual manera también entonces se advertía que la mediación lleva curiosamente ella misma las marcas de la contradicción, pues en su ambigüedad designa a la vez un movimiento, un devenir, y un reposo, un estado. La mediación es un devenir y como tal el paso de algo a algo; pero también es aquello en lo que reposa la síntesis de los opuestos. En palabras del capítulo que nos ocupa: “La transición es un estado y es real” (p.158).
Kierkegaard considera que el concepto de devenir hace referencia directa a la trascendencia del ser: lo que cambia en el cambio no es la esencia de la cosa sino su ser. El devenir consiste en el paso del no-ser al ser. Difícil concepto este del no-ser que no puede consistir en una nada absoluta incapacitada para devenir y que, a pesar de que existe, no es efectivamente “real”, pues se sitúa en sus antípodas. Prescindiendo de la categoría de necesidad que nunca puede expresar el cambio, por cuanto lo necesario por definición es aquello que excluye todo devenir, Kierkegaard cree encontrar en la posibilidad la determinación fundamental del no-ser.
De esta manera nos encontramos ante la nada evidente identificación del no-ser con la posibilidad la cual, a pesar de tener el mismo contenido que la realidad, se opone frontalmente a ella en lo que a su ser respecta. Concepción orientada últimamente a señalar un abismo insondable entre la nada y el ser, única forma de garantizar, a juicio de Kierkegaard, el carácter cualitativo de la transición, radicalmente opuesto al mero pasar cuantitativo. El devenir supone una ruptura con la continuidad, que hace incognoscible lo sucedido en cuanto tal. Compréndese así por qué en la Lógica, que trata de lo necesario, no cabe encontrar un movimiento real sino un devenir puramente especulativo. Ella permanece en la homogénea y plácida inmanencia donde nada acontece, donde no existen saltos y el concepto de trascendencia no tiene cabida, pues la Lógica pretende suplir su falta de pasión trans-gresora a fuerza de reflexión inmanente.
Inmediatamente surge el interrogante de en qué pueda consistir el “ser”, para lo cual puede encontrarse un atajo si se examina lo que significa ese salto del no-ser al ser, de la posibilidad a la realidad. Si la posibilidad no se diferencia en su esencia de la realidad, lo que hace de aquélla una realidad no es nada que le pertenezca, nada escondido en su interioridad. Con otras palabras, el paso del no-ser al ser, no puede consistir en el desenvolvimiento de lo ya presente como si existiese una “razón” que dé cuenta de lo devenido. Debe tratarse de una ruptura, un acontecer que demande la presencia de lo desconocido hasta el momento, junto con el carácter receptivo de lo novedoso. Si el no-ser es identificado con la posibilidad entendida como ambigüedad e indeterminación, su opuesto, el ser, será lo determinado, lo idéntico a sí mismo que, como veremos, afectado por la temporalidad, se encuentra en un continuo proceso de autoidentificación.
Lo que permanece no es, sólo es posibilidad de ser. Algo con características opuestas a lo permanente debería poder acontecer e inmediatamente desaparecer, sería lo que en su inquietud se pone a sí mismo o se sitúa en las antípodas, en la “des-posesión” que se reprime. Su aparición y desaparición debería poder lograr lo imposible: sustraerse al tiempo, símbolo por excelencia de la permanencia. Consistiría en un acto continuamente renovado, y paradójicamente situado fuera del tiempo.
Claro que el acto que encaja a la perfección con esta descripción es el acto creador divino, de manera que el tránsito del no-ser al ser por excelencia sería el que realizaría su libérrima resolución y real lo puesto por obra de una tal voluntad. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, estaría capacitado para poner algún tipo de realidad, aunque la finitud de su libertad permite atisbar, no obstante, severos límites.
Repetimos, la concepción kierkegaardiana del no-ser como posibilidad está impulsada por su interés de subrayar la gravedad del salto cualitativo: sea lo que sea eso previo a la realidad no debe tener ninguna de sus características, debe ser lo totalmente otro de la realidad. Por eso, hasta el capítulo tercero se ha hecho especial hincapié en que la nada como posibilidad es lo que pre-cede a la realidad. Razón por la cual se la ha definido desde ese siempre ambiguo conjunto de “pre-vios” comparables con hábitos de una segunda naturaleza en el hombre: pre-sentimientos, pre-suposiciones, pre-disposiciónes, pre-reflexiones, etc. Entre posibilidad y realidad existe un abismo tal que la única descripción pertinente del estado al que se encuentra referido la posibilidad, esto es, el estado de angustia, es el de la máxima ambigüedad. La determinación de la posibilidad como ambigüedad del “ni esto ni lo otro” convierte a la angustia en categoría de enlace, intermedia entre la necesidad y la libertad (realidad). En la angustia reina la indeterminación de la posibilidad, pues de lo contrario no se salvaría el concepto de devenir, bien porque se minusvalora el no-ser, aniquilado en el inexorable avance de la necesidad, bien porque lo im-posible surge tan abstractamente que deja de ser acontecimiento para convertirse en lo eternamente preexistente. El “avance” del cristianismo respecto al paganismo consiste en mantener a toda costa la irreductibilidad del no-ser frente al ser, única manera de garantizar el salto y con él, el concepto de reconciliación.
Recordemos que en el capítulo II, Kierkegaard había llevado al límite el significado del “algo” cuantitativo de la nada de la angustia. Cuando el “más” de la ambigüedad de la angustia es llevado al máximo se topa con la contradicción. En efecto, el límite de la angustia como consecuencia de la relación generacional consiste en que la angustia de pecado engendra pecado; por otro lado, el máximo de la angustia como efecto de la relación histórica es que el individuo se hace culpable en cuanto es tenido por culpable. Eso sí, se trata de un máximo inalcanzable, “ya que lo cuantitativo es cabalmente un límite infinito” (p. 144). Por otra parte, la Psicología sigue sujeta a la restricción impuesta por Kierkegaard al principio del capítulo:

“Pero este análisis no olvidará en ningún momento que quedarían invalidadas todas las consideraciones sobre el tema en cuanto se supusiera que el individuo se hacía culpable, sin más, con ese algo” (p. 124).

En el capítulo que tratamos se propone una consideración complementaria de la posibilidad, que desde el punto de vista dialéctico no es solamente lo previo sino lo así determinado desde y por obra de la realidad. De ser cierto que la inocencia “(...) sólo existe para la libertad y sólo existe en cuanto el propio individuo pone el pecado mediante el salto cualitativo” (p. 124), la nada es tal en cuanto dialécticamente negada por la realidad, de manera que sólo puede hablarse de angustia, nada o inocencia, porque existe el pecado, la libertad y la culpa.
Los ejemplos del no-ser dados por Kierkegaard en una nota del capítulo tercero (pp.158-162) no dejan ninguna duda sobre la determinación dialéctica de la posibilidad: la nada contrapuesta al acto creador; la sensualidad alejada por el espíritu, o la temporalidad olvidada por la eternidad. Las contraposiciones dejan claro que lo que confiere al no-ser su condición es su oposición al ser, de manera que, por ejemplo, cuando el espíritu se aleja, la sensualidad se revela como una nada, del mismo modo que la temporalidad “nadea” (permítase la expresión) al ser olvidada por la eternidad. Son posibilidades de ser cuyo no-ser se constituye precisamente en su referencia a aquello que las aniquila, que les hace nada: el ser. La nada sólo es nada desde la mirada de la realidad pues sólo es puesta como tal en su relación dialéctica con ella.

3. El Instante

Hasta el momento han sido utilizados conceptos como el de permanencia, quietud, cuantitativo, salto, discontinuidad, etc., transidos de una determinación temporal sobre la que todavía no se había reflexionado. De la misma angustia se ha dicho que es un estado y por lo tanto, algo permanente. Ella no es real en el sentido preciso que Kierkegaard da a esta palabra, pero no cabe duda de que como estado que es, su permanencia indica un carácter temporal. Este tiempo de la angustia debería ser tal que en él no sucediera nada, pues todo acontecimiento vendría a contradecir su carácter de estado. Donde no existen sucesos reina la homegeneidad en la que ningún momento se distingue cualitativamente del momento anterior. Y hemos dicho “donde” porque es como si fueran sumándose cuantitativamente los momentos pasados, de manera semejante a como un segmento se agrega a otro para formar una línea, aun cuando, como pone de manifiesto el fenómeno del aburrimiento, el resultado de esa suma fuera nada porque, propiamente hablando, nada ha sucedido.
Kierkegaard observa que tradicionalmente se define el tiempo como la sucesión infinita donde cada momento es la suma de los momentos previos, un proceso, un pasar. Pero allí donde sólo hay sucesión no puede determinarse un presente, un pasado o un futuro, pues resulta imposible señalar la primacía de un momento sobre el otro, ocultos en el “en todas partes y en ninguna” de lo eterno preexistente. A decir verdad se estaría ante un pasado homogéneo en continuo e indefinido desenvolvimiento. Así considerado, el tiempo es algo abstracto, una espacialización de momentos sucesivos. Espacio y tiempo son para el pensamiento abstracto idénticos, un puro pasar: si en el espacio las cosas se sitúan “una junta a la otra”, en el tiempo los momentos suceden “uno tras otro”.
El pensamiento olvida que el secreto del espíritu reside en su esencial condición histórica y se lanza confiado a la totalidad a-histórica y circular. La única formulación del tiempo capaz de “frenar” su inexorable rumbo sin por ello perder un ápice de su riqueza debe introducir en la inmanencia de la dimensión horizontal del tiempo la trascendencia de una dimensión vertical, que penetre en el interior del tiempo y señale así un apoyo firme, un presente respecto al cual pueda hablarse de pasado y de futuro. Pues bien, “El presente es lo eterno o mejor dicho, lo eterno es el presente y éste es la plenitud” (p.165).
Con la disección que la novedosa dimensión vertical de lo eterno introduce queda anulada o al menos suspendida la sucesión, resultando posible “apresar” en toda su infinita plenitud el presente, el ahora, sin tener que retenerlo en la abstracción de lo infinitamente vacío. Un ahora que no se desvanece en puro pasar cuantitativo, sino que marca el acontecer de lo cualitativo y saca a la historia de su atonía.
Decíamos al comienzo que el concepto de transición explicitaba esa tierra de nadie donde se enfrentan los contrarios, implicando simultáneamente la permanencia y el cambio. Pues bien, esa simultaneidad en la transición del no-ser al ser define el concepto temporal de instante. Con la reivindicación kierkegaardina del instante se asiste a una nueva concepción del tiempo a la luz de la eternidad, la temporalidad, imbricación de tiempo y eternidad en el instante, que expresa la discontinuidad en la que se desarrolla la existencia humana, pues lo eterno rasga el tiempo insustancial para recordar que la libertad, la verdad son acontecimiento, salto sin duración en el abismo de lo que sólo se debe y supone a sí mismo. Y es que, propiamente hablando, en el instante “no sucede nada”, solamente acontece. Acontecimiento que, gracias a la irrupción de lo eterno en lo temporal, ad-viene desde el futuro. El hombre se encuentra en el instante lanzado hacia el futuro. La verdad no es más un saber repetitivo del pasado, ni la libertad mira hacia atrás en su desenvolvimiento. Al advenimiento mismo no se le pregunta por qué ni cómo; sólo puede intentarse aclarar, que no explicar, por ese estado previo de la angustia, que, de acuerdo con la originalidad del acontecer, debe ser nada.
Cuando se examina de cerca la angustia de la vida individual lo que aparece es el instante, que precisamente expresa la temporalidad de la contradicción humana de la que emerge el cristianismo. El instante es el tiempo de la contradicción que veda la supresión hegeliana de la misma, pues no sólo acepta lo incompatible en el seno de la condición humana sino su mutua imbricación . En efecto, la forma más corriente de suprimir la contradicción es la de temporalizarla espacialmente. De esta manera, lo incompatible es sucesivamente yuxtapuesto, puesto “uno al lado de lo otro”. El tiempo es un conjunto infinito de momentos sucesivos en el que cada uno de ellos queda explicado por la totalidad rectilínea de los momentos anteriores. Lo contradictorio se diluye así en el paseo, mejor, en el “pasa-tiempo” de una historia en continuo avance cuantitativo.
El instante es el “entre” del no-ser y el ser, sin que ese “entre” exista en un determinado tiempo. Desde la perspectiva de la temporalidad, la angustia y el salto cualitativo se aúnan en el instante, pues no existe un “lapso temporal” entre la angustia y el pecado, no pasa el tiempo entre posibilidad y realidad. El instante es aquel vértice donde tiempo y eternidad se tocan, sin ser él temporal pues no consiste en “pasar”, no tiene duración alguna. Es ese leve roce de las yemas de Adán y el Creador en el cuadro de Miguel Ángel.
Kierkegaard señala que la síntesis de lo temporal y lo eterno es “expresión” de la síntesis de alma y cuerpo, síntesis sustentada en y por el espíritu, pues el espíritu es lo eterno. De esta manera, tan pronto como es puesto el espíritu, existe el instante y con el instante comienza la Historia, en definitiva, la temporalidad.
Ni que decir tiene que el esquema kierkegaardiano se atiene a pautas cristológicas: el instante representa la plenitud de los tiempos, la encarnación del Hijo de Dios, en la que la paradoja es llevada mucho más lejos que en la creación, pues lo eterno, lo trascendente penetra en lo temporal. Sólo desde esta temporalidad que acoge el acontecimiento eterno pueden cobrar sentido los “éx-tasis” del tiempo, ya que el instante, en cuanto advenimiento, es el ahora de la eternidad por el que queda abierto el futuro en cuanto tal, otorgando validez al pasado. Este advenir de lo eterno representa una donación y un salto por el que el futuro se sitúa en discontinuidad con respecto al presente. Sin ese salto sería imposible valorar adecuadamente conceptos cristianos como reconciliación, conversión o salvación. La fe, objeto de la Dogmática, es lo mediato que tiene una base histórica. Y, como Kierkegaard nos dice en este capítulo, el instante pertenece a la esfera histórica porque acepta un supuesto histórico, siendo el instante aquello que permite distinguir el paganismo helénico del cristianismo. Idea que queda expresada perfectamente en Migajas filosóficas:

“En efecto, como se sabe, el cristianismo es el único fenómeno histórico que, pese a lo histórico, mejor dicho, precisamente por lo histórico, ha querido ser el punto de partida del individuo para su conciencia eterna, ha querido interesarle de un modo distinto al puramente histórico, ha querido basar su salvación en la relación con algo histórico. Ninguna filosofía (porque sólo lo es para el pensamiento), ninguna mitología (porque únicamente existe ante la fantasía), ningún saber histórico (que es para la memoria) ha tenido esta idea (...)”


4. La Angustia

Retomemos bajo el horizonte de la temporalidad el concepto de angustia. En opinión de Kierkegaard solamente desde la contraposición puede definirse “dialéctica” la angustia. De no ser así se minusvaloraría uno de los contrarios enfrentados (no-ser/ser; estado permanente/realidad discontinua; especie/individuo; cuantitativo/cualitativo; posibilidad/realidad) y con ello la paradoja misma como hacía la Lógica hegeliana. Es como si para poder definir la angustia se estuviera continuamente obligado a mirar a uno y a otro lado del abismo que únicamente el salto cualitativo ha trazado, en un ir y venir de la mirada.
Esta mirada es la de la libertad que desde el supuesto de la realidad del pecado y únicamente gracias a él retorna a su origen en la forma que todo lo previo a la realidad debe tener: el de la posibilidad. En cuanto posibilidad de ser, la posibilidad de la libertad es un estado caracterizado por la ambigüedad donde el espíritu aparece en una indeterminada actividad/pasividad. Su estado es comparado con el de ensoñación que media entre el estar dormido, ajeno a la discriminación del bien y el mal, y la vigilia en la ésta se produce.
Por esta actividad del espíritu que sueña en nosotros su propia realidad es puesta la síntesis, la cual reposa en ese mismo espíritu. Síntesis, pues, puesta por y en el espíritu, realizada por el espíritu en el que se sostiene y sustenta. Tomemos estos dos aspectos de la síntesis como hilo conductor de la explicación temporal de la angustia.

4.1. El espíritu que se pone a sí mismo pone la síntesis

La posibilidad de la libertad no se diferencia “esencialmente” de la libertad real aun cuando entre ellas medie el abismo insondable existente entre el no-ser y el ser. En el estado de inocencia el espíritu que sueña en el hombre proyecta su angustiosa realidad, proyección que sueña su realidad, una nada real que es la realidad posible. Lo proyectado por el espíritu es un “todavía no”, nada futura vacía de realidad que acusa desde el porvenir como lo ignoto o desconocido. La angustia surge ante la indeterminada posibilidad de lo eterno, que vendría a ser no tanto un nuevo motivo de angustia cuanto la misma posibilidad del espíritu y de la libertad en su angustiosa temporalidad. De nuevo nos encontramos ante la vinculación entre angustia y posibilidad aunque considerada ésta en el marco de la temporalidad como futuro. Por esta razón, Kierkegaard señala que la angustia es el instante en la vida del individuo, ya que en su apertura de lo posible en cuanto posible abre también lo im-posible, la infinitud.
Es el futuro en cuanto posibilidad de lo eterno y no el pasado lo que angustia, pues para que lo pasado angustie debe encontrarse en una relación de posibilidad por la que puede repetirse en el futuro. Utilizando el ejemplo de Kierkegaard: si la culpa angustia es porque es una culpa posible y no una culpa real, en cuyo caso no existe angustia sino arrepentimiento. De esta manera, gracias al instante también el pasado queda abierto al futuro: el pasado no es ya nunca lo necesario sino lo posible a la espera de su repetición.
Temporalidad pecaminosa que ya había sido adelantada por las palabras de la sanción divina: “tú morirás”, incierta posibilidad que es consecuencia de la posibilidad de poder y que sintetiza las dos grandes consecuencias del salto cualitativo: individualidad (tú) y temporalidad (futuro, historia). Adán no entiende esto como puede entenderlo el individuo posterior, pero para ambos el castigo hace presente que esa posibilidad infinita tiene un límite que es la realidad. La sanción adelanta de manera incomprensible para Adán y más refleja para sus descendientes aquello que se encuentra tras el salto, la culpa: muerte e individualidad. Ambas son dos caras de lo mismo pues la muerte individualiza y sólo el individuo muere.
Por esta razón, la muerte es verdadero castigo sólo para el individuo posterior, para el cual el futuro es, valga la expresión, “menos futuro” que para Adán, más reflexivo, en cuanto que “parece” estar anticipado por el pasado. Surge la angustia como consecuencia del pecado, angustia de la temporalidad que lanza a la nada futura (angustia de la muerte) y desde ella a la nada ya sida (angustia de haber nacido). Una angustia mucho más espantosa que la de Adán por ese “más” cuantitativo que hay en ella.
Ahora bien, la angustia que produce el espíritu activamente soñando en nosotros puede llegar a ser tan profunda porque lo proyectado no es algo ajeno al espíritu sino su propia realidad que vuelve sobre él como exterioridad. La angustia está tan dentro del hombre porque penetra en su mismo querer, produciendo una especie de alienación de su voluntad. La angustia muestra así su faz más terrible como angustia de la voluntad que se mira a sí misma y no se reconoce en ninguna realización concreta, angustia de poder poder. La posibilidad de poder es infinita, no porque pueda infinitas cosas sino precisamente porque el contacto con la realidad ha sido suspendido para volverse el poder sobre sí mismo. Ese poder que puede, esa posibilidad en tanto que posibilidad es la posibilidad de la libertad. En palabras de Kierkegaard, la posibilidad de la libertad “(...) no consiste en poder elegir lo bueno o lo malo. (...) La posibilidad de la libertad consiste en que se puede” (p.102). Como veremos más tarde, la libertad real, la única posible, consistirá en saber-se poderosa.
Kierkegaard expresa esto mismo de otra manera. La posibilidad, en su inconcreción, es mucho más egoísta (y angustiosa, diríamos) que la libertad real ejercida, por eso se mantiene en ese estado de ambigüedad previo a toda concreción pero capaz de cualquiera. Lo realmente egoísta es la posibilidad de concreción, no la concreción egoísta. Por esta razón el concepto de angustia va íntimamente unido al de posibilidad: si la posibilidad es angustiosa, mucho más terrible que la realidad a pesar de las apariencias, no se debe a que consista en posibilidad de elegir algo, sino que lo que angustia es la “infinitud egoísta de la posibilidad” que oprime (pues la infinitud de la posibilidad es una pesada nada) aunque dulcemente (porque es posible cualquier concreción de esa infinitud, aunque tan sólo posible).

4.2. La síntesis reposa en el espíritu

La libertad se desmaya cuando contempla el abismo entre el no-ser y el ser que separa su contenido posible de su ejercicio real. El abismo insondable que la libertad mira en ese vistazo instantáneo (Augenblick) ha sido abierto por la irrupción de lo eterno en lo temporal, de lo trascendente en lo inmanente. Abismo cualitativo que representa la oquedad abierta en la finitud temporal por la dimensión vertical de lo eterno que secciona y rasga su homogéneo discurrir. El espíritu intenta mirar a lo profundo del abismo donde se encuentra su realidad, pero sólo es capaz de ver un futuro desconocido, pues sólo ve su futuro posible. Al mirar la posibilidad de lo eterno la adormilada libertad sucumbe y cae al suelo, de manera que la temporalidad rasgada por lo eterno emerge del mismo modo que la sensibilidad: como pecaminosidad.
Desde el punto de vista de la angustia, la libertad que mira su propia posibilidad siente vértigo y ese vértigo es la angustia. La libertad mira al “abismo”, esto es, a la realización efectiva de su posibilidad, posibilidad abismática que es una nada porque es ausencia de fundamento, de posibilidades concretas sobre el que asentarse y fundar. Al experimentar el vértigo de su propio poder, dice Kierkegaard, “echa mano de la finitud para sostenerse”. La finitud en la que se apoya la libertad no puede ser un fundamento donde agarrarse a modo de posibilidades reales o finitas, pues lo cierto es que no existen esas posibilidades reales antes del salto. El hombre no comprende lo que pueda significar la realidad, el bien o el mal, en definitiva, los conceptos ético-religiosos, antes de que la libertad se ponga como tal, y en su determinación ponga el bien y el mal. ¿Qué es lo que le queda al espíritu? el cuerpo y el alma, de los cuales echa mano, recorriéndolos y penetrándolos de manera que los invade totalmente. Con otras palabras, es lo eterno quien invade y conforma la síntesis de alma y cuerpo, y en ese contacto con lo eterno, con la pureza de lo santo que se da en el instante, inexplicable aunque comprensiblemente, la sensibilidad y la temporalidad son abiertas a una nueva dimensión en las que se manifiestan como pecaminosidad.
El que la síntesis tenga lugar en el espíritu supone que éste se apodera del cuerpo y alma al invadirlos. Pero en el momento en que el espíritu en su autoposición recorre el cuerpo y alma éstos son conducidos al máximo de sus posibilidades, produciéndose en su recorrido la escisión. Cuando esa presencia es total y la síntesis, digamos, perfecta, desaparece la angustia, pero paradójicamente es entonces cuando mayor posibilidad de angustia existe pues sólo entonces puede experimentarse la ausencia de espíritu como auténtica pérdida.
Así, en la sexualidad el cuerpo toma las riendas en su relación con el alma apareciendo la angustia porque el cuerpo ha sido llevado por el espíritu al extremo de la sensibilidad . Igual acontece en la angustia de la muerte, donde el espíritu se retira expectante ante la inminente desaparición del cuerpo, situando al hombre en el extremo ápice de la síntesis.
Se accede así a lo que podría ser la determinación fundamental de la angustia: sólo existe angustia donde se produce la síntesis del espíritu, pero una síntesis no totalmente consumada. En la angustia acontece el alejamiento del espíritu que pone la síntesis, bien porque todavía no está puesto como tal siendo excluido de la síntesis, caso de la honda pena inexplicable e inadvertida en el ámbito de la belleza griega, bien porque se retira como sucede en lo erótico o en la hora de la muerte. Aquello que niega retrayéndose es precisamente lo que pone la realidad como tal, el espíritu. Por eso dice Kierkegaard que “a más espíritu más angustia” precisamente porque cuando el espíritu está puesto como tal, mejor puede experimentarse su lejanía, su olvido, su separación.
El no-ser por excelencia es aquel que camina en sentido contrario al de la libertad. Es lo continuamente negado por el ser; es más, se encuentra en un proceso infinito de alejamiento del espíritu hasta olvidar que incluso que lo ha negado. Tal es el caso del pecado que representa la antítesis del ser enfrentada a él, la no-verdad en oposición a la verdad, la esclavitud que huye de la libertad. Pecado cuya realidad “es tal que no tiene consistencia” (p. 110). Antes nos ha dicho Kierkegaard que “El primer pecado es una determinación cualitativa, el primer pecado es el pecado” (p.72). Tiene lugar exclusivamente por la libertad del espíritu que pone la síntesis, trayendo consigo en el mismo momento de pecar su disolución, la ruptura de la identidad del individuo escindida definitivamente en el desmayo de la libertad que despierta encadenada. A partir de ahí la existencia discurrirá ajena a la determinación de la libertad, en el progresivo alejamiento del espíritu, en la in gravedad y falta de seriedad consecuencia de la pérdida de espíritu, de realidad. Por ese primer acto instantáneo en el que la libertad se disocia de sí misma y se enajena en la des-posesión de sí, la existencia posterior se desarrolla en la no-verdad hasta que llegue el instante en el que la resolución la quite “de en medio para que aparezca el ser” (161, nota), ya que la determinación del pecado reside únicamente en ser vencido continuamente. Con el acontecer de ese, en términos kantianos, mal radical innato, ya no resulta posible prescindir de la propensión natural al mal contraída e imputable únicamente a la libertad del hombre.
El objeto intencional de la angustia no es el pecado sino la posibilidad del mismo. La angustia correspondiente es la consecuencia del pecado en el individuo, sometida a estudio en el capítulo cuarto. Angustia ante la posibilidad de continuidad del pecado, pero también ante la posibilidad de la salvación amada y temida, dos nadas frente a las que la libertad del individuo se encuentra . Si el objeto de la angustia fuera la realidad del pecado o la salvación, se caería en el juego de la irreverencia, que espía con la frivolidad de la curiosidad en las antípodas de la “intrépida resistencia de la seriedad”, actitud que termina por falsear su concepto, por caer en el no-ser de la apariencia y el engaño (vanidad).
Acerquémonos a la determinación dialéctica de la angustia en los casos del paganismo y el judaísmo.

5. La angustia definida en dirección a la culpa y al destino

Resulta sumamente interesante la superioridad que Kierkegaard atribuye al judaísmo respecto al helenismo que reside precisamente en el momento simpatético de la angustia, empeñada en no querer suprimir bajo ningún concepto su anhelo de la culpa para caer en la levedad del helenismo, atraído por el destino, la suerte y desgracia. De hecho, como Kierkegaard ya nos ha recordado, la ética griega no era verdaderamente ideal pues incluía momentos estéticos como la búsqueda de la felicidad, para lo cual son necesarios la salud, los amigos, los bienes terrenos o la dicha de la familia. El judaísmo, religión de la ley, vendría a encarnar la contradicción ínsita en la idealidad de la Ética Primera antes descrita, señalando de esta manera un progreso hacia la plenitud de los tiempos cristiana. No olvidemos que Kierkegaard había comparado en la Introducción la Ética con la Ley: “cuyas exigencias condenan pero no dan vida”. Esta Ética descendente, madrastra despótica que se mueve dentro de categorías puras, no acepta ni el sentimentalismo ni el azar, prescinde de la experiencia pues se considera superior a ella.

5.1. El objeto posible de la angustia

En el capítulo que nos ocupa el objeto de la angustia sigue siendo lo posible entendido ahora temporalmente como lo futuro . Por otra parte, la angustia se dirige hacia “lo exterior”. Posibilidad y realidad (del espíritu, de la libertad) se entienden respectivamente desde las categorías de “exterioridad” e “interioridad”. Se experimenta angustia cuando se está volcado hacia la exterioridad, no sólo ni principalmente porque esté referido a las cosas inmediatas sino sobre todo porque el objeto de la angustia es la exterior posibilidad del espíritu y no la interioridad de su realidad.
- En el paganismo griego lo eterno no ha sido puesto por el espíritu, por lo que el tiempo tiene la forma de una totalidad pasada que gira sobre sí misma: lo que es y será, ya siempre ha sido, es pasado. El paganismo siente angustia porque camina hacia el espíritu, él es lo anhelado, lo deseado, en definitiva lo posible en cuanto futuro. Esta nada ante la que se angustia el paganismo es el destino. Propiamente hablando, el destino no tiene entidad por sí mismo, es una relación espiritual entre el espíritu que sueña y una exterioridad; relación que es una angustiosa nada. Como nada que es, el destino se caracteriza por la ambigüedad propia de lo posible, de lo abstracto que tan pronto puede convertir lo exterior en necesario como en accidental. Un futuro semejante es la posibilidad angustiosa de lo eterno manifestado como futuro desconocido que se considera necesario cuando lo ya ha siempre sido es recorrido por el recuerdo, pero casual cuando falta la conciencia de esa necesidad. Ahora bien, una posibilidad semejante es una nada, presta a desaparecer cuando es puesto el espíritu, convirtiéndose el destino en Providencia. Entonces, a los ojos del espíritu, de la eternidad, lo casual se torna en cómico y, quizá, lo necesario en trágico.
- En el caso del judaísmo lo que angustia es la culpa. El objeto de la angustia no es puesto como tal, sólo como posible; no se trataría, pues, de la culpa real (que viene con el pecado), sino de la culpa posible (de la posibilidad de la culpa). Y una culpa tal sólo puede ser una culpa sin pecado, pues sólo con el pecado aparece la Redención.

5.2. La relación posible entre la angustia y su objeto

La relación que la angustia establece tanto con el destino como con la culpa no es, en cuanto meramente posible, ninguna relación real con su objeto. Por eso angustia.
El destino es la relación espiritual del espíritu somnoliento con una exterioridad, relación que hace del destino algo totalmente indeterminado, razón por la cual el pagano no puede entablar una relación “real” con él, sólo una ambigua y angustiosa relación posible.
Por su parte, la angustia de la culpa no pretende establecer una relación con un objeto real como es la culpa, pues dejaría de ser angustia para tornarse en curiosidad antisentimental. Lo que ocurre es que ese “algo” de la culpa, realmente significa una nada por estar sujeto a una relación posible, no real, que establece con la angustia. La relación real con la culpa es el arrepentimiento, no la angustia. Mientras la culpa sólo sea objeto de la angustia (y no del arrepentimiento) es nada, aunque bien es cierto que una nada menos ambigua, más consistente, con un contorno mejor definido. No estará de más recordar que el concepto de culpa es un concepto ético-religioso y que el arrepentimiento sería el momento de “realidad” existente en la Ética y, por lo tanto, lo más cerca que ésta puede estar del pecado. Como páginas antes había señalado Kierkegaard, el arrepentimiento, entendido bajo el concepto religioso de reconciliación, es la zona límite y peligrosa donde Ética y Dogmática confluyen.
Kierkegaard pone como ejemplos de esta relación ambigua entre la angustia y su objeto el oráculo y el sacrificio. En ambos se da esa atracción-repulsión característica de la simpatía/antipatía de la angustia.
- El destino sobre el que versa el oráculo representa el tiempo vulgar, homogéneo, insignificante, de duración infinita pero vacío de contenido y de realidad. Es una nada en las antípodas del tiempo real transido de eternidad y lleno de contenido por lo que sus mensajes no podrán menos que ser ambiguos. No obstante, lo que realmente angustia es la relación que el pagano establece con esa nada, pues se desea conocer el futuro aun cuando repele su indeterminación.
- De modo parecido, el sacrificio debería servir para suprimir la angustia, poniendo la culpa como tal, es decir, poniendo la realidad de la culpa y, consiguientemente, el arrepentimiento. El judío se encuentra en una situación angustiosa (ambigua): quiere arrepentirse, y por eso realiza el sacrificio, pero sabe que el sacrificio no logra esa relación con la culpa, porque lo que existe no es una relación real sino posible. Falta la existencia del pecado y hasta que no sea puesto el sacrificio será inútil e infinitamente repetido.


6. La contadicción

Adentrémonos por fin en el seno de la contradicción que supone la existencia de una ignorancia culpable. Para ello, nos centraremos primero en el pecado del falto de espíritu para pasar seguidamente al pecado en el paganismo.

6.1. El pecado en el falto de espíritu

La contundencia kierkegaardiana no deja lugar a dudas: “peca todo aquel que, haciendo abstracción de lo eterno, sólo vive en el instante” (p. 175). Tal es el caso de la falta de espíritu en la vida cristiano-pagana, distinta de la “ausencia” de espíritu propio del paganismo. En la falta de espíritu la perspectiva de la eternidad ha sido abierta, pero “se está de vuelta” como si la libertad que se levanta culpable creyera que todo fue un mal sueño, que el pecado es una “curiosidad” del que puede abstraerse y, por lo tanto, que aún sigue siendo pagana. El des-espiritualizado considera el salto cualitativo como un suceso cuantitativo más, pretendiendo conseguir lo que sólo se puede perder: la jovialidad estética griega.
El espíritu es la huella de lo que falta, de lo suplantado. En su lugar sólo existe la caricatura, del no-espíritu, una no-libertad encerrada en sí misma. El “claro” abierto por el acontecer del espíritu, de la eternidad, permanece todavía ahí pero como vaciamiento de espíritu, oquedad que es una nada. Si alguna presencia tiene todavía el espíritu, es el de la carencia que exige silenciosamente su reposición, cual rey destronado siempre al acecho para recobrar su legítimo trono.
Dicha existencia se encuentra seducida por la novedad que hace olvidar su libertad. El seducido es arrastrado hasta eludir la autodeterminación por sí mismo de sus posibilidades y así perderse en las posibilidades presentes que le salen al paso. Olvida el espíritu, el carácter de posibilidad de sus posibilidades, para centrarse en las posibilidades finitas que le parecen infinitas. En el desmayo de la libertad culpable se aferra a las posibilidades finitas, pero sin vislumbrar la raíz de su finitud.
La vida cristiano-pagana se desarrolla en medio de esa la nada que, no obstante, permanece ignorada: nada es problema, nada se entiende espiritualmente, nada es autoridad, nada es exigible. Donde tal vaciamiento del espíritu se produce no existe propiamente angustia ni individualidad, ni inocencia ni culpa, porque no se atisba, o no se quiere atisbar, la posibilidad del espíritu. Desde esta “nihilidad” se canta a la vida, a vivir el momento presente, el vals del instante, conceptos que sólo la irrupción de lo eterno pudo abrir, pero cuyo vaciamiento de significado representa ahora una terrible pérdida.
Por otra parte, si donde hay espíritu hay individuo, “autenticidad”, en la falta de espíritu existe la plebs, la indiferencia de la masa, del vulgo, del “se”. La plebe otorga seguridad al falto de espíritu, el cual para no perderse en el torbellino de la desesperación se agarra a lo “a la mano” finito que le proporciona seguridad. En esta caricatura del espíritu, su carencia se rellena con “habladurías” propias del charlatán. La vida que pierde el contenido del espíritu se convierte en algo insustancial, en un juego estético lleno de vacía retórica. Se prescinde así de toda idealidad ético-religiosa. Pecado y culpa no tienen cabida en este estado, de manera que se habla mucho (“el falto de espíritu es una máquina parlante”) pero no de lo que se tiene que hablar.
Con toda razón puede decirse que el paganismo-cristiano peca en su falta de conciencia del pecado, pues “habiendo visto no ha creído”. Su insipidez carece ante todo de seriedad, peso, gravedad que, en su ignorancia, es culpable. Su pecado reside en haber cambiado la imputabilidad de la culpa por el irresponsable destino, en definitiva, la libertad por la esclavitud. Si el falto de espíritu se encuentra en esta situación es porque él mismo y sólo él se ha puesto en ella. Su culpa es suya propia, pues su libertad se ha puesto como esclavitud. Su alejamiento del espíritu expresa la alienación de quien encuentra en el extremo opuesto de la verdad, en la no-verdad, alejándose y huyendo de la verdad, en lucha continua con ella. Pero una lucha sorda, pues “lo abierto” por la libertad queda rellenado por la sordina del rumor y el comadreo.
Y este pecado engendra angustia. Cierto es que semejante ligereza escapa a conceptos tan graves como angustia, inocencia o culpa. Pero, no obstante, la angustia se encuentra ahí a la espera, porque el espíritu acecha como acreedor que quiere saldar su deuda. Es una angustia disfrazada, que no aparece como es, pero que por eso mismo espanta más: la angustia de bien.

6.2. El pecado en el paganismo

El paganismo vive sumergido en un estado de pecaminosidad, moviéndose en determinaciones cuantitativas, dando “largas al tiempo, sin llegar nunca al pecado en su sentido más profundo” (p. 177). Ahora bien, eso “es precisamente pecado”. Su pecado consiste en la falta de conciencia del pecado, lo que significa que el pecado es una forma de no-saber, un no estar en la verdad el cual, puesto que ni siquiera sabe que no sabe, no puede darse cuenta de su culpabilidad.
Diríase que su mayor pecado consiste en considerar la vida como un jugar insustancial con lo cuantitativo. De hecho, cuando Kierkegaard afirma que la existencia del genio es pecado, pone el pecado en relación con la exterioridad y la temporalidad. El genio peca porque sigue inmerso en la temporalidad (exterioridad) de la gloria, honor, poder y fama imperecederas. Pero, como hemos intentado explicar, precisamente esto es la angustia más que el pecado. Por eso Kierkegaard dice:

“Por lo general, suele decirse que el paganismo yace en el pecado; acaso fuera más exacto decir que yace en la angustia” (p. 182).

Es en esa contradicción precisamente donde emerge el cristianismo. El individuo cuestiona la noción de destino, pero precisamente llega a ser individuo por obra del destino. Sólo la distinción entre lo cuantitativo y lo cualitativo garantiza la responsabilidad ante el pecado, la soledad de la culpa. Cuando Kierkegaard afirma que el individuo se hace culpable por “obra del destino” estaría hablando desde el límite de las condiciones que hacen posible el salto cualitativo, límite que la psicología quiere alcanzar analizando las determinaciones cuantitativas que aclaran el pecado. Este es el “punto más álgido de la angustia”, en el que, sin embargo, todavía no se es culpable.
En definitiva, sólo desde la dimensión vertical del espíritu eterno que rasga el tiempo y produce la historia como tal, puede realizarse la atribución de pecado al paganismo. Esta es la contradicción que el cristianismo pone de manifiesto, por eso la atribución del pecado es una cortesía que enaltece al helenismo. El espíritu pone el pasado como historia, la existencia del pagano como pecado porque el pasado sólo puede ser apropiado desde la brecha abierta por la irrupción de lo eterno en el tiempo. Se accede así a la sustancia ético-religiosa que invade y soporta el pensamiento kierkegaardiano: únicamente el espíritu eterno puede romper el pensamiento de la totalidad para abrir la universalidad de los conceptos del alma a la idealidad infinita. Con otras palabras, sólo una filosofía de la idealidad religiosa puede ser éticamente responsable, pues desde el seno de la libertad finita se reclama una culpabilidad infinita. El “interés” de la razón es antes que nada ético-religioso.
La contradicción consistente en que el individuo es puesto como tal por el pecado y la culpa, y no obstante se hace culpable “por obra del destino”, reformula temporalmente la existente entre el individuo y la especie, la cual, como se recordará, daba lugar a un movimiento histórico que expresa la historicidad existencial del individuo en su participación de la especie:

“una contradicción es siempre la expresión de un problema; ahora bien, un problema es un movimiento, y un movimiento que va a parar al mismo problema de que partió es un movimiento histórico” (p. 71).

La participación del hombre en lo eterno hace que esta perfección contradictoria del hombre que en principio era tan sólo un estado pueda y deba ser actualizada. El ideal del individuo se forja en su continua incorporación al desarrollo de la especie, gracias a un proceso de interiorización en el que lo religioso penetra y transforma la existencia exterior mediante la apropiación en la angustia de la pecaminosidad del pecado. Como dice Kierkegaard, se trata de escoger el camino del dolor y la estrechez. Elegir este camino sitúa ante un absurdo salto en el vacío que está dispuesto a perderlo todo para ganar lo que se consideraba perdido.
La angustia en cuanto angustia de posibilidad posible desempeña un papel pedagógico al proyectar hacia la infinitud, liberando al individuo de la opresión de lo finito. Ella lanza hacia el futuro desde el que ella se temporaliza abriendo el campo de lo posible en cuanto posible. Quizá la virtualidad fundamental de la angustia consista en que “neutraliza” la finitud del destino y de la culpa, educando para la manifestación de su verdadero rostro: la Providencia y la culpabilidad infinita.
Semejante proceso es aclarado por Kierkegaard mediante la distinción entre el genio pagano y el genio religioso.
El genio es la figura que mejor encarna el paganismo, el estadio estético en el que existe ese “estar volcado hacia el exterior”, en el que el espíritu existe pero todavía no está puesto como tal, que equipara al genio con el estadio de inocencia adánico. Las cosas exteriores no son importantes para él sino la relación espiritual que establece con ellas, relación que es el destino. Es un “espíritu inmediato” en una relación extrínseca con el espíritu, una subjetividad que no se ha autodeterminado como tal, el espíritu que sueña pero que no es consciente de su soñar.
La libertad del genio inmediato representado por el héroe trágico tiene como contrario la necesidad, pues es aquella fuerza que, en su infructuoso intento de asemejarse a la libertad divina, no teme enfrentarse con el destino. Si en esa obstinada lucha surge algún tipo de culpabilidad ésta viene de fuera, de sus conciudadanos que califican su fracaso como culpable, pues en el mundo del héroe no cabe el concepto de culpa.
No obstante, el genio debería haber despreciado el tiempo como pura inmediatez y haberse “vuelto hacia sí mismo y hacia lo divino”. La ignorancia griega es culpable porque no ha profundizado, sumergiéndose en la angustia, en la presencia de lo eterno en el hombre que habita en su interior. Y es que toda vida humana, aunque no lo sepa, se encuentra religiosamente dispuesta. Este intento de que la existencia religiosa penetre en la existencia exterior es una formulación de la repetición, entendida como interiorización o autoconquista del sí mismo. La posición del espíritu como tal es la autoposición de la libertad.
Ahora bien, sólo puede ver a Dios aquél que se siente culpable, que descubre la culpa, rostro de la divinidad, en el proceso de interiorización. Lo eterno adviene en la forma de culpabilidad que llama a “conseguirse a sí mismo”. Sin ella el sí mismo consiste en un egoísmo sin “ego”, como el desarrollo de las dotes personales en el paganismo pone de manifiesto. A pesar de que el pelagiano Vigilius Haufniensis no lo afirme explícitamente, en el texto se encuentra implícito que para poder ponerse a sí mismo como libertad se necesita haber recibido la condición para ello que viene de Dios, condición que sólo el cristianismo descubre, poniendo de manifiesto la contradicción habida entre interiorización y donación, entre libertad y gracia. De hecho, el movimiento que Kierkegaard describe va de lo religioso a lo pagano: lo religioso tiene que asumir e incorporar la exterioridad, lo estético, para ir más allá de ello. Esta apropiación se produce en el genio religioso.
Con la aparición del genio religioso, la inmediatez del espíritu pagano volcado hacia el exterior sufre un proceso de interiorización, proceso que viene de la mano de la culpa. En él se descubre la posibilidad de la culpa, no propiamente la culpa puesto que ésta sólo surge con el pecado, por eso el genio religioso “teme ser culpable”. Junto a la posibilidad de la culpa, el genio religioso descubre su correlato inseparable: la posibilidad de la libertad, consciencia de las posibilidades en cuanto posibilidades . La posibilidad de hacerse culpable persigue siempre al genio religioso, de manera que constantemente se encuentra la posibilidad de caer, de elegirse mal a sí mismo. Su peligro no consiste en elegir cosas que no convienen, sino en perderse como esclavo. Esta esclavitud sería la del pecado, que produce una culpa real cuya posibilidad angustia.

Llegamos a uno de los ejes centrales del pensamiento kierkegaardiano: la libertad, verdadera bendición del genio religioso, que no consiste en hacer esto o lo otro “sino que se trata de la libertad de saber a conciencia que él es libertad”. Sólo la libertad divina es fuerza creadora, al hombre le queda reservada la libertad finita del saber-se libre, conciencia del propio poder. Y es que, el mal no habita fuera del hombre sino en su interior; es un asunto de la libertad consigo misma en el que no caben excusas, pues la libertad, al igual que el pecado, sólo se supone a sí misma. En palabras kantianas, el mal no ha de buscarse en las inclinaciones, que sólo dificultan la ejecución de la máxima buena sino en invertir el orden moral de los motivos acogidos en la máxima, en definitiva, en la libertad misma.
La auténtica libertad consiste en resolverse a ser libre, lo cual supone también su correlato: la resolución a la culpabilidad. El acto de resolución kierkegaardiano pretende frenar el impulso a la exterioridad, temporalizada desde un presente vacío y abstracto, para resolverse por la angustia y el dolor. La resolución es esa única decisión inmutable de la que habla Kant que consiste en el cambio del corazón del hombre mediante una revolución en su intención que produce el nacimiento del hombre nuevo y restablece su original disposición al bien. Renacimiento que consiste en el paso del no-ser al ser que se da en el instante. Perder la comodidad del que se siente “como en casa” porque se aferra a lo inmediato, para buscar en el interior lo que ha sido puesto desde la eternidad, lo religioso, pues no hay que olvidar que la resolución es una decisión del individuo (salto cualitativo en virtud del absurdo) posibilitada por una decisión amorosa de Dios desde la eternidad.
El hombre se encuentra en un movimiento de apropiación temporal de su angustia. Debe hacer más refleja, menos indeterminada la posibilidad del pecado, proceso infinito en el que siempre existirá un punto ciego inasumible por la resolución. Kierkegaard insiste tanto en que el salto cualitativo no puede ser explicado por ciencia alguna porque no se mueve en determinaciones cuantitativas siempre susceptibles de una explicación causal. El salto no tiene lugar en el tiempo sino en el instante, es más, aconteciendo crea el tiempo: la historia. Las acciones libres no tienen un origen temporal, pues la libertad que lo ejecuta no pueda ser considerada como un tipo de causalidad. Por esta razón, el pecado arrastra la negatividad propia de una realidad injustificada continuamente a rechazar.
La apropiación histórica de la pecaminosidad representa, en palabras de Kierkegaard, una auténtica obligación del ser humano, que se juega con ello su propia vida individual. Gracias a la historia de la especie, el individuo se apropia de sí mismo, de su propia pecaminosidad como sí mismo y a la vez la especie, proceso en el que debe aprender a angustiarse para sentir angustia sin ser desbordado por ella. La contradicción de que cada uno sea sí mismo y, a la vez, la especie no es, pues, algo a clausurar en la totalidad sino algo a asumir temporalmente.
Ahora bien, esta apropiación pro-gresiva mira al futuro y no al pasado. Este es el concepto de repetición. El genio socrático siempre vuelve a lo ya sido por medio del recuerdo, en cambio la repetición es un pro-greso hacia el futuro porque éste ha sido abierto por lo eterno en el instante. Lo pasado no es algo necesario e inmutable sino abierto por la eternidad al futuro. De hecho, “la eternidad es la verdadera repetición”. Se deja de lado el griego re-cordar que “re-gresa” continuamente al pasado para afirmar el re-petir que pro-gresa al futuro. div>

jueves, mayo 11, 2006

Sobre el lugar originario de la verdad

Apuntes críticos al §44 de Ser y Tiempo

Dr. José Ruiz

El parágrafo §44 de Ser y Tiempo tiene tres partes. En la primera se expone la concepción de la verdad como concordancia y se apuntan los fundamentos ontológicos en que se mueve el fenómeno de la verdad así entendida. En la segunda se trata de mostrar que la verdad acaece originariamente con la aperturidad del Dasein. La esencia originaria de la verdad es mostrada así con un carácter existencial. La concepción tradicional de la verdad como correspondencia presupone y se funda en esta verdad originaria. En la tercera parte y a partir de la dilucidación anterior de la esencia originaria de la verdad, se expone y trata de aclarar el modo de ser que tiene la verdad, en qué sentido cabe sostener que “hay” verdad y qué tipo de necesidad nos obliga a “suponer” que la “hay”.
En estos apuntes trato de exponer las razones por las que considero erróneo el modo como Heidegger determina la esencia originaria de la verdad. También trataré de apuntar dónde se encuentra, en mi opinión, su lugar originario. Voy a hacer primeramente una exposición esquemática del modo como Heidegger concibe la esencia originaria de la verdad como un existencial para, a continuación, apuntar algo así como una revisión crítica de esta concepción. Como el número de cuestiones imbricadas en este parágrafo es muy grande, algunas serán dejadas de lado o quedarán tan sólo apuntadas.

1. Breve exposición de algunos puntos esenciales

Heidegger, antes de exponer cuál es el lugar originario donde la verdad acaece, recusa que el juicio o la adecuación del juicio a la cosa sobre la que el juicio versa constituyan tal lugar. Allí donde la verdad se piensa como una relación de adecuación entre dos términos heterogéneos (pensamiento y cosa, lo juzgado y aquello sobre lo que se juzga) surge el problema de entender cabalmente el carácter y sentido de esta relación. Heidegger, en particular, señala que allí donde lo juzgado en el acto de juzgar se toma como un sentido ideal y se concibe la verdad como una suerte de concordancia entre una idealidad significada y una cosa real, queda en el aire el carácter y modo como tal concordancia haya de ser entendida.
Heidegger, a través de un ejemplo, trata de mostrar que no es una relación de concordancia entre dos términos heterogéneos el lugar originario de la verdad, sino que la acreditación del ser-verdadero acaece en virtud del estar vuelto que descubre algo. Heidegger considera qué sentido fenoménico tiene la acreditación del juicio formulado de espaldas a la pared que expresa que el cuadro allí colgado está torcido. El juicio tiene ya el carácter de un estar vuelto al cuadro mismo de que se trata. Al darnos la vuelta y confirmarse que el cuadro está efectivamente torcido, el juicio se acredita como descubridor: se acredita que el enunciado descubre el ente hacia el que estaba vuelto. No tenemos en esta acreditación un sentido y un objeto que hubiera que comparar para validar el primero por el segundo, sino un único estar vueltos al ente mismo de que se trata: el ente que el juicio mostraba y que luego era mostrado originariamente en la percepción como siendo el mismo al que se refería el enunciado. Acreditación es, por tanto, evidencia de que el ente mismo es tal y como el enunciado lo muestra y descubre. El ser-verdadero del enunciado tiene que entenderse como un ser-descubridor de aquello de que se trata.
El ser-verdadero del enunciado ha de ser entendido, por tanto, como ser-descubridor. A su vez, el ser-descubridor, sólo se hace posible en virtud de la constitución ontológica del Dasein en tanto que ente que es-en-el-mundo. En otras palabras, el ser-verdadero, en tanto que ser-descubridor, encuentra su fundamento en el modo de ser del Dasein.
Aquello que en último término hace posible todo descubrimiento óntico es el Dasein. El Dasein, el ente que existiendo es-en-el-mundo, conforma así el fundamento originario de la verdad misma. Sólo porque hay un ente al que en su ser le va su propio ser, un ente proyectado en posibilidades y extáticamente abierto a un mundo, hay verdad. La esencia de la verdad es la esencia del Dasein mismo. La constitución ontológica del Dasein es la esencia originaria de la verdad porque constituye la última condición de posibilidad del ser-descubridor. Por eso puede decir Heidegger que “verdad, en el sentido más originario, es la aperturidad del Dasein” (S&Z, p.223) y que “la verdad, entendida en su sentido más originario, pertenece a la constitución fundamental del Dasein. El término verdad designa un existencial” (S&Z, p.226).
La aperturidad, la constitución existencial del “Ahí”, el “ser-en” del Dasein en tanto que existente que es-en-el-mundo, es la esencia originaria de la verdad. La verdad existe, su esencia originaria es la existencia. Por eso mismo, los momentos que Heidegger destacó al explicitar el ser del Dasein como cuidado (aperturidad, condición fáctica de arrojado, caída, proyecto) articulan el modo como la verdad existe. En particular y debido a que el Dasein tiene una constitución existencial intrínsecamente cadente, una constitución que le lleva a proyectar su aperturidad desde posibilidades impropias, la verdad es cooriginaria con la no verdad o, lo que viene a ser lo mismo, ser-descubridor es a la vez ser-encubridor.
La verdad como correspondencia y la verdad del enunciado tienen su fundamento originario en la verdad existencial. La comprensión del lugar originario de la verdad al modo de una concordancia entre un juicio que está a mano y de la cosa a la que el juicio se refiere, es la interpretación cadente de la verdad, la comprensión óntico-mundana y nivelada del fundamento ontológico-existencial que originariamente hace posible todo descubrimiento y al que remite toda comprensión y toda interpretación particulares.
“¿En qué conexión óntico-ontológica está la “verdad” con el Dasein y con esa determinación óntica del Dasein que nosotros llamamos comprensión del ser?” (S&Z, p.213). Respuesta de Heidegger: la esencia originaria de la verdad es el ser mismo del Dasein, el ente comprensor de ser, el ente que es descubridor en tanto que es-en-el-mundo.
En la tercera parte del parágrafo 44 Heidegger apuntará las consecuencias que de esta dilucidación de la esencia originaria de la verdad se derivan. De lo dicho más arriba se deduce que “la verdad es tan sólo mientras el Dasein es y en la medida en que es” (S&Z, p.230) si, además, “tan sólo mientras el Dasein, es decir, mientras la posibilidad óntica de comprensión del ser, es, se da ser” (S&Z, p.212) tenemos entonces que “ser y verdad son cooriginarios” (S&Z, p.230), esto es, cooriginarios en el Dasein mismo. Es decir, que ser y verdad los hay en tanto que y en la medida que “existe” el ente que es-en-el-mundo. En este marco da Heidegger respuesta a un par cuestiones sobre la “existencia” de verdades eternas, sobre la subjetividad de la verdad y sobre lo que deba entenderse, en contra de todo escepticismo, por la presuposición de la verdad.
Respecto a lo primero, Heidegger señala que si el ser de la verdad está en conexión originaria con el Dasein, la afirmación de verdades eternas no deja de ser vacía mientras no se haya demostrado la efectiva existencia eterna del Dasein mismo. Cabe dar otro paso y pensar que, en realidad, en el marco de Ser y Tiempo ni siquiera tendría sentido el planteamiento de la pregunta por la existencia eterna del Dasein pues no podemos hacernos problema del tiempo o la eternidad al modo de un horizonte “autónomo” en el que el Dasein pudiera o no existir “por siempre”. Si la temporalidad acaba mostrándose en Ser y Tiempo como el fundamento originario del ser del Dasein: ser, verdad, tiempo y Dasein serían cooriginarios. La pregunta por la eternidad del ser, la verdad o el Dasein se torna así vacía de sentido: tanto como ser y verdad son cooriginarios lo son la verdad y el tiempo... ser y tiempo.
Respecto a si la conexión originaria entre verdad y Dasein no conlleva el carácter subjetivo de la verdad, Heidegger responderá que, por un lado, la verdad efectivamente se modaliza existencialmente: la verdad, en cuanto descubrir, es un modo de ser del Dasein. Las modalizaciones existenciales del Dasein son modalizaciones existenciales del ser-descubridor. Ahora bien, esto no quiere decir que la verdad se torne algo sometido al arbitrio de un “sujeto”. Por la misma razón que el Dasein no puede ser pensado como “sujeto” sino como la condición extático-horizóntica u ontológico-trascendente, de todo ser-descubridor, la verdad no “es” algo al arbitrio de un “sujeto” que estuviera ya ahí, sino que “es” el fundamento existencial originario que hace posible la consideración óntica de una verdad como universalmente valedera o como subjetivamente conformada.
Finalmente, Heidegger da algunos apuntes en relación al carácter de la “presuposición” que da por sentado que hay verdad. En tanto que el Dasein está constituido por la aperturidad, como proyecto y anticipación de sí y de las posibilidades que en cada caso le van, la esencia originaria de la verdad como ser-descubridor está ya puesta en obra con nuestra existencia. Por eso mismo liga Heidegger el escepticismo originario, la negación originaria de la verdad, con el suicidio, es decir, con la aniquilación de la existencia y, con ello, del fundamento originario de la verdad misma.
Heidegger no está apuntando aquí a una demostración de la efectividad de la verdad al uso entendida, esto es, a una verdad que pudiéramos asegurar y determinar; Heidegger no pretende tampoco algo así como una “refutación” del escepticismo al uso entendido. No hay que olvidar que lo existentivamente descubierto no deja de estar para Heidegger cooriginariamente en la verdad y en la no verdad. La verdad tomada en un sentido existencial originario, por otro lado, no es algo que pudiera ser sometido a demostración, pues ella misma es la condición de toda demostración: el Dasein no puede someterse a sí mismo a demostración en lo que hace a su verdad originaria.

2. Contrapunto crítico

Advierto de entrada que, en lo que hace al tema en cuestión, me opongo a la posición de Heidegger de manera casi completa. Lo que va a continuación no es un comentario sino más bien un contrapunto crítico. En todo caso, no me opongo a Heidegger porque sí, sino porque me parece que su concepción no toca el centro del problema, esto es, la esencia originaria de la verdad.
Heidegger critica la concepción tradicional que ve el lugar originario de la verdad en la adecuación del juicio a la cosa haciendo ver que esta comprensión de la verdad presupone o, mejor dicho, se funda originariamente, en la verdad existencial entendida como el fundamento ontológico que hace posible el ser-descubridor mismo. Mi crítica a esta concepción de la verdad “existencial” quiere hacer a Heidegger este mismo reproche: que el ser-descubridor existencialmente entendido presupone una verdad más originaria, la patencia misma en la que toda existencia se muestra.
En el texto se nos dice que la verdad en el sentido más originario es la aperturidad del Dasein. Cuando hablé sobre la aperturidad como constitución del ser-en del Dasein, señalé ya que la aperturidad existencial que abre a “algo”, está a su vez abierta, es decir, que en nuestra vida inmediata se han hecho ya patentes y comprensibles las posibilidades que nos son propias y la disposición afectiva en la que nos encontramos, si bien no temáticamente ni como correlato intencional de nuestra atención. La aperturidad del Dasein presupone su transparencia fenoménica, es decir, presupone una mostración que, en sí misma, no tiene ya un carácter existencial. En lo que hace al problema de la esencia originaria de la verdad cabe trasladar lo que ya dije en esa ocasión de la siguiente manera: la constatación de la verdad como existencial ser-descubridor, presupone la patencia fenoménica del Dasein mismo en tanto que existente. El ser del Dasein mismo, en tanto que ente que existiendo es en el mundo, se muestra: no al modo de un correlato existentivamente descubierto, sino en la patencia fenoménica consustancial a toda vida. Esta patencia es, por tanto, la condición de posibilidad originara de todo ser-descubridor existencial es, por tanto, la esencia originaria de la verdad.
Apuntalaré esto que va dicho por medio de algunas consideraciones en torno a cierta ambigüedad en el modo como el Dasein aparece concebido a lo largo de Ser y Tiempo. Creo que el carácter “óntico-ontológico” que se atribuye a un único ente, al Dasein, es ambigua y que, en realidad, es la expresión de una preconcepción que opera desde el inicio de la obra y que no se pone nunca en cuestión. Fijémonos en que:
1. Que en el Dasein se juegue la comprensión de ser, esto es, que todo lo ente se “presente” al Dasein, quiere decir que toda comprensión está incardinada en el horizonte o constitución ontológica que es propio del Dasein: la existencia, el cuidado, la temporalidad. Todo descubrimiento retrotrae de esta manera al ser-descubridor existencial. Aquí, el ser del Dasein se ha tomado como la esencia ontológica de toda manifestación. Es decir, con esta comprensión del Dasein como lugar de la comprensión del ser, se ha decidido ya el carácter originario de la verdad, del ser-descubridor mismo. Fijémonos que, en tanto que el ser del Dasein es tomado aquí como la esencia originaria de la manifestación, el Dasein no comparece aquí propiamente como “un ente” con un ser determinado, sino como la esencia ontológica de todo lo ente. Por otro lado,
2. Que el Dasein este tomado como un ente particular quiere decir que el Dasein tiene un modo propio de ser que se fenomeniza: el Dasein es el ente existente, el ente que siendo en el mundo le va su propio ser. El ser del Dasein se muestra sin duda: al vivir está haciéndose fenoménicamente patente este carácter del Dasein que es el modo de ser de un ente particular.
Nótese ahora la tensión en que estas dos “determinaciones” se encuentran cuando se aplican a un mismo “ente”. En primer lugar, no cabe concebir que el hacerse patente del Dasein retrotraiga originariamente a su misma constitución ontológica pues es esta constitución lo que se está haciendo patente y manifiesto. En realidad, el hacerse patente del ser del ente que existe retrotrae al saberse a sí mismo de toda vida. Esta patencia es la proto-desvelación en que se funda tanto el mostrarse del Dasein como el mostrarse de todo lo ente. Si esto es así, lejos de ser la constitución ontológico-existencial del Dasein la condición descubridora originaria de todo lo que es, ella misma y todo lo que de alguna manera acaece, acaece sólo porque la vida es patencia de sí misma. Pero si esta patencia es la condición de posibilidad para que un ente como el Dasein sea, esto quiere decir que la determinación de la verdad como ser-descubridor existencial es una determinación derivada. La verdad ya se ha manifestado inextática e “inexistencialmente” allí donde la esencia originaria del ser-descubridor se piensa como aperturidad existencial.
La tensión entre ambas determinaciones del Dasein no se elimina señalando que el Dasein, en tanto que ser-en-el-mundo, cubre, en cierto sentido, no a un ente particular, sino el lugar donde se muestra todo lo que se muestra y que, por eso, la constitución ontológica del Dasein puede tomarse como la esencia de toda manifestación. La ambigüedad fundamental que envuelve al Dasein se hace aquí particularmente visible. El Dasein no puede pensarse al mismo tiempo y en el mismo sentido como el ente cuyo ser se manifiesta siendo-en-el-mundo y como la esencia originaria a la que remite la manifestación de todo ser-en-el-mundo (ser del Dasein incluido). Se trata de dos cosas distintas: una es modo de ser que muestra el ente existente, otra la esencia de la manifestación a la que remite todo lo que se muestra.
Esta ambigüedad en la doble concepción óntico-ontológica del Dasein confunde y amalgama la problemática ontológico-fundamental de una manera que ahoga todo posible planteamiento. En tanto que el ser del Dasein se ha tomado como la esencia a la que retrotrae toda manifestación, huelga la búsqueda del sentido del ser en cuanto tal. La diferencia entre el ser del Dasein y el ser en cuanto tal es sólo aparente si se ha asumido de entrada que el ser del Dasein es la esencia de la manifestación de todo lo ente y la esencia originaria de la verdad. En realidad, con esta asunción se ha tergiversado de entrada el verdadero problema: dilucidar la esencia de la manifestación a la que el Dasein remite y que él no es, sino que presupone en tanto que su ser se hace manifiesto. Al final del parágrafo 44 nos dice Heidegger “Ser y verdad son cooriginarios. Qué significa que el ser “es” cuando debe distinguírselo de todo ente, sólo podrá ser preguntado concretamente una vez que se haya aclarado en general el sentido del ser y el alcance de la comprensión del ser” (S&Z, p.230). Pues bien, me parece evidente que dilucidar qué signifique “ser” distinguido de todo lo ente (distinguido también, por tanto, del Dasein en tanto que ente manifiesto), no podrá ser nunca aclarado si se ha olvidado de entrada la condición de posibilidad a la que originariamente remite la patencia y comprensión misma de todo lo que es, Dasein incluido. Es esta manifestación inextática e inexistencial la única que hace ser y verdad cooriginarios. Esta cooriginariedad no puede buscarse en el Dasein, el cual, en tanto que ente manifiesto, se mueve ya en una verdad o mostración más originarias.
Porque la condición de posibilidad originaria de toda manifestación está en Heidegger presupuesta y olvidada la esencia originaria de todo lo manifiesto y de la verdad misma no se hace patente sino que se invierte y desfigura. El ser-descubridor existencial es una concepción de la verdad ligada a un modo de ser ya manifiesto: es, pues, una concepción derivada y fundada en la esencia originaria de la verdad “inexistencial” que hace tal posible tal manifestación.
De la esencia originaria de la verdad que he querido defender y que, como espero haber mostrado, está presupuesta en la concepción de la verdad existencial, se deriva un modo de ser de la verdad radicalmente distinto del que Heidegger apunta. Voy a tratar de apuntarlo en lo que hace a los tres puntos que Heidegger considera: en lo que hace al darse de verdades eternas, al problema del carácter subjetivo de la verdad, y al carácter de la presuposición de que hay verdad.
a)Sobre las verdades eternas: Tiempo y temporalidad son en tanto que se hacen patentes. Son pues en la verdad. Lejos de ser la temporalidad la condición originaria de la verdad, todo mostrarse del tiempo presupone la esencia originaria de la verdad. En otras palabras, no es la esencia originaria de la verdad relativa al darse en el tiempo sino que, a la inversa, la verdad originaria es la condición de posibilidad originaria del darse de algo como tiempo. Aquello que se muestra no es últimamente relativo al tiempo sino a la esencia originaria de la verdad que, en la medida en que constituye la condición de posibilidad misma del mostrarse de todo tiempo, es atemporal. La verdad de lo que se muestra no es, por tanto, en su esencia originaria, esto es, en su patencia misma, propiamente eterna sino atemporal.
b)Sobre el carácter subjetivo de la verdad. La esencia originaria de todo lo que se muestra no tiene un carácter subjetivo u objetivo. Tales caracteres son derivados, es decir, presuponen la esencia originaria de la verdad como patencia fenoménica. De hecho, y en contra de lo que Heidegger pensaba, la verdad tampoco se modaliza existencialmente: toda modalización existencial presupone la patencia misma de lo que existencialmente se muestra, y la presupone además como su esencia inexistencial. La verdad, en su esencia originaria, no puede modalizarse existencialmente: el Dasein, en tanto que ente que le va su propio ser y que existe libremente en un poder-ser determinado, está ya antecedentemente en la verdad.
c)Sobre el tipo de suposición en que consiste la presuposición de la verdad. En un sentido originario y en contra de lo que Heidegger dice, el escéptico ni siquiera puede estar existencialmente contra la verdad u oponerse a la verdad: el escéptico está ya en la verdad y toda posición existencial “contra la verdad” presupone este originario estar ya en la verdad. Tampoco cabe decir, en propiedad, que el suicidio extinga la verdad: la verdad originaria es la condición misma del suicidio y este no puede apuntar contra tal condición. El suicidio en tanto que posición existentiva podrá apuntar, en todo caso, contra la existencia del que existe, pero no contra la esencia originaria de la verdad que “sostiene” tal existencia.
En ningún caso hay “necesaria presuposición” de la verdad originaria en un sentido existencial porque la verdad existencial se funda ya en la verdad originaria: La esencia originaria de la verdad es la condición de posibilidad de todo proyectarse existencial y no es este su presuposición o puesta en obra. Es el proyectarse existencial mismo el que está ya en la verdad. La esencia originaria de la verdad está más acá de todo “presuponer” y de toda modalización existencial.
Por último, se comprende a partir de lo ya dicho que es falso que tan originaria como la verdad sea la no verdad: sólo porque originariamente hay verdad puede haber en un sentido derivado no-verdad. La no-verdad presupone la esencia originaria de la verdad: la no-verdad sólo es haciéndose patente, esto es, sólo es en la verdad.

Cuestionamiento de "la crítica inmanente" de Heidegger a la filosofía de Husserl en las lecciones de 1925

Advertencia previa
Como material previo de discusión para la sesión del 13 de diciembre, os hago llegar este texto bastante antiguo -pues lo presenté en unas Jornadas de la Sociedad Española de Fenomenología de hace al menos seis o siete años-. Mi intención era redactar ahora una nueva versión, más detallada y matizada y a la vez menos densa; de hecho he podido reconstruir toda la contracrítica a Heidegger a propósito de la primera determinación de la conciencia. Pero dado que no me daba tiempo a completar la revisión a conciencia del texto íntegro, y dado también que a algunos de vosotros esta versión completa os servirá, a falta de traducción del texto de Heidegger, para orientaros mejor en la discusión, he optado por hacer circular este texto con cuyo estilo hoy no me identificaría del todo. La segunda parte, en particular, es sumamente deficiente. Como en la sesión del sábado tendré oportunidad de precisar algunas cosas de las que aquí se dicen, pido sólo que en la lectura no se olvide esta petición, justificada, de benevolencia.


Cuestionamiento de "la crítica inmanente" de Heidegger a la filosofía de Husserl en las lecciones de 1925

Dr. Agustín Serrano de Haro


Primera parte

Si la crítica inmanente de Heidegger a la concepción de la fenomenología propuesta por Husserl quedase adecuadamente recogida en las cuatro objeciones a la determinación de la conciencia intencional que expone el apartado undécimo de Prolegómenos a la Historia del concepto de tiempo, y si las cuatro direcciones de la crítica admitiesen un examen independiente de cuestiones filosóficas tan o más básicas que las que ahí se dilucidan, si ambas condiciones fuesen el caso, mi opinión es que el cuestionamiento de Heidegger de la fenomenología husserliana podría ser cuestionado y la objeción global objetada. Podrían incluso señalarse ciertos presupuestos discutibles de la hermenéutica heideggeriana y ciertas limitaciones intrínsecas a ella. Pero seguramente ninguna de las dos condiciones citadas vale de manera absoluta y la contracrítica posee, en consecuencia, un valor significativo pero sólo relativo.

La primera determinación que Heidegger somete a crítica concierne al sentido de la inmanencia de la conciencia. La objeción que corresponde a esta determinación de importancia decisiva plantea que "inmanencia" es un concepto puramente formal que significa tanto como la inclusión de algo en algo, la pertenencia de una parte a un todo. Y en el caso particular de la conciencia, la inmanencia se define o concreta "materialmente" en razón del acto de reflexión que capta la vivencia intencional en curso. Pues este acto reflexivo establece con la vivencia una peculiar relación en que lo captado, el objeto de la reflexión, se vuelve inherente al acto reflexivo, se convierte en una parte ingrediente de éste, o sea, se torna "inmanente" a la reflexión. Pero con ello la determinación del ser inmanente -sigue Heidegger- no se habría guiado por la peculiaridad propia de la conciencia -por "el ente mismo en vista de su ser"-, sino que habría sufrido un desplazamiento inadvertido en favor de un nexo o de una conexión interna, que presupone lo que pretendía mostrar: el sentido originario de la inmanencia.
El lector meticuloso de Ideas I recordará, sin embargo, que es la sección tercera de la obra la que esboza propiamente la teoría de la reflexión. Y lo hace en el marco general de la doctrina de las modificaciones de conciencia, es decir, de las variaciones posibles -ellas mismas de índole intencional- que pueden sufrir las vivencias y que dan lugar a remisiones internas del sentido de los actos modificados a los actos originarios. La modificación sobreviene, pues, a una vivencia, a un acto, a un complejo de actos que previamente discurrían en forma no modificada, originaria, y la repetición reiterada de una modificación nunca es capaz de alterar su condición de intención derivada, que supone otras formas intencionales ya que a ellas remite estructuralmente.

Valga como ejemplo de esta conexión entre intenciones originarias y derivadas la certeza perceptiva acerca del mundo de la vida, acerca de cada sector y fragmento de él, de la sala que percibo ahora mismo, etc. Esta certidumbre plena en la existencia precede y sostiene el hecho de que algún fragmento preciso de sentido, siempre delimitado, sufra la modificación dóxica en que consiste dudar, y que determina la suspensión de mi creencia primera a propósito de esa propiedad o relación o determinación, y que llevará posteriormente, en su caso, bien a corregir la certeza previa, bien a confirmarme en ella; claro que tampoco esta confirmación equivaldrá ya a la certeza primitiva en el ser de esa propiedad o relación, dado que la certeza original es, por así decir, rotunda y tácita: es el "sí" pleno de la protodoxa, previo a todo decir "sí, en efecto" "sí, así era o así es".
Pues bien, de una forma enteramente paralela, la estructura originaria de la vida intencional es inmanencia radical antes de que un posible acto de dirección reflexiva repare en algún sector del presente vivo de conciencia -nunca en todo él-. En realidad, hablar aquí de "conciencia prerreflexiva" es incluso una expresión ambigua, comoquiera que la existencia consciente no está esperando a la reflexión ni tiene que esperarla para saber de la intimidad de mi vida que corre y que tiene ante sí el mundo. Desde siempre, desde antes de reparar en que puedo apartar la vista de lo que veo y dirigirla al fenómeno mismo, y con él a mi ver, sé de sobra que esta vida en curso que se difunde por las incontables vivencias, este incesante como devorar tiempo es, en efecto, mi vida, y que ella, y nada otro, nada producto de la reflexión, es existencia en acto y a la vez saber de sí misma también en acto: ejercicio de ser en el tiempo, que se solapa con una evidencia plena respecto de sí, respecto de su ser y de su ser tiempo: y tal es el sentido primitivo, radical, de la inmanencia.

En suma, las vivencias de conciencia no son inmanentes por caer bajo la reflexión, sino que, justamente al revés, pueden caer bajo la reflexión por ser de antemano inmanentes al tiempo interno y por ser vividas en y desde la conciencia íntima del tiempo. Este principio se aplica de hecho al propio acto de reflexión original: sin necesidad de una nueva reflexión, sé que he vuelto el rayo de la reflexión sobre mi presente o pasado de conciencia, y este saber se solapa con el desarrollo no reflexivo de la misma reflexión. Tal como lo expone Heidegger, en cambio, la reflexión necesitaría siempre de una reflexión superior para afirmar su inmanencia, en una cadena que por principio tendría que ser infinita.
Por lo demás, nada cambia en el principio descriptivo de la inmanencia prerreflexiva por la circunstancia de que la reflexión sea presentada por Husserl como una modificación de alcance universal, susceptible, pues, de abarcar todo el dominio de la inmanencia, al menos en sus formas originarias y derivadas fundamentales. La extensión lógica de ambas nociones podrá ser la misma: "la inmanencia es lo susceptible de reflexión", pero no así su sentido y, de acuerdo con él, la determinación de la prioridad absoluta de la vida inmanente de conciencia sobre la posibilidad derivada de la reflexión.

La segunda determinación que Heidegger somete a crítica tiene que ver con la conciencia como "ser absoluto en el sentido del estar dada de un modo absoluto". El darse absoluto de algo es un rasgo descriptivo que se opone al estar meramente mentado de manera vacía o indirecta o simbólica, pero que se opone también al estar apareciendo de una manera incompleta, variable, escorzada. De nuevo se trataría aquí -objeta el entonces profesor en Marburgo- de una caracterización sólo relativa de las vivencias, y de nuevo la relatividad se vincularía también a la captación reflexiva. Pues la reflexión sí llega a ser una intuición adecuada de la vivencia, una percepción en persona y en plenitud de ésta, a diferencia de la percepción de cosas que es por principio inadecuada. De nuevo por tanto -dice la objeción-, no sería el ser mismo de la conciencia intencional, sino el sesgo que este ser adopta al convertirse en objeto de reflexión, lo único que alcanzaría a tematizar la determinación husserliana.

Dada la evidente vinculación de esta objeción con la anterior, cabría repetir ahora que el darse absoluto es un valor intuitivo que la reflexión no instaura, sino que, al contrario, presupone. Y cabría argumentar de nuevo que si la adecuación intuitiva fuese provocada por la reflexión, ésta, la propia reflexión, no la disfrutaría respecto de sí misma: yo no sabría a ciencia cierta y plena que he vuelto el rayo de la captación reflexiva sobre mi vivencia, y sólo ésta, no aquélla, estaría dada en plenitud.
El interés de la cuestión en disputa aconseja precisar con un poco más de detalle que la inmanencia radical de la corriente de vida y el darse adecuado de las vivencias en ella no son, desde luego, el resultado del sortilegio de la reflexión, pero tampoco son propiedades adheridas a la conciencia cual predicados reales privativos de la región del ser que el fenomenólogo hace suya; no se trata por tanto de ninguna suerte de rasgo entitativo que pueda descubrir una actitud que, a propósito del problema general de la evidencia, seguiría siendo dogmática. Ocurre más bien que toda "conciencia de" -toda percepción, recuerdo, reflexión, todo juzgar, todo estado de ánimo- es también consciente; y es de esta conciencia más profunda, que sólo el último nivel de análisis fenomenológico pone de manifiesto, de la única que cabe predicar el captar de modo absoluto a cada vivencia y a todas la vivencias. Pues, en efecto, en el momento en que nace una vivencia, el fiat de su novedad se hace notar o se da a notar; su nacimiento es también "alumbramiento", pues es íntimamente vivido, es sentido de inmediato como tal; y conforme la vivencia discurre, el lapso de pasado inmediato, de pasado "fresco" que ella genera, se va también ofreciendo a cada momento en su incesante transformación. Toda vivencia en curso es "sentida" en vivo, y ello constantemente y cambiantemente: es vivida como "impresa" ahora, y como "retenida" y "protenida". En definitiva, el tiempo inmanente y la vivencia que corre en él se despliegan a una "luz" tenue pero inquebrantable, oculta pero infalible, que Husserl denomina conciencia del tiempo interno. Y es a esta conciencia que "ve pasar" la vivencia y que la hace fluir -a la vez que ella misma pasa y fluye-, a la que la fenomenología trascendental considera en propiedad percepción adecuada en un sentido absoluto, que es también atemático; ella es además la condición prerreflexiva de posibilidad de la reflexión, que sólo es por ende percepción adecuada en un sentido segundo y secundario.

La sección segunda de Ideas en la que se centra, o mejor, a la que se circunscribe tenazmente la crítica heideggeriana, no hace objeto de análisis este último nivel de la exploración fenomenológica. La sección tercera, sin embargo, sí anuncia y esboza esta dimensión más honda del análisis. Lector tan profundo como Heidegger parece que en este caso no acertó con la problemática filosófica última.
La confirmación más clara de que los dos frentes iniciales de la crítica heideggeriana no ponderan en plenitud las conexiones a que me he referido, es el hecho de que la cuarta objeción puede ser objetada sin necesidad de traer a colación nuevas perspectivas o análisis. En este caso la objeción delata una incomprensión conceptual, en la que por cierto han incurrido otros ilustres pensadores -el Zubiri de Cinco lecciones de filosofía-. El ser de la conciencia se determina como conciencia pura -dice Heidegger- en la medida en que pierde su individuación, su concreción real e individual, y pasa a ser observado en su estructura esencial, que es genérica, o sea, ideal, o sea, no real: "A propósito de este carácter de ser: la conciencia como conciencia pura, se hace ya patentísimo que no se trata de los caracteres de ser del ser intencional, sino de la determinación del ser de la intencionalidad; no de la determinación del ser del ente que tiene por estructura la intencionalidad, sino de la determinación del ser de la estructura misma en cuanto ella es absoluta en sí". Poco después, sin dejar lugar a dudas, se insiste: "Puro es este ser porque es determinado como ideal, es decir, como ser no real".

Lo cierto es, sin embargo, que la fenomenología nació por segunda vez en el primer libro de Ideas al quebrarse la distinción ontológica suprema que vertebraba las Investigaciones lógicas: la división entre lo ideal, o atemporal, y lo real, o temporal. La introducción a la obra de 1913 anunciaba, sin aparato retórico ninguno, la inaudita reforma ontológica de contar con dos distinciones supracategoriales supremas cuyos términos de referencia se cruzan. Está de un lado la división que separa hechos -tiempo en cualquier forma- y esencia, y está de otro lado la que separa realidad de no realidad o irrealidad. Y esta no realidad o irrealidad es un auténtico dominio del ser, nada que ver, por tanto, con lo que no es, ni con la fantasía, ni con la modificación universal de neutralidad de lo que existe. Dado que son precisamente las exigencias de una descripción cabal de la intencionalidad las que llevan a tener que contar con ambas distinciones: hechos/esencias y realidad/"irrealidad", resulta la posibilidad, anteriormente impensable, de un ámbito de "hechos", de pura temporalidad e individuación radical e intrínseca, que, sin embargo, no encaja en la realidad, no se deja insertar en la gran fábrica del ser ni coordinar con sus distintos sectores. Se trata, en definitiva, de un ser individual que no se alimenta del tiempo que es espacio-tiempo de los seres sólo relativamente individuados por la mediación del todo en que se encuentran, por el todo del mundo que los abarca -el mundo que es, más bien, el único singular en sentido propio dentro del orden englobante de la realidad-. La pureza de la conciencia pura es, pues -bien al contrario de lo que piensa Heidegger-, la de la individuación absoluta de la vida, de la vida intencional, la de la temporalidad inmanente y patente a sí misma en virtud de los continuos impresionales, retencionales y protencionales; de nada está tan lejos esta pureza como de una esencia genérica que es centro de propiedades ideales inmutables y término de predicados abstractos. Es mi experiencia perceptiva del mundo en su individuación radical y absoluta, que justamente no limita con el mundo, no está "cosida" a la realidad, lo que puede y debe describirse como conciencia pura, como vida de conciencia volcada al mundo sin depender para ello de ninguna categoría de realidad, sin asomo de contagio por ninguna noción de realidad, y que por ello cabe calificarla -sólo en este sentido- de vida "no real".

Si en este punto fuera menester una argumentación adicional contra Heidegger, cabría alegar que la fenomenología trascendental vio con creciente claridad la conexión exactamente inversa de la que planteaba el profesor de Marburgo. Es el ser objetivo ideal, y en especial las esencias genéricas tematizadas en los saberes aprióricos, lo que nunca puede ni debe considerarse en términos absolutos como ser "puro", o sea, como ser depurado de la posición de realidad. Los objetos y órdenes ideales no son últimamente desconectables de la trama unitaria del mundo como el suelo siempre presupuesto, siempre operativo, de la interpretación del ser que le es dado alcanzar a cualquier saber apriórico, incluso al más abstracto y formal -la teoría de las multiplicidades puras, digamos-. Dicho de otro modo, las esencias de los hechos reales y todas las conexiones eidéticas que se lleguen a alcanzar por los distintos procedimientos ideatorios son en sí mismas esencias de la realidad, y esta referencia oculta pertenece inalienablemente a su ser; en el sentido del debate que aquí nos importa, nunca merecerían considerarse puras en el sentido absoluto, desvinculadas del orden universal de realidad.
Queda pendiente, pues, finalmente, el tercer foco de la crítica que criticamos. La conciencia descrita como conciencia constituyente se concibe como ontológicamente absoluta -dice Heidegger-: ella es el "presupuesto a partir del cual cualquier otra realidad se da a conocer". Y mientras que el ser que se muestra puede acabar revelándose un caos inane de sentidos inconciliables -un mundo desbaratado, convertido en "un montón de ruinas"-, en cambio, la conciencia, el ser que constituye mundo o ruina, no se verá afectada por tan temible desenlace. En consecuencia, todo ser es lo que es en la conciencia, mas la conciencia es independiente del ser. Sólo la conciencia merecerá la consideración de un ser apriori, pero, de acuerdo con Heidegger, esta determinación no responde ya al sentido fenomenológico originario del apriori, sino al sentido cartesiano y kantiano, que hace de la subjetividad la condición absoluta de todo ser. Con ello el idealismo en la versión neokantiana habría terminado por "irrumpir en la fenomenología".

La contracrítica exigiría en este caso tal cúmulo de precisiones por ambas partes y de análisis ulteriores, que yo me limitaré a apuntar una posible formulación. Intentaré esbozar cómo la admirable exposición heideggeriana de la intencionalidad como copertenencia de intentio e intentum -epígrafe quinto de este mismo curso de lecciones- encierra los elementos fundamentales para defender la tesis de que constitución intencional significa tanto como correlación noético-noemática de la intencionalidad; lo uno y lo otro son exactamente la misma cosa.
En ese apartado quinto, Heidegger pone todo el énfasis, con el mejor criterio, en mostrar que la intencionalidad no es un vínculo entre dos órdenes de realidad que estén dotados de consistencia autónoma; como si en un extremo se situase la realidad psíquica y en el otro la física, y ambas quedasen vinculadas por una relación externa, una suerte de lazo que en casos como la percepción ilusoria se revela accidental, mero suceso psíquico. El fenómeno originario habla, por el contrario, de una copertenencia esencial de vivencia y objeto, intentio e intentum, noésis y nóema; o lo que es lo mismo, habla de una vivencia que, sin confundirse nunca con su objeto, no sabría ser nada, ninguna otra cosa o quisicosa, sin la dirección hacia ese su objeto; la estructura de la vivencia es toda ella intención, vocación hacia el objeto. Y por su parte, el objeto, que nunca es vivido, que nunca ocupa la inmanencia de la intención, no hace frente a la vivencia como un cuerpo extraño a ella, autónomo, opaco, que a lo sumo se anunciase por copias o intermediarios.

Así, el objeto aparece en persona a la percepción. Lejos de ser un prejuicio dogmático propio de una mentalidad ingenua, esta sencilla tesis se limita a tomar nota del carácter que el objeto mismo demanda para sí cuando se da a la conciencia perceptiva. Pues este rasgo, este carácter: "identidad que se da en persona", es la cualidad que el objeto pierde cuando se vuelve el correlato, por ejemplo, de la rememoración: el recuerdo sigue dando el objeto o el suceso en su ser propio, en su identidad individual, pero despojado del modo intencional de la presencia originaria, sin el respaldo ya que el ahora vivo presta a lo que en él se muestra. Cuando la cosa o el suceso es el correlato de una percepción en imagen, el objeto idéntico sigue mostrándose a la conciencia -yo "veo" a mi abuelo en el retrato de él que preside el cuarto de estar-, pero aquí ya no se muestra siquiera en sí mismo -como en el recuerdo- sino trasladado a otro ser, como vaciado en otro ser cuyo sentido todo es mostrarlo; y en fin se sigue tratando del objeto uno y único y trascendente cuando su identidad es el mero correlato de un juicio que apunta a él con entera precisión, pero ya sin mostrar nada de él, sin poner a la vista nada de su plenitud, vaciado de nuevo pero ahora ni siquiera en otro ser que lo haga aparecer. He aquí, pues, en esta serie bien conocida de los distintos modos de darse (darse en persona la cosa misma, darse la cosa misma, darse en imagen, no darse) avatares elementales a que todo objeto está sujeto cuando se lo contempla como correlato unitario que pasa de unas a otras vivencias intencionales. Son avatares por los que pasa todo ser individual, y que en absoluto menoscaban su objetividad, su radical resistencia a disolverse en contenido de conciencia; al contrario, son los avatares que la afirman y corroboran -dice Heidegger-, que la constituyen -dice justamente Husserl-.
La intencionalidad es, en suma, la estructura radical de copertenencia y coimplicación entre la experiencia y su objeto
-no es siquiera una mera covariación de factores vinculados-. La lucidez de Heidegger a la hora de advertir la ruptura conceptual que necesariamente trae consigo esta novedad descriptiva de la intencionalidad, es, desde luego, extraordinaria; tanta que pierde incluso de vista la esencial vacilación en que a este respecto se mantenían Investigaciones lógicas, que no terminaba de abandonar toda concepción adverbial o mentalista de la vida de conciencia. ¿Por qué surge entonces la querella sobre la constitución intencional? ¿Cómo cabe entender que Ideas I, la obra que gana el concepto de nóema para la fenomenología, la que discierne por doquier componentes ingredientes y correlatos no-ingredientes de la intencionalidad, la que describe las formas de intuición como dependencia estricta entre modos noéticos y caracteres noemáticos -una dependencia intraducible a algún contenido ingrediente del acto, como vanamente intentaba todavía la Sexta Investigación-, cómo cabe entender -digo- que en esa obra se infiltre un sentido no descriptivo del apriori que viene a poner en entredicho el apriori de la correlación?

En la exposición heideggeriana del descubrimiento de la intencionalidad pueden señalarse ciertos matices que acaso ayuden a valorar de dónde proviene esta tercera objeción. Antes del análisis de los caracteres intuitivos, Heidegger ha examinado que la intención puede atribuir a un mismo objeto real distintas identidades: cosa del mundo entorno (la silla que es cátedra, la flor del ramo), cosa natural (el objeto silla, la planta), ejemplos de la esencia `cosa´ (realidades físicas). Se trata de nuevo del objeto tal como se configura ante las distintas actitudes subjetivas y en función de ellas. Pero lo que quizá se echa en falta es que Heidegger no plantee en esta precisa dimensión intencional -la del núcleo noemático en los términos de Ideas, la del sentido de aprehensión-, una correlación que reproduzca el mismísimo esquema de coimplicación y correspondencia estricta que sí se hace valer en el caso de los caracteres y modalidades intuitivos. A esta luz no es tan fundamental el que según el modo de comportarme hacia los objetos éstos cobren uno u otro aspecto o valor en un campo pragmático o en el campo teorético como modo peculiar de praxis; lo fundamental es que la propia índole de objeto, en su manifestación básica "cosa del mundo de la vida", resulta siempre correlato de la complejísima arquitectura intencional que, en expresión sumaria, denominamos "dar sentido", síntesis noética. Todo rasgo, toda brizna de identidad objetiva en el fenómeno remite a los complejos sintéticos de identificaciones y aprehensiones que hacen posible que aparezca lo que de hecho me aparece. La copertenencia de intentio e intentum se declina aquí como la vinculación inquebrantable entre las identidades que aparecen y las experiencias que hacen surgir tal identidad. Pues también a la identidad objetiva individual, la que permite indistintamente ver cosas o tener útiles a la mano, corresponde una génesis y una estructura intencionales. Ninguna identidad fenoménica entra por la fuerza en la conciencia; ninguna allana la intimidad de la experiencia que da sentido, y que lo hace merced a múltiples formas de síntesis con otras intenciones, actuales y potenciales, y según los distintos ámbitos de objetos, valores, fines. La copertenencia de mundo y experiencia del mundo no permite, pues, obviar el universo intencional de receptividad y asociación hilética, de activación cinestésica y explicitación atenta, de cumplimiento y sedimentación, pues sólo este universo da cuenta de que lo más efímero, pura vida hecha tiempo inmanente, se distinga a sabiendas de su correlato que aparece; la esencia íntima de la copertenencia intencional es que la vida inmanente rinde sentido, constituye unidades objetivas de sentido. Ningún acto es por tanto mero conducirse hacia un mundo ya dado, ya poblado, ya idéntico, sino precisamente continuación de una constitución de identidad que ya siempre ha avanzado y que sigue abierta.
Pero si en la descripción heideggeriana palidece la dimensión nuclear de la intencionalidad, la relativa al surgimiento intencional del sentido, de su consideración simplemente está ausente la dimensión que más íntimamente se vincula a esa primera, la que concierne al "valor de ser", al "carácter dóxico" del correlato intencional, o sea, la del surgimiento intencional de la existencia como tal. Cuando Heidegger denuncia la pervivencia en la fenomenología husserliana del concepto tradicional de razón -la razón como aquello de lo que la intencionalidad es la estructura descriptiva-, olvida que la esencia más primitiva de la razón, de acuerdo con Ideas I, radica en que el modo privilegiado de aparecer, el aparecer perceptivo en persona, trae por principio consigo la posición dóxica primitiva, la posición en el ser del correspondiente sentido objetivo. Y si todas las otras formas de intuición y de mención vacía suponen y apuntan sintéticamente a la percepción -como Heidegger destaca-, ello es también en la medida en que la percepción presta cumplimiento originario a la posición de ser que estas intuiciones derivadas portan; y en la síntesis de cumplimiento con la evidencia originaria se constituye entonces el "ser acreditado, revalidado", el "ser confirmado y consabido" y "dado por supuesto" de todo correlato y también del correlato originario que es el mundo. Este apuntar, esta teleología -digámoslo así- intrínseca a la intencionalidad, que busca a la percepción, y que en la percepción sigue apuntando y buscando un cumplimiento más y más adecuado, pondría de relieve que la intencionalidad como pura vocación hacia, como puro dirigirse a, es también constituyente, no sólo del objeto cualquiera que sea su sentido objetivo, sino del ser del objeto, cualquiera que sea su presunta certeza.

En conclusión, la tesis de la intencionalidad como constitución de sentido y de ser es la universalización insoslayable de la tesis de la copertenencia de los caracteres noemáticos con las formas noéticas de la experiencia -del "en persona" con "la percepción", etc.-; tal universalidad se afirma una vez comprobado que la correlación o coimplicación noético-noemática rige igualmente, y aun más básicamente, entre lo mentado como tal, con su valor entitativo, y las flechas sintéticas de la intencionalidad que lo mientan; entre la identidad siempre reactivable, y por ello inconfundible con el tiempo en curso del sentido objetivo, y el despliegue consciente de la experiencia en el tiempo inmanente, grávido de potencialidades de experiencia. Compárese, en contraste con este planteamiento, la siguiente cita de Heidegger en que el crítico de Husserl renuncia, casi expresamente, a universalizar la exigencia descriptiva de la intencionalidad: "Podemos por consiguiente establecer la siguiente distinción: de un lado, el ente mismo como cosa del mundo entorno, como cosa natural, como esencia `cosa' y, de otro, el ente en el modo de ser intendido, de ser percibido, representado, juzgado, amado, odiado, pensado en el sentido más amplio. En los tres primeros supuestos -como cosa del mundo entorno, etc.- nos las vemos con el ente en sí mismo; en el cuarto con el ser intendido el ente, con el ser percibido".

Segunda parte

El anterior cuestionamiento de cada una de las objeciones que Heidegger dirige a la comprensión husserliana de la intencionalidad, tiene, como anticipé, un valor relativo. Conviene además señalar que las objeciones objetadas, lejos de ser reparos infundados, se corresponden con imperfecciones de la exposición de Ideas I y tienen mucho que ver con el desconcertante plan expositivo de la gran obra -cosa que Husserl mismo reconoció en repetidas ocasiones-. Las objeciones sacan también a la luz ciertas vacilaciones conceptuales de notable relevancia, como, por ejemplo, la imprecisión de la sección segunda al tratar la conciencia pura como una región del ser entre otras, sólo que peculiar -bien es verdad que la sección tercera corrige expresamente esta tesis-; o como el insuficiente discernimiento entre la actitud natural preteórica y la ordenación de la realidad en regiones del ser. Es admirable e instructiva la fuerza con que la crítica heideggeriana abre brecha en tales dubitaciones, por más que ello lleve a desfigurar el rigor racional y la potencia descriptiva de los descubrimientos husserlianos, o sea, su posible, sorprendente verdad. Pero no insistiré en la confrontación de las objeciones.
Y es que tampoco está claro que el rechazo de todas ellas desactive la línea general de la crítica heideggeriana en relación con el olvido de la cuestión del ser, y antes aun, con la tesis de que el ser de la conciencia, el ser del ser intencional, queda siempre fuera del enfoque husserliano en beneficio de la determinación de su mera índole, del "qué sea": "Con la vista puesta en la índole, en lo que este ente sea, no se alcanza experiencia alguna acerca del sentido y del modo en que este ente es, salvo en lo relativo a que un ente de esta índole puede tener un determinado modo de ser" . Lo cual, presentado afirmativamente, lleva a sostener que: "Si hubiese un ser cuya índole fuese justamente ser, y nada más que ser, entonces la consideración ideativa de un ser tal significaría la incomprensión más radical. Se mostrará a continuación que esta incomprensión domina a la fenomenología y domina en virtud del dominio que sobre ella ejerce la tradición."

A este respecto quisiera dedicar la segunda parte de mi escrito al absoluto silencio en que Heidegger pasa sobre la problemática del yo inherente a la vida de conciencia, que, si aparece fugazmente en sus consideraciones, es sólo en alguna de las citas que el gran filósofo hace de la sección segunda de Ideas. Diríase que Heidegger no piensa siquiera en la necesidad de denunciar la inclusión de una trascendencia subjetiva en la inmanencia y no se toma el trabajo de reivindicar, a diferencia de Sartre, la descripción primitiva de la intencionalidad ayoica. Pero precisamente el yo, el yo puro, es en cierto modo el análogo inmediato del ser que en cada caso soy yo mismo, de suerte que esta "trascendencia inmanente" no es un nuevo componente abstraíble y generalizable de la idea universal -regional, insiste Heidegger- de la conciencia intencional. El yo, como término lógicamente propio y autorreferencial, se hace presente ciertamente en los nexos de la vida intencional, en referencia sobre todo a las posibilidades; su existencia no es, por supuesto, la de una vivencia pertinaz ni la de un peculiar correlato, y menos aun la de una condición metafenomenológica de posibilidad de la corriente unitaria de conciencia. Ni noésis ni nóema ni principio inobservable, su inexistencia dejaría en precario, sin embargo, la posibilidad de reidentificación de todo correlato; y en esta reidentificación como una protoposibilidad, como la capacidad de un yo-puedo, descansa en buena medida la condición no ingrediente del nóema a la conciencia. Aquí se trata, pues, tal como lo tematiza Ideas I, del yo que gobierna la atención y al que pertenece, como suyo, el campo previo de afección pasiva desde el que instan multitudes de mociones de acto; es el yo que aspira a convertir las modalizaciones dóxicas en certezas, el yo que reflexiona y que en cada acto fluyente gana convicciones duraderas -hábitos- con que sale al encuentro de la novedad permanente de la experiencia; es el yo cuya libertad de movimientos funda el concepto de cinestesias corporales y cuyo interés cognoscitivo, interés en el cumplimiento y ulteriormente en el conocimiento expreso, parece irrenunciable a la hora de entender la posibilidad de la fundamentación de actos, o sea, de la intuición categorial -por mantener la preferencia terminológica de Heidegger-. Todas estas direcciones del análisis fenomenológico son otras tantas determinaciones esenciales del yo, pero lo son del yo puro, es decir, del yo individual que puede decir de sí ego cogito a cada fase de tiempo irrepetible, y que, por tanto, porta consigo mismo una posición de existencia. Una existencia no independiente, por cuanto al yo puro le va en cierto modo su ser en esta misma vida que constituye sentido y ser y que experimenta sinsentido y mal.
Ciertamente que Ideas I no tiene una claridad comparable a la de Meditaciones cartesianas a propósito de que el método ideatorio en el ámbito trascendental sólo puede operar, en un principio, con variaciones en la fantasía del yo que soy yo mismo; el presupuesto de existencia inalienable que compete a mi yo -"mi yo al que le va su ser"-, tiene aquí quizá más claridad de la que parece ofrecer la analítica existenciaria de Ser y tiempo, que, aunque destaque el que la existencia es en cada caso la mía, generaliza sin más el análisis del Dasein a todo existente humano: sin más, es decir sin ninguna reserva respecto de la misteriosa relación o prelación entre mi existir y el de los otros, sin ninguna prevención metodológica ni ontológica. (Husserl, en cambio, llegaba a decir en 1931: "Tenemos aquí un caso notable en lo que toca a la relación entre factum y eidos, un caso único. El eidos yo trascendental es impensable sin el yo trascendental como yo fáctico. Yo existo apodícticamente, y apodícticamente lo hago en la posición del ser del mundo". )

Lo relevante es que la unicidad del yo, y con él de la vida intencional, no se mantiene sólo como centro de un análisis que aspira a ser de consuno apodíctico y existencial -quaestio mihi factus sum-, sino que a la vez mi existencia individual permanece en el origen de la posibilidad apodíctica, por así decir, de la reducción trascendental -res tua agitur-. Este aspecto de la problemática estaba de hecho recogido oscuramente en la presentación de Ideas, en cuanto que es la mía la mirada que desde mi cuarto de trabajo recorre el horizonte unitario e infinito del mundo, y en cuanto que está en mi mano la posibilidad de suspender ese recorrido concorde a fin de hacerme cargo, en la reflexión, de las fuentes de su sentido y validez. A esta luz, la reducción fenomenológica está muy lejos de ser nada de lo que Heidegger sugiere en este mismo curso de lecciones: una objetivación del fundamento eidético de una actitud natural que ya es subrepticiamente una actitud naturalista. Se parece mucho más, en realidad, a una posibilidad de pensamiento que quiere ser ejercicio incondicional de libertad; de la libertad teórica, que es la única que puede remontar la predonación del mundo, o sea, esta familiaridad consabida, ancestral, que tengo con mi existencia individual en el mundo individual de la vida; evidencia remota que he dado y doy por buena desde siempre, pero que en el fondo es y permanece incomprensible.
En agudo contraste con la exposición de Heidegger -epígrafes 12, 13-, la reducción trascendental se plantearía remontar desde el yo y recuperar para el yo la predonación del mundo, o sea, el núcleo más duro de esta familiaridad incomprensible. La reducción pone a prueba si esta empresa de la razón intencional es posible; o lo que viene a ser lo mismo, con ella se plantea si el concepto de constitución del sentido y del ser en la individuación de mi conciencia, como experiencia de la razón en el tiempo, admite universalizarse sin restricción ontológica o metafísica de ningún tipo en absoluto. Para la noción misma de intencionalidad, es ésta la posibilidad decisiva, posibilidad de posibilidades de que la correlación noético-noemática sea autosubsistente, no incardinable en nada -ya se tratara del Ser mismo-, no predicable ni relacionable con nada distinto del ser universal que ella abarca noético-noemáticamente; verdadero universo infinito, todo él intencional, intersubjetivo, y que sigue pasando por mi vida de conciencia individual.

Pero a mi juicio, la duda más grave en este punto no estriba en que conceptos heredados y objetivaciones naturalistas velen la problemática del "ser del ser intencional" y desatiendan la cuestión supuestamente previa a toda cuestión, la pregunta por el ser. Casi al contrario, la duda es que si la reducción así esbozada fuese posible, entonces toda determinación ontológica del yo puro y de la vida constituyente sería, en efecto, como Husserl repite con confiada tranquilidad, reducible a autoobjetivaciones de uno u otro grado, a sedimentos de la vida que da y amplía sentido y lo consolida y comparte. Por decirlo un poco más claramente, ni siquiera la finitud del yo, de un lado, y la finitud del yo que soy yo mismo, de otro lado -pues ambas finitudes son de algún modo distintas y en algún sentido ambas son radicales, aprióricas e irreductibles entre sí-, podría hacerse valer como una situación primitiva, como una determinación ontológica que la aclaración trascendental no puede sino admitir, sin reasumirla ni redefinirla al exponer la génesis de su sentido.
Con este aplazamiento indefinido de la finitud del yo y de mi yo, y con la consiguiente secundariedad del problema del mal, concuerda ciertamente la filosofía husserliana de la Historia. Lo decisivo en ésta es la posibilidad siempre renovable, como la propia reducción, de una automeditación de la razón que siga alentando el cumplimiento teleológico de la comunidad intersubjetiva. Pero lo que no puede hacerse concordar con este enfoque, y es más bien una alternativa filosófica nítida, casi brutal, es la afirmación de la finitud del Dasein que en cada caso sería yo mismo; finitud, por así decir, infinita, sin orillas ni límites ni descubrimientos pendientes, y que tiene ante sí, más bien, la imposibilidad de toda posibilidad que es su propia muerte (su propia muerte en medio del mal, cabría quizá añadir).

Errores descriptivos en la teoría heideggeriana sobre el "ser a la mano"

Pilar Fernández Beites

             
              Uno de los rasgos centrales de la sociedad en que vivimos es el imperio absoluto de las ciencias positivas ligadas a la técnica; el imperio de la tecno-ciencia. En los términos de Martin Heidegger, estamos asistiendo al Gestell como destino; a lo que Heidegger consideró como el único desarrollo posible de la modernidad y, de un modo consecuente, como el único desarrollo posible del mismo ideal socrático, de toda la historia de la filosofía occidental, porque la modernidad prosigue el impulso filosófico dado por Sócrates hace más de veintiséis siglos. Es la modernidad, en tanto que continúa el ideal socrático, la que debía conducir y ha conducido de hecho, según Heidegger, al imperio de la técnica. Por ello sólo cabe, en opinión de nuestro autor, la renuncia a toda la historia de la filosofía. Y sólo cabe, me gustaría añadir aquí, convivir ahora definitivamente con el imperio de la tecnociencia ligado a un nihilismo de fondo, si es que nosotros, los pensadores actuales, nos decidimos a aceptar el diagnóstico de Heidegger sobre la modernidad y su peculiar propuesta frente a ella —que es, sin duda, la que ha logrado triunfar en la Wirkungsgeschichte.
              Me parece, en efecto, que la propuesta heideggeriana del “pensar” frente al "filosofar" no constituye una alternativa al Gestell como destino, sino, más bien, su mera aceptación “serena”, por utilizar el calificativo que emplea el ultimísimo Heidegger en el discurso que pronunció en su ciudad natal. Serenidad, porque no hay alternativa, porque el pensar de Heidegger es, en realidad, una magna configuración de un nihilismo total. Dicho de modo más directo, me parece que la aportación al saber técnico-científico que hace la filosofía actual, marcada hasta la médula por el discurso de Heidegger, se reduce a ofrecer un pensamiento nihilista diseminado en los distintos posmodernismos. Y así la predominante filosofía posmoderna está contribuyendo del mejor modo posible a extender el dominio de la tecno-ciencia, al que supuestamente se opone.
              Frente al diagnóstico de la cultura occidental propuesto por Heidegger, en el que el imperio de la tecno-ciencia (Gestell como destino), y el nihilismo a él ligado, son una consecuencia necesaria de la misma filosofía iniciada por Sócrates y continuada por Descartes y muy especialmente por el maestro de Heidegger, Edmund Husserl, surge, sin duda, de modo inmediato la cuestión formulada por Franco Volpi:
 
“La pregunta que se impone es si el nihilismo es de veras, como opinaba Heidegger, un punto de llegada inevitable del racionalismo occidental, una suerte de verificación esencial del poder destructivo de la racionalidad nacida con los griegos, o si no es más bien, como pensaba Husserl, una traición a la idea originaria de razón, un embrutecimiento y un debilitamiento de aquel logos, que con Sócrates, Platón y Aristóteles había sabido imponerse sobre el nihilismo de un Gorgias”[1].
 
              Y para mí esta pregunta, que Volpi deja sin contestar, tiene una inequívoca respuesta. En primer lugar, el diagnóstico heideggeriano es profundamente falso: no es cierto que el ideal socrático junto con toda la historia de la filosofía, incluida la modernidad y la fenomenología de Husserl, haya de conducir necesariamente al imperio de la tecnociencia (y al nihilismo). Y no sólo es un diagnóstico falso, sino que su difusión y acatamiento acrítico en el mundo intelectual actual ha impedido mantener despiertas y activas las propuestas de Husserl (o de Sócrates o de Scheler…). Por ello creo que es el momento de ir más allá de Heidegger y esto significa ir más atrás de él. Volver a recuperar, por ejemplo, las ideas del fundador de la fenomenología, pues Husserl inició un camino que, contra lo que suele decirse, no es un camino ya cerrado al haber sido criticado hasta la saciedad por el postmodernismo. Muy al contrario, es un camino abierto que pocos se han decidido a explorar, porque Heidegger ha logrado convencer a muchos de que es más interesante recorrer los caminitos del bosque, las “sendas perdidas” o vericuetos, sin un claro inicio ni final, y abandonar así el camino amplio de la fenomenología propuesto por su maestro Husserl, que, a su vez, continuaba con decisión y renovada ilusión el largo camino de la filosofía occidental, iniciado en Grecia por Sócrates.
En concreto, la idea que guía el presente ensayo es que el Gestell como destino no ha de entenderse como el único resultado posible de la historia de la filosofía occidental, que se concretaba y personalizaba para Heidegger en las tesis de E. Husserl (o de M. Scheler), sino que, por el contrario, refleja, más bien, la culminación de la nueva propuesta formulada en Ser y tiempo. Para llegar a mostrar esto, mi discusión se centrará en una tesis heideggeriana muy concreta y aparentemente sin demasiado interés. Me refiero a la tesis defendida en Ser y tiempo que afirma que el ser ante los ojos (Vorhandenheit) se funda ontológicamente en el ser a la mano (Zuhandenheit). Hoy parece que hemos de dar por supuesto que Heidegger logró con ella mejorar las descripciones de la actitud natural hechas por su maestro Husserl, que, al parecer obnubilado por la primacía de la teoría en la tradición occidental, no supo dar con los auténticos fenómenos. Muy lejos de ello, aquí intentaré justificar que la tesis propuesta por Heidegger no es descriptivamente correcta —lo cual convierte, por cierto, en inaceptable el resultado de su analítica del ser ahí, que entiende al hombre como "cura (Sorge)". Defenderé, pues, con Husserl, la primacía de la teoría sobre el mero ser a la mano; teoría que, por descontado, no es reflexiva o predicativa, como supone Heidegger en su crítica, sino que corresponde a un ámbito prepredicativo. Y mostraré, frente a Heidegger, que el acceso originario al mundo es un acceso teórico que se produce en una esfera prepredicativa. Sobre este nivel teórico prepredicativo —y sólo sobre él— puede articularse el ser a la mano que Heidegger quiso situar en el centro de sus descripciones.
Las consecuencias de esta discusión aparentemente académica acerca del valor de la teoría, son, en realidad de muy largo alcance. Pues la tesis de Heidegger acerca del ser a la mano y su superioridad sobre la teoría, lejos de ser un punto accidental de su nueva propuesta, creo que ocupa en ella un lugar central. Me parece, en efecto, que tiene mucha razón F. Volpi[2], cuando indica que el ser a la mano de Heidegger puede entenderse como poiesis, como técnica, frente al ser ante los ojos que equivaldría a la theoria griega. Desde esta perspectiva, se ve bien que el ser a la mano que Heidegger intenta privilegiar frente a la teoría, es justamente el que articula un mundo marcado por el imperio de la técnica (ajena a cualquier racionalidad no meramente instrumental o estratégica). Y esto lleva a Heidegger a la posición opuesta a la que sus seguidores quieren atribuirle, que es más bien el de un crítico preclaro de algunos peligros esenciales de nuestra cultura poscapitalista. Ésta, desde luego, es una conclusión muy rápida, pero para que realmente sea concluyente basta detallar los pasos intermedios, tal como hago a continuación.
En la interpretación habitual de Heidegger, se defiende que sus análisis nos ofrecerían una alternativa a la primacía del ser a la mano, que, sin recurrir a la teoría, sin recaer en los lazos de la filosofía occidental, nos permitirían salir, sin embargo, del dominio de la técnica. Para descubrir esta alternativa debemos reparar en que la descripción del ser a la mano se hace en la cotidianidad marcada por la impropiedad (Uneigentlichkeit), pero Heidegger no se queda, sin embargo, en este primer nivel descriptivo, sino que a la existencia impropia opone la existencia en "propiedad (Eigentlichkeit)". Y, como bien señala Volpi, la propiedad correspondería justamente a la praxis, frente a la poiesis que caracterizaba la impropiedad. La teoría no se habría sustituido, por tanto, por el mero hacer técnico, sino por algo ciertamente más defendible e interesante: por la praxis que configura una existencia propia, y ya no impropia. En la existencia propia tendríamos el sustituto cabal del sujeto teórico que todavía quería defender Husserl. El antipático sujeto teórico propugnado todavía por Husserl se habría sustituido por una existencia propia, práctica, cuyo estadio más básico, más inmediato o cotidiano, es un trato con entes a la mano y nunca una actitud teórica, que sería un mero artificio conceptual ideado por los filósofos.
El punto débil en esta interpretación habitual de Heidegger, reside en que, como he mostrado con detalle en otro lugar[3], dentro de la teoría de Heidegger la propiedad es imposible. Es mera angustia que no puede configurar un tipo de existencia (de vida), sino que se agota en instantes dentro de la única existencia posible que es la impropia. Es un nihilismo incompatible con la existencia, con la vida, que por tanto sólo se puede ocultar en la existencia impropia, que es, en consecuencia, la única posible. De este modo, Heidegger queda abocado a la situación que pretende superar mediante el nuevo “pensarsupuestamente destinado a sustituir a todo "filosofar"; queda abocado al Gestell como destino.
En definitiva, para Heidegger en la existencia lo fundamental no es la teoría; pero, no nos engañemos, tampoco lo es una posible praxis en algún sentido semejante a la aristotélica. La praxis, la existencia propia es imposible, y lo único que resta de la concepción heideggeriana del mundo es el mero trato con entes a la mano, un mero manejo de útiles. Dicho de otro modo, creo que puede afirmarse que, en Ser y tiempo, Heidegger elabora una descripción original y por momentos brillante, que ha de entenderse como la base ontológica idónea que permite defender el más puro y craso utilitarismo.
Pero, en este punto, es de justicia añadir que ningún otro filósofo, utilitarista o no, ha logrado describir con la fuerza de Heidegger el nivel ontológico propio del hacer utilitario: sólo Heidegger ha proporcionado esa descriptiva base ontológica que en el fondo estaría requiriendo desde siempre cualquier utilitarismo. El utilitarista se limita, más bien, a restringir los valores al único valor de utilidad y es decisivo insistir en que el trato con valores propio de la argumentación utilitarista queda en el nivel teórico o afectivo (valorativo) propio de los entes ante los ojos y no transcurre en el nivel de los entes a la mano que describe Heidegger. El modo de ser propio de los entes a la mano no debe confundirse, pues, nunca con el modo de ser propio del valor de utilidad. Heidegger se ocupa de describir la experiencia originaria de utilizar un útil; no reproduce lo que pasa por la mente del utilitarista cuando quiere justificar su teoría acerca de la utilidad como único valor, pues el utilitarista, qua utilitarista, es un teórico entre otros filósofos. Además, quiero añadir en este punto que la descripción de Heidegger del ser a la mano sería incluso certera, si prescindimos de la tesis que voy a discutir aquí, que trata de extender sin límites el ámbito del ser a la mano, situando para ello en un nivel derivado el ser ante los ojos y eliminando así por completo el nivel teórico prepredicativo en la descripción del ser a la mano.
Para terminar y por mencionar uno de los desarrollos más interesantes de la tesis heideggeriana que nos incumbe en estas páginas, es fácil comprobar que Hannah Arendt también concede el centro de sus investigaciones a la acción y así la teoría pasa a un segundo plano[4]. La teoría propia de los filósofos cede su lugar primario a la acción, acción política, estudiada por un pensar político capaz de ocuparse, no del "Hombre" (centro de teorías filosóficas), sino de "los hombres", de los asuntos de los hombres. H. Arendt interioriza así el esquema de Heidegger (a pesar de sus contundentes y brillantes críticas explícitas), pues la "acción (action, Handeln)" correspondería, como ha mostrado certeramente Esquirol[5], a la praxis característica de la existencia propia. La acción se distingue, en efecto, para Arendt, del trabajo (make, Herstellen), de modo que es este último al que corresponde al ser a la mano. El trabajo (ser a la mano de la impropiedad) tiene un carácter derivado, impropio, frente a la acción (existencia propia) que representa la culminación de la vita activa. Así se traduce a la filosofía política el esquema ontológico de Ser y tiempo. Pero en defensa de Arendt hemos de decir que en su esquema la vita activa (bios politikos) que opone a la vida contemplativa (bios theoretikos) no es sólo acción y trabajo, sino también labor (labour, Arbeit). Y con la labor queda introducido en el análisis el cuerpo vivido, que, como veremos, es eliminado por completo de la ontología heideggeriana; y que, sin embargo, desempeña un papel central a la hora de entender la sociedad de consumo actual —poscapitalista—, en la que junto al imperio de  la tecnociencia ocupa un lugar decisivo el cuerpo que busca satisfacción (placer).
             
1. Fundamentación del ser ante los ojos en el ser a la mano.
              Si en la estructura de ser en el mundo característica del ser ahí, nos centramos en el mundo, la definición ontológica del ser ahí como “curase concreta en un "curarse de (besorgen)". Y los entes intramundanos que hacen frente en el curarse son, para Heidegger, los "útiles", porque el curarse es un andar con los entes intramundanos, que los usa y manipula. El modo de ser del útil es "el ser a la mano (die Zuhandenheit)" y así obtenemos la tesis que convierte el ser a la mano en la caracterización fundamental y originaria de los entes intramundanos. La tesis contraria a la defendida por Heidegger es la que afirma que el ser de los entes intramundanos es el ser ante los ojos (Vorhandenheit). Por tanto, Heidegger sostiene que el ser ante los ojos se funda ontológicamente en el ser a la mano.
Nos dice Heidegger que si queremos hablar de algo parecido al ser "en sí", el ser a la mano es el único ser en sí atribuible a los entes intramundanos: "El ser a la mano es la determinación ontológicocategorial del ente tal como es en sí"[6]. Es cierto que "lo a la mano sólo lo 'hay' sobre la base de lo ante los ojos"[7], pero esta afirmación pertenece al ámbito de lo óntico, que está desfigurado por las interpretaciones tradicionales incorrectas. Utilizando los términos de la introducción a Ser y tiempo, podríamos afirmar que la consideración del mundo como formado por entes ante los ojos es un ejemplo concreto de "parecer ser... (Schein)"[8] generado por la mala influencia de falsas interpretaciones tradicionales; y que para descubrir que ontológicamente el ser ante los ojos se funda en el ser a la mano, sólo tenemos que prescindir de dichas interpretaciones tradicionales y volvernos a los auténticos fenómenos (Phänomene)[9].
Pues bien, frente a esto, intentaré mostrar que la teoría de Heidegger es la que realmente deforma los fenómenos. Y lo hace porque Heidegger comienza estableciendo una dicotomía total entre el "ser a la mano", por él descubierto, y lo que decide denominar el "ser ante los ojos". De acuerdo con esto, en el ser ante los ojos debería incluirse todo lo no a la mano, todo lo que no tiene el modo de ser del útil; modo de ser, al que Heidegger por vez primera logra dar carta de ciudadanía ontológica. El problema reside, sin embargo, en que el ámbito del ser ante los ojos es mucho más amplio de lo que parece suponer Heidegger y de lo que recoge el término por él elegido (Vorhandenheit), que, como vamos a ver inmediatamente, posee un cierto matiz negativo, e incluso despectivo.
En primer lugar, lo no a la mano incluye, desde luego, el nivel que podemos denominar "predicativo": el ámbito de las teorías científicas o filosóficas, del lenguaje, de los conceptos (no de la intuición de esencias, pero de esto no puedo hablar aquí). Este ámbito encaja bien con la denominación de "ante los ojos", pues tiene un carácter mediato y representacional, al que se puede asignar un sentido negativo en este nivel ontológico de descripción, pues no es el que corresponde al nivel más originario de acceso a los fenómenos que Heidegger quiere sacar a la luz. Aquí tiene sentido utilizar el "vor" de "Vorhanden", que significa "ante" (por ello traduce J. Gaos como "ante los ojos") y que pretende incluir el matiz negativo o despectivo de una teoría incorrecta, quizás del tipo de la "teoría de las imágenes", propia de un representacionismo cartesiano o lockeano, que convierte en mundo en imagen y lo sitúa "ante" un sujeto teórico.
Pero, en segundo lugar, el punto clave en mi propuesta reside en que lo no a la mano incluye también lo teórico prepredicativo, que se da en la experiencia perceptiva (constituida en las síntesis pasivas de la conciencia interna del tiempo, que incorporan de modo muy peculiar la vivencia del propio cuerpo): las cosas con formas y colores y brillos y pesos y suavidades y durezas..., los recuerdos, los proyectos... Y también lo prepredicativo no teórico, sino afectivo (el "encontrarse" de la terminología heideggeriana, pero con dimensión intencional "valorativa"): los múltiples valores, que, como bien mostró Max Scheler, van desde los valores inferiores de lo agradable sensible al valor de lo santo.
              Es patente que el único modo de salvar las descripciones heideggerianas sobre el carácter originario del ser a la mano frente al ser ante los ojos es restringir este último a un tipo de ser ante los ojos muy particular, que es el que sí se puede considerar derivado respecto al ser a la mano. Este ser ante los ojos derivado es el predicativo. Y también podría serlo, como quiere Heidegger, el ser prepredicativo dado en la cotidianidad, en el mundo de la vida cotidiano, pero lo sería sólo en tanto que está deformado por una falsa teoría. De manera que lo decisivo sería, por tanto, darse cuenta de que el ser teórico prepredicativo no tiene por qué agotarse en estas deformaciones representacionalistas, llevadas a cabo quizás por algunos filósofos. En mi opinión, la fenomenología de Husserl o Scheler, por ejemplo, evita caer en las falsas interpretaciones de lo prepredicativo que lo convierten en ser "ante (vor)" los ojos, en el sentido negativo introducido por Heidegger. Y, en cualquier caso, si también en estos autores siguiera habiendo en parte una falsa interpretación del ámbito prepredicativo, me parece que de lo que se trata es de corregirla[10]. La solución de Heidegger, sin embargo, es radicalmente distinta a ésta: consiste en eliminar todo el ámbito prepredicativoque ha quedado subsumido, de modo nunca explícito, en su caracterización negativa del ser ante los ojos para situar en su lugar el ser a la mano. De esta forma, el acceso a lo otro en el mundo cotidiano de la vida sería un acceso utilitario (manejo de entes a la mano), en el que se ha eliminado cualquier dimensión teórica prepredicativa.
              Pues bien, en este trabajo justificaré que la propuesta heideggeriana es insostenible, porque descriptivamente es innegable la existencia de un ámbito prepredicativo (teórico y valorativo) que funda ontológicamente lo a la mano. Sólo lo ante los ojos predicativo o, claro está, algunas interpretaciones teóricas no suficientemente finas y, por tanto, incorrectas, de lo ante los ojos prepredicativo pueden considerarse derivadas de lo a la mano –lo cual basta, por cierto, a la brillante inteligencia de Heidegger para lograr dar a su tesis toda la credibilidad que necesita.
 
2. El útil como paradigma del ser a la mano.
              Para justificar la primacía ontológica del ser a la mano, Heidegger comienza por proponer una descripción ciertamente atrayente e interesante de ciertos entes concretos a los que denominamos "útiles"; útiles “dados indiscutiblemente como tales, deberíamos quizás añadir, pues la tesis final de Heidegger afirma que todo ente intramundano es un útil, aunque no lo parezca de primeras
              En la definición del útil que Heidegger propone se ve ya que nuestro autor la va a hacer extensible a todo ente intramundano, pues el útil es el correlato del curarse de” que define el ser ahí: "Llamamos útil al ente que hace frente en el curarse de"[11]. El modo de ser del útil es el ser a la mano: "El modo de ser del útil en el que él se muestra desde él mismo lo denominamos el ser a la mano (die Zuhandenheit)"[12]. Y a aquello que tiene el modo de ser a la mano lo llama Heidegger "lo a la mano (Das Zuhandene)" o bien "entes a la mano". El ser del útil es el "para (Umzu)": "Un útil es esencialmente 'algo para (etwas, um zu)...'". "En la estructura 'para (Umzu)' hay una referencia (Verweisung) de algo a algo"[13]. Además, Heidegger señala certeramente que lo que hace frente en el curarse no es nunca un útil aislado, sino un todo de útiles ("Un útil no 'es' rigurosamente tomado nunca"[14]), de modo que el útil se da siempre en un plexo de referencias (Verweisungsmannigfaltigkeit).
              En el andar por el mundo hace frente el ente intramundano como útil, de modo que malinterpretaríamos los fenómenos si describiéramos este contacto con el útil como "ante los ojos". Por supuesto, el útil no se da teóricamente como cosa, pero tampoco se sabe teóricamente como útil; y, podemos añadir, por tanto, que tampoco se da como elemento de una teoría utilitarista, que quedaría en un terreno aún más derivado. En el curarse, el útil hace frente de modo no embozado, pero no se determina teóricamente como útil: tan sólo se utiliza. Como dice Heidegger de modo brillante y descriptivamente muy certero: "Cuanto menos se mire como con la boca abierta la cosa martillo, cuanto mejor se la agarre y se la use, (...) tanto más desembozadamente (unverhüllter) hace frente ella como lo que es, como un útil"[15].
              Ya puedo señalar que para dar cuenta del uso, Heidegger ha de introducir "el ver en torno (Umsicht)". Su necesidad es palmaria: el curarse no puede ser ciego. Como el útil se da en un plexo de referencias, para poder usar el útil correcto, el curarse que se enfrenta al todo de útiles, ha de tener su peculiar forma de ver, el ver en torno, que es el que se somete al plexo de referencias (y en el que se da la totalidad de conformidad). El ver en torno es un caso particular del ver (Sicht), y el ver es constituido por el comprender (Verstehen): "En su carácter de proyección, el comprender constituye existenciariamente aquello que llamamos el ver del ser ahí"[16]. Heidegger sostiene, sin embargo, que el ver en torno en el que se da el útil no es teórico. El ver en torno es constituido en el comprender y, según Heidegger, el comprender no tiene carácter teórico. Para confirmarlo, basta caer en la cuenta de que ni siquiera la interpretación, que es derivada del comprender, se produce en el ámbito de la teoría. La interpretación es el cómo hermeneútico, en el que el útil que se da como útil. Mas esto sigue sin ser teórico: los únicos ejemplos que pone Heidegger de interpretación son el preparar, arreglar, poner en forma, mejorar, completar[17], y el arrojar o cambiar el instrumento inapropiado (el martillo que pesa demasiado)[18]. Por mi parte, intentaré mostrar más adelante que para que el uso se produzca, el ver en torno tiene que ser teórico. Pero antes he de empezar con las cuestiones más básicas.
              La tesis que quiere justificar Heidegger afirma que los útiles, los propiamente tales (los que lo son indiscutiblemente), comparten su modo de ser con los demás entes intramundanos: todo ente intramundano tiene el mismo modo de ser que el útil. Es decir, aunque quizás no lo parezca a primera vista (primera vista viciada por la tradición del pensamiento occidental), en el fondo el ser de todo ente intramundano consiste en ser a la mano. Y la estrategia, ciertamente muy inteligente, que sigue Heidegger para llegar a su objetivo, consiste en apoyarse en la relación del resto de los entes con los útiles propiamente tales. Todos los entes que no son propiamente útiles hacen, sin embargo, referencia al útil, porque se pueden entender como la obra, como los materiales o como el portador y usuario de la obra[19]. Hemos de suponer, por consiguiente, que en esta referencia se agota el ser de los entes intramundanos que no son útiles propiamente dichos, y por esta precisa razón todo ente intramundano debe considerarse como ser a la mano, como poseyendo el ser del útil, como siendo un útil, aunque no nos lo parezca de inmediato.
              Por mi parte, dedicaré los tres próximos apartados a mostrar cómo Heidegger intenta convertir en útiles, no sólo la obra (por tanto, los valores), sino también los materiales (por tanto, la naturaleza) y los usuarios (por tanto, los otros), pues al hacerlo así veremos con claridad que hay datos que escapan a estos intentos reduccionistas. En concreto, mostraré aquí que hay, al menos, tres datos originarios que son por completo irreductibles al esquema heideggeriano del ser a la mano: los valores como fines en sí mismos, la naturaleza y el cuerpo propio. 
 
3. La obra y la eliminación de toda noción de "valor".
              Según Heidegger, lo a la mano (equivalente de momento al útil), aunque se dé para el ver en torno, no es inmediatamente temático (zunächst tematisch) para el ver en torno. De este modo introduce Heidegger en su análisis la "obra", pues para el ver en torno lo inmediatamente temático es justamente la obra y no el útil, y por ello es de la obra de lo que primariamente se cura el ser ahí (primär Besorgte). Recordemos que en su definición inicial decía Heidegger que: "Llamamos útil al ente que hace frente en el curarse de"[20]. Ahora añade que la obra también hace frente en el curarse y, además, ¡es de lo que primariamente se cura el ser ahí! Heidegger, sin embargo, no ha de modificar su definición, porque lo que se trata de mostrar es que la obra, como cualquier otro ser intramundano, es, en el fondo, un útil.
              Para justificarlo, Heidegger empieza por caracterizar la obra como el "para qué (Wozu)" del útil. De este modo, la obra hace clara referencia a un útil: es su para qué. Parece claro, sin embargo, que esta relación con el útil no es suficiente si se trata de adquirir el ser del útil. En realidad, el único argumento que permite defender que la obra tiene un ser a la mano es el que afirma que la obra, a su vez, ha de considerarse como útil para otra obra ulterior, y esto es efectivamente lo que sostiene Heidegger: "La obra que hay que producir, como el 'para qué (Wozu)' del martillo, del cepillo de carpintero, de la aguja, tiene por su parte la forma de ser del útil. El zapato que hay que producir es para portarlo (útil zapato), el reloj ya acabado para saber el tiempo"[21].
              Este punto es importante para entender el alcance de la tesis que discutimos. Heidegger había afirmado que "el modo de ser del útil (...) lo denominamos el ser a la mano", y ahora muestra que la obra, que parecía que no era un útil y que, por tanto, no tenía un ser a la mano, en realidad sí lo tiene: "La obra (...) tiene por su parte la forma de ser del útil". La teoría heideggeriana no admite, pues, interpretaciones débiles: Heidegger no afirma que el ser a la mano incluya el ser del útil y también el de otros entes (obra, materiales, usuario y portador), que ya no serían útiles, pero que estarían relacionados con los útiles. Es decir, no afirma que lo a la mano sea sobre todo el "para (Umzu)", pero también el "para qué (Wozu)" y el "de dónde (Woraus)" de los materiales. Muy al contrario, Heidegger defiende que, a pesar de que no lo parezca —debido a interpretaciones tradicionales incorrectas, estos otros entes intramundanos (es decir, todos los entes intramundanos) son también útiles. El "para qué (Wozu)" y el "de dónde (Woraus)" en el fondo vuelven a ser un "para (Umzu)".
              ¿Es aceptable la tesis de Heidegger que reduce la obra a útil? En mi opinión, no lo es. Supongamos que sea cierto que la obra puede ser siempre entendida como útil para otra obra. Aunque fuera así, parece que conservaría su dimensión de obra, de "para qué" de un útil. Sería a la vez útil (para una obra) y obra (el para qué de un útil). ¿Por qué considerar entonces que la dimensión de útil es la decisiva, que entre ambos modos de ser el propio de la obra es justamente su dimensión de útil y no justamente de obra? ¿No resulta esto un tanto absurdo? ¿No parece más lógico decir que en una obra justamente lo más importante es su carácter de obra?
              A mi juicio, resulta clara la necesidad de reconocer la existencia de obras, porque negar la noción de obra es negar la noción de “fin” de la acción. En realidad, el esquema de Heidegger nos obliga a decir que no hay fines de la acción: si la obra se agota en ser a la mano, debe ser entendida siempre como medio para un fin ulterior. El proceso de medios y fines no terminaría nunca en obras que sean fines y no meros medios. Pero esta eliminación de la noción misma de “fin, implica aceptar una cadena de utilidades que se va al infinito. Una cadena no lineal, desde luego, sino en forma de red, en la que unos entes remiten a otros, sin que el proceso de remisión encuentre ningún descanso, ni siquiera parcial. Una red con múltiples vías que avanzan o vuelven a puntos anteriores, en línea recta o en círculos o espirales...; una red que no puede ser cortada en ningún punto, en la que no hay nudos, parciales o finales, que marquen el fin de los diferentes procesos de remisión.             
              ¿Es esta teoría heideggeriana de una cadena infinita de útiles la que mejor describe los fenómenos? A mi juicio, aquí resulta mucho más certera la mirada fenomenológica de M. Scheler[22], que no elimina la noción de fin, sino que reconoce la existencia de “valores” que pueden convertirse justamente en fines de las acciones humanas (valores que no se agotan en el de utilidad). En los términos de Scheler, son los valores de lo agradable sensible (el buen sabor de un bombón...), los valores vitales, los valores espirituales (la belleza, la verdad...) y los valores de lo santo. El que saborea un helado, el que contempla una obra de arte, el niño que juega con un balón, el que escucha música, el que aspira el aroma de las flores del campo, el que ve una película en el cine... no lo hace como medio para un fin, sino justamente como fin. La obra es fin debido justamente a que posee un "valor" ("merece ser"; "está bien que sea"). Muy al contrario, en la peculiar teoría propuesta por Heidegger se quieren interpretar estos fines siempre como nuevos medios; pero no creo que Heidegger llegue a lograrlo del todo. Pongamos algunos ejemplos, comenzando por los valores estéticos.
              Según Heidegger, el que contempla "Las Meninas" no captaría el valor de su peculiar belleza esto lo creemos, según Heidegger, por la funesta influencia de la historia de la filosofía, sino que se enfrentaría a esta obra de arte como un útil para una obra ulterior. Pero, ¿para qué obra ulterior sirve la belleza de "Las Meninas"? Heidegger intenta dar cuenta de este dato descriptivo en Sobre el origen de la obra de arte, pues en este texto, frente a las cosas y los útiles, la obra de arte pasa a primer plano. Nuestro autor, sin embargo, no reformula la tesis de la primacía de lo a la mano teniendo en cuenta el nuevo elemento introducido en su texto. Parece claro que si  sigue considerando verdadera su tesis de Ser y tiempo, debería indicar cómo situar la obra de arte en la dicotomía "ser ante los ojosser a la mano". Y si cree que es falsa habría que precisar qué parte de Ser y tiempo puede seguir considerándose aceptable una vez eliminada la tesis central sobre la primacía de lo a la mano (en la que basa su descripción del mundo, al que se enfrenta el ser ahí definido como "cura"). En realidad, la posible reformulación del "mundo", teniendo en cuenta la "tierra", sería la reformulación de toda la analítica existenciaria y el problema reside en que el segundo Heidegger ya no ofrece datos descriptivos que nos permitan entender su alternativa a las descripciones fenomenológicas que todavía intentaba hacer en Ser y tiempo.
              Para terminar, podemos señalar otros ejemplos más cotidianos que tampoco parecen dar la razón a las descripciones heideggerianas. El que se compra una vajilla puede hacerlo por su dimensión de utilidad: la vajilla sirve para comer. Pero al comprar una vajilla más cara que otra porque nos parece más bonita, es obvio que no estamos tratando la vajilla como un útil. El plato barato es igual de útil para que no se vierta la sopa, pero se elige el más caro (y gastar más dinero es menos útil que gastar menos). Esta elección sería un absurdo si sólo existiese el valor de utilidad. Cuando saboreamos un bombón, ¿para qué fin ulterior estamos empleando el buen sabor del bombón (valor de lo agradable sensible)? No merece la pena prolongar la lista de ejemplos, porque los encontramos a cada momento en la vida cotidiana (que, como vemos no es mera poiesis, sino también praxis). En ella nos tropezamos constantemente con valores que se dan como fines y no como meros útiles. Los valores constituyen descansos parciales en las cadenas de utilidades, que impiden que el uso se extienda al infinito[23].
             
4. Los materiales. Reducción de la naturaleza a material de uso.
              Pasemos ya a considerar el otro tipo de entes intramundanos, que han de ser reducidos por Heidegger al esquema de la utilidad: los materiales. Para introducir los materiales, nuestro autor parte de la obra, porque la obra es lo inmediatamente temático. La obra es el para qué del útil, pero la cuestión está en que la obra no necesita sólo del útil, sino también de los materiales: los materiales son el "de dónde (Woraus)" de la obra. De nuevo, para Heidegger se trata de comprobar que los materiales tienen un ser a la mano. Y lo tienen puesto que siempre hacen referencia a la obra de la que ya se ha probado que es a la mano. Los materiales lo son de la obra (aunque habría que precisar que son necesarios tanto para la obra como para los útiles, pues los útiles también son obra: la mesa requiere el martillo y la madera, pero el mango del martillo también necesita madera previa). Como señalamos en la argumentación anterior, parece, sin embargo, que esta relación no es suficiente para probar su ser a la mano. Heidegger tendría que mostrar que ellos son, a su vez, útiles u obras. Ambos caminos resultan, sin embargo, inviables.
              En efecto, los materiales no se pueden considerar, a su vez, como útiles. No tienen un para qué, sino que son algo también necesario a fin de que el para qué pueda realizarse. Junto con el útil hacen posible la obra. Pero, además, es imposible demostrar que son obra, en tanto que producidos por otros útiles. El material, a su vez, puede ser una obra: el plástico, las telas, el cristal, etc... Pero hay que llegar al primer material no producido mediante materiales previos, y éste ha de estar dado. Como reconoce Heidegger, hay materiales no producidos, que no necesitan ser producidos (herstellungsunbedürftig). En primer lugar, es claro que los materiales inanimados que forman la naturaleza no son producidos. Y, en segundo lugar, si nos fijamos en los seres vivos, que también forman parte de la naturaleza, éstos se generan de otros, son criados (gezüchtet) por otros. Pero lo importante es que en la cría se producen,  en cierto modo, a sí mismos, y desde luego, no se producen en el sentido estricto de producción mediante útiles.
              Cuando preguntamos por los primeros materiales ("materias primas"), aparece, por tanto, una quiebra en el esquema de Heidegger, pues nos topamos con la naturaleza. La podemos entender como material, pero se trata de un material que, a su vez, no puede ser una obra y, en consecuencia, carece de ser a la mano. Esto, sin embargo, no parece preocuparle mucho a nuestro autor. En realidad, le preocupa tan poco que defiende una tesis más fuerte, pues en los materiales que supuestamente tienen un ser a la mano, Heidegger incluye la naturaleza en su conjunto. Es decir, no sólo hay partes de la naturaleza que en determinados momentos pueden convertirse en materiales, sino que toda la naturaleza es, en realidad, material para obras. Pero ¿es de recibo que todo lo natural, la naturaleza en su conjunto, se considere como material para una obra posterior? Parece evidente que no. Y, sin embargo, sólo por este camino logra Heidegger reducir la naturaleza a útil[24].
              Se podría objetar que el propio Heidegger matiza esta tesis, pues, a pesar de que entiende la naturaleza como material, introduce también otras dos concepciones de la misma. La primera es la naturaleza como ante los ojos, que Heidegger identifica directamente con lo dado al pensar del científico —como ejemplos aparecen las plantas del botánico o el origen geográfico de un río. Sin embargo, según la tesis que aquí discutimos, la naturaleza como "ante los ojos" es derivada frente a la naturaleza como material. Hemos de recurrir, por tanto, a la segunda concepción de la naturaleza introducida por Heidegger, a la que se refiere como "el poder de la naturaleza": la "naturaleza como aquello que 'vive y crea', nos sobrecoge, se apodera de nosotros como paisaje"[25]. Es la naturaleza dada en las "flores del camino", en "la fuente soterraña". Esta naturaleza como poder no podría derivarse del ser a la mano, pero tampoco ser descubierta al convertir la naturaleza en ser ante los ojos (científico): las plantas del botánico (naturaleza como objeto científico) no son flores del camino, el origen geográfico de un río no es la fuente soterraña[26]. Asimismo cuando en el parágrafo 43 Heidegger reconoce que el ser de la naturaleza no es ni a la mano ni ante los ojos, tendríamos que decir que se está refiriendo a este último sentido de naturaleza. Pero el problema es que Heidegger no reformula su tesis de la primacía de lo a la mano, teniendo en cuenta el concepto de naturaleza como poder. Si lo hiciera, ¿habría que sostener que lo a la mano se funda en la naturaleza así entendida? ¿No destruiría esto la tesis de la primacía del ser a la mano, que permite entender el ser en el mundo como un curarse?
              Frente a las descripciones heideggerianas, creo que hay que afirmar que la naturaleza es previa al ser a la mano y que esta naturaleza es ante los ojos al menos en dos sentidos. En primer lugar, la naturaleza puede aparecer como dotada de valores, sobre todo, estéticos: los seres naturales se dan como agradables, como bellos, como sublimes, como amenazantes... Un análisis de los entes intramundanos que prescinda de la consideración estética de la naturaleza resulta, sin más, inaceptable. Y, en segundo lugar, la naturaleza se da sencillamente como un conjunto de "cosas", de entes ante los ojos que en ningún sentido son materiales para futuras obras: un árbol, una montaña, una oveja, el sol, el mar... simplemente son; son seres naturales.
              Es quizás necesario aclarar que el sostener que el ser de la naturaleza es un ser teórico, ante los ojos, no implica, como parece querer Heidegger, que las cosas naturales sean objetos científicos. Es muy cierto que la naturaleza no se da originariamente como objeto científico: un árbol no es en principio un conjunto de átomos o el correlato de unas fórmulas matemáticas. Pero esto no significa que entonces la naturaleza carezca de ser ante los ojos y deba ser entendida como ser a la mano. El error de Heidegger consiste en reducir lo teórico a lo científico (al nivel predicativo, por tanto). Frente a este reduccionismo, hemos de seguir recordando que el ver, el oler, el tocar... forman parte de la experiencia prepredicativa, que es teórica sin ser científica (predicativa), y es en este tipo de experiencia en el que se da la naturaleza. Negar este ser ante los ojos prepredicativo y tratar de derivar la naturaleza de lo a la mano, reduciéndola a material para una obra (decir que "el bosque es parque forestal, la montaña cantera, el río fuerza hidráulica, el viento es viento 'en las velas'"[27]) es, en mi opinión, negar los datos más elementales. El que ve cómo cae una rama de un árbol no formula la ley de la gravedad, pero tampoco convierte el árbol y la rama en madera para futuras obras: simplemente ve el árbol. El que al pasear por el campo se encuentra con un rebaño de ovejas, no las capta como donadoras de lana para sus futuras prendas de vestir: simplemente ve las ovejas, sin elaborar tampoco ninguna teoría científica sobre ellas.
 
5. El portador y el usuario. El otro cosificado en relaciones sociales utilitarias.
              Para completar el análisis de Heidegger, sólo nos resta considerar un tercer tipo de entes intramundanos que han de hacer referencia al útil: el portador y usuario de la obra. El portador y usuario podría ser el propio ser ahí, pero también pueden ser los otros seres ahí, que quedan de este modo incluidos en el esquema del ser a la mano. Heidegger no puede llegar a considerar a los otros como los meros «entes a la mano» que intervenían en la primera descripción del mundo, pero sí son los que acaban de completar la estructura de utilidad construida por los entes a la mano: el otro es el portador de los zapatos, el que se protege de la lluvia bajo el tejadillo…
              Los otros quedan así incluidos en el esquema del ser a la mano, eliminando de ellos su posible dimensión de fines en sí mismos, pues, de nuevo, como hemos repetido en las argumentaciones anteriores, para justificar que tienen un ser a la mano no basta con afirmar su relación con la obra, sino que hay que considerarlos como medios para fines ulteriores. El usuario sería, por ejemplo, el que da su dinero a cambio del útil y permite así que con dicho dinero se alcancen nuevos fines.
              La razón de fondo que explica que los otros no puedan ser más que elementos en la trama de la cura, o dicho de otro modo, que no puedan ser «sí mismos», reside en que cuando Heidegger trata acerca de los otros no ha introducido aún ninguna noción de sí mismo; muy al contrario, es a partir de los otros como introducirá el "uno (Man)" en tanto que configuración impropia del sí mismo. Teniendo esto en cuenta, que he justificado con detalle en otro lugar[28], es claro que el otro sólo puede entenderse a partir de la estructura de utilidad de la cura, quedando así cosificado en relaciones de utilidad social (y finalmente el ser ahí tampoco podrá ser “sí mismo”, sino tan sólo el “uno”, es decir, los otros cosificados en la trama de utilidad).
              Este modo de comprender al otro, esta peculiar forma de tratar —o, quizás mejor, de eludir— el difícil problema de la intersubjetividad, está en perfecta concordancia con el modo en que Heidegger define la caída. En la caída se trata de interpretarse a partir del mundo; la caída es ser cabe el mundo, es «absorberse» en el mundo, en el curarse de los entes a la mano. Y es este «absorberse» en el mundo el que se concreta justamente en el «perderse» en los otros, en el vivir en el «uno». Los otros funcionan, pues, como partes del mundo en el que se absorbe el ser ahí caído: «El término [caída] (…) pretende significar esto: el ser ahí es inmediata y regularmente cabe el 'mundo' de que se cura. Este absorberse en (Aufgehen bei)… tiene por lo regular el carácter del ser perdido en la publicidad del ‘uno’»[29].
                           
6. El cuerpo vivido y la mano.
              Si antes hemos preguntado por la obra (y por el valor) como fin de la cadena de utilidades, ahora es el momento de preguntar por el inicio de la cadena. Con unos útiles fabrico una obra, que es un útil para fabricar otra, que es un útil..., pero todo este proceso tiene una condición de posibilidad, que es el cuerpo propio, el cuerpo vivido, sobre el que Husserl ha realizado unos análisis realmente brillantes. Sin el cuerpo, la cadena de utilidades no llegaría a iniciarse. Si no fuéramos capaces de "gobernar" nuestro propio cuerpo, tampoco podríamos manejar ningún útil. Es claro que el cuerpo no ha sido, a su vez, producido mediante útiles, sino que está siempre ahí como la condición de posibilidad de que los útiles se puedan producir y utilizar. El cuerpo incluye esa "mano (Hand)", que, a pesar de aparecer en las expresiones propuestas por Heidegger (Zuhandenheit), es totalmente desatendida por éste. Es la mano la que construye o maneja el útil: la que alisa una rama para obtener un palo con el que mover la comida o la que gira el volante del coche que ha de llevarnos a nuestro destino.
              El cuerpo queda silenciado en el planteamiento de Heidegger, porque no se puede reducir a los útiles, obras, materiales, portadores y usuarios que integran el esquema del ser a la mano. Dentro de este esquema, tendría que ser algo así como el primer útil. Sería el útil con el que un espíritu desencarnado se inserta en el mundo, pero ésta no parece la solución más acertada del problema mentecuerpo. En realidad, el cuerpo ha de situarse fuera del esquema heideggeriano, en tanto que es su condición de posibilidad. Y lo sorprendente en este punto es que Heidegger no ofrezca nunca un tratamiento aceptable de dicha condición de posibilidad. Si lo hubiera hecho habría constatado que el cuerpo vivido es uno de los elementos decisivos que intervienen en el ver en torno. El uso es certero porque el ver en torno incluye el saber del propio cuerpo. Y lo decisivo es que el darse del cuerpo no es el del útil tampoco el de un ente intramundano ante los ojos, sino un darse teórico (sensibilidad espacializada en tres dimensiones[30]), que, además, es condición de posibilidad del uso.
Como es sabido, Otto Pöggeler sostiene que Heidegger, con su ser en el mundo, habría logrado superar el sujeto husserliano, que sería una especie de Yo puro desprovisto de cuerpo. Dice Pöggeler de modo irónico que el sujeto husserliano “utiliza su cuerpo a lo sumo cuando tiene que alejarse un par de pasos del escritorio para poder ver una cosa desde diferentes lados y describirla así con más precisión” [31]. Frente a él, Heidegger habría logrado un sujeto fáctico que se inserta en el mundo mediante su cuerpo. Resulta, sin embargo, sorprendente este modo de plantear la cuestión por parte de los estudiosos heideggerianos, pues la propuesta de Heidegger, no sólo es que no trate en ningún momento la cuestión del cuerpo, sino que no deja ningún espacio ontológico que nos permita tratar esta cuestión decisiva. Y, sin embargo, en Husserl o en Scheler encontramos una auténtica teoría del “cuerpo vivido”: ellos muestran que el sujeto se vive primariamente como cuerpo, esto es, como cuerpo vivido que se da en la experiencia prepredicativa. (En este punto es necesario seguir insistiendo, para evitar malentendidos, en que el sujeto que defienden Husserl o Scheler no es un sujeto absoluto tipo Hegel: es un  yo temporal y pasivo, que se da de modo prerreflexivo e implícito en la experiencia prepredicativa del mundo de la vida. Y, lo que ahora nos importa, es que es un yo relacionado con el cuerpo. Es un yo encarnado en un cuerpo vivido.)
En la filosofía de Heidegger el ser ahí se inserta en el mundo a través de la cura con entes a la mano y parece que esto exige contar con un sujeto corporal que maneja el mundo. Pero lo cierto es que Heidegger, al eliminar el sujeto, elimina necesariamente también el cuerpo, elimina justamente la “mano”, que no es objeto de ningún análisis en Ser y tiempo, a pesar de que resulta obvio que debería ocupar un lugar central. No se trata aquí de un mero olvido, sino de una cuestión absolutamente crucial del planteamiento de Heidegger: es la misma definición del hombre como  ser ahí la que elimina por necesidad todo cuerpo vivido, pues el hombre se sitúa explícitamente en el “ahí”, frente al “aquí” absoluto que Husserl asigna al cuerpo vivido. El hombre se hace tan exterior, tan mundano, tan “ahí”, que pierde incluso su cuerpo (cuerpo vivido).
Esta paradoja nuclear de la teoría de Heidegger la reconoce Michel Haar[32] (citado por Jean-François Courtine[33]) que afirma que, en Ser y tiempo, Heidegger no hace un análisis temático de la problemática del cuerpo vivido, mientras que, sin embargo, autores como Husserl o Merleau-Ponty, habían sabido describir el cuerpo vivido como el lugar original de la verdad.
              Resumiendo lo visto en los últimos apartados, tanto al comienzo como al final de las cadenas de utilidades se necesita recurrir a fenómenos totalmente desatendidos por Heidegger. Al final es imprescindible contar con los valores como fines, que son los únicos que hacen comprensible la noción de obra. Y al comienzo se necesita, en primer lugar, el cuerpo propio, que es condición de posibilidad de todo útil, y, en segundo lugar, los materiales dados, que forman parte de la naturaleza, que no es útil ni obra en ningún sentido.
 
7. Por mor del ser ahí: el nivel de la propiedad.
              Todo conocedor de Heidegger habrá detectado hace tiempo el aparente olvido en mi exposición de un punto decisivo de la teoría heideggeriana. La cadena de utilidades no es una espiral que se vaya al infinito, porque Heidegger afirma que es por mor del ser ahí. Esta pieza crucial del análisis del ser a la mano es la que permite el entronque con el nivel de la "propiedad" y no podemos, por tanto, retrasar más su estudio.
              Heidegger añade esta nueva pieza del análisis al hilo de la noción de "conformidad (Bewandtnis)". Heidegger cree, en efecto, que es necesario introducir una nueva noción ontológica que dé cuerpo a su descripción del ser a la mano y esta noción es la de "conformidad". La conformidad es el conformarse con (mit) algo en (bei) algo: con el martillo se guarda conformidad en el martillear: "el 'en qué (Wobei)' en que se guarda conformidad es el 'para qué (Wozu)' del servir para (...)"[34].Y Heidegger afirma que "el carácter del ser de lo a la mano es la conformidad"[35]. Pues bien, en este punto añade Heidegger que el "para qué" remite a un "para qué"  primario (primäre), que es un "por mor del que (Worumwillen)", de forma que el "por mor de (Umwillen)" conviene siempre al ser ahí:
             
                            "Pero la totalidad de conformidad misma retrocede últimamente a un `para qué' en el que ya no se guarda conformidad alguna, que ya no es un ente de la forma de ser de lo a la mano dentro de un mundo, sino un ente cuyo ser es determinado como ser en el mundo (...). Este primario `para qué' no es ningún `para qué (Dazu)' como posible `en qué' de una conformidad. El `para qué' primario es un `por mor del que (Worumwillen)'. Pero el `por mor de (Umwillen)' conviene siempre al ser del ser ahí (betrifft aber immer das Sein des Daseins)"[36].
             
              De este modo se completa la teoría heideggeriana. El mundo se entiende como totalidad de conformidad (Bewandtnisganzheit) que acaba en el "por mor del" ser ahí. Y la "estructura del mundo", lo que Heidegger denomina la "mundaneidad (Weltlichkeit)", es entonces la "significatividad (Bedeutsamkeit)": "El todo de relaciones de este significar lo llamamos la significatividad. Es lo que constituye la estructura del mundo (...)"[37].
              Teniendo esto en cuenta, ya podemos explicar con más precisión en qué consiste el ver en torno que orienta el uso. El ver en torno está sometido al abarcar con la vista (Übersicht) el todo de útiles y este abarcar con la vista recibe su "luz" del poder ser del ser ahí por mor del que existe el curarsede como cura:
             
                            "Él mismo [el ver en torno] está sometido a su vez a la dirección de un abarcar con la vista más o menos expresamente el todo de útiles del mundo de útiles del caso (...). Lo esencial del abarcar con la vista es el primario comprender la totalidad de conformidad (...). El abarcar con la vista que ilumina el curarse de recibe su 'luz' del poder ser del ser ahí por mor del que existe el curarsede como cura"[38].
             
              Con todos estos elementos, ya podríamos afirmar que Heidegger logra cortar las cadenas de utilidades, porque reconoce un fin último que es el ser ahí. En efecto, el primario para qué del que habla Heidegger sería un "para qué" final, es decir no un "para", sino un fin en sí mismo. Los entes intramundanos tienen todos el ser "para" propio de los útiles, pero las cadenas de útiles no se van al infinito porque las corta el ser ahí. El punto decisivo es que el ser ahí ya no es un ente intramundano y, por tanto, aceptar su papel como lugar final de las cadenas de utilidades, no contradice la tesis heideggeriana inicial de que todo ente intramundano es un útil. Es el mismo Heidegger el que parece orientarnos hacia esa interpretación cuando pone el ejemplo destinado a confirmar su teoría: "con este ente a la mano (...) se guarda conformidad en (...) con este otro en el protegerse de la intemperie: éste 'es' por mor del guarecerse el ser ahí, es decir por mor de una posibilidad de su ser"[39].
              Al considerar el fin de la cadena en el ser ahí, Heidegger se sitúa ya en el nivel de la propiedad. Si volvemos al paralelismo que propone F. Volpi, aquí se estaría pasando de la poiesis a la praxis[40]. En la poiesis, lo hecho no es un fin en sí mismo, sino en referencia a algo y alguien (pros ti kai tinos; heneka tinos) y, por el contrario, la praxis tiene en sí su propio fin (hautou heneka; hou heneka). El "por mor del ser ahí", puede reescribirse, todavía dentro de la terminología heideggeriana, como por mor del "sí mismo (Selbst)"; y este por mor del sí mismo equivale al "hautou heneka", a causa de "sí mismo (hautou)".
              Pero si permanecemos dentro del estricto marco heideggeriano, parece también claro que el ser ahí entendido como meta final de la cadena de utilidades es precisamente el que se nos hace patente en la propiedad. En la angustia de la propiedad es el ser ahí el que se singulariza mientras el mundo se hunde en la nada. Y aquí nos importa que la solución de Heidegger que apela al nivel de la propiedad, muestra la estrecha relación entre la tesis que privilegia el ser a la mano y el nihilismo defendido en Ser y tiempo; nihilismo que coincide con la imposibilidad de la existencia propiasalvo como angustia momentánea que nos devuelve, pues, inevitablemente a la impropiedad.
              En efecto, para Heidegger, la angustia que nos abre a la propiedad hace que el mundo se vuelva insignificativo. Según hemos visto, Heidegger entiende el mundo desde el esquema de la utilidad y por ello lo define como la estructura de “significatividad (Bedeutsamkeit)”, que permite justamente que haya un “mundo”, un mundo de útiles. En la impropiedad nos dejamos absorber por los útiles, pues, perdidos en el uno (Man) nos interpretamos a partir del "mundo" con comillas, es decir, del mundo como conjunto de entes, de útiles. Sin embargo, en la angustia que nos abre a la propiedad, la situación cambia drásticamente: ya no nos absorbe el “mundo”, no quedamos presos del uso de ciertos útiles, sino que abarcamos la totalidad de la existencia. Y el punto decisivo reside en que en la propiedad nos ocupamos, no sólo del fin de las cadenas de utilidades en las que se articula el mundo en el que está el ser ahí (la totalidad del mundo —abstractamente desligado del ser ahí), sino que nos enfrentamos al fin del propio ser ahí (totalidad del ser ahí —que incluye la totalidad de su mundo). Cerramos, pues, la cadena de utilidades en el “por mor del ser ahí”, constatando, además, que el ser ahí sólo adquiere su propia totalidad en la muerte. Dicho de otra forma, el fin del ser ahí, del que nos ocupamos en la propiedad, es la prolongación de los múltiples fines parciales de las cadenas de utilidades y tiene su cierre último en la  muerte del ser ahí. Veamos ya cómo describe Heidegger este paso a la propiedad.
              La tesis nihilista de Heidegger queda formulada con suficiente claridad: en la propiedad aparece el mundo como mundo, que coincide con la nada. En la angustia ante la muerte que caracteriza la propiedad, los entes intramundanos pierden importancia, el mundo adquiere el carácter de la “insignificatividad (Unbedeutsamkeit)” y así el mundo se convierte en nada:
 
"La totalidad de conformidad de lo a la mano y lo ante los ojos descubierta dentro del mundo carece en cuanto tal de toda importancia. Se hunde toda en su propio seno. El mundo tiene el carácter de una absoluta insignificatividad (Unbedeutsamkeit)"[41]. "En la angustia se hunde lo a la mano del mundo circundante, en general los entes intramundanos. El `mundo' ya no es capaz de ofrecer nada, ni tampoco el ser ahícon de otros"[42]. "Ya no hay conformidad que valga con los entes del mundo circundante. El mundo en que yo existo se ha sumido en la insignificatividad, y el mundo así abierto sólo puede dejar en franquía entes bajo la especie de la falta de conformidad. La nada del mundo ante la que se angustia la angustia no quiere decir que en la angustia se experimente algo así como una ausencia de lo ante los ojos dentro del mundo. Lo ante los ojos tiene justo que hacer frente para que no pueda haber absolutamente ninguna conformidad con ello y ello pueda mostrarse en una vacía inexorabilidad"[43]. "El estar a la expectativa curándose de no encuentra nada por lo que pudiera comprenderse, sólo ase la nada del mundo"[44].
             
En mi opinión, la argumentación de Heidegger en este punto decisivo se limita a sacar conclusiones de su inicial descripción del mundo. El mundo como mundo es la significatividad como tal. Pero es una significatividad no dada en el uso, pues en la angustia ante la muerte ya no nos absorben los entes intramundanos. Por tanto, es una significatividad que se ha vuelto insignificativa; y una significatividad insignificativa es una nada. Dicho de otro modo, en la impropiedad parece haber un mundo de útiles, en que realmente hay utilidades, pero se trata de una mera apariencia, que salta a la vista cuando nos preguntamos por el final de las cadenas de utilidades, cuando preguntamos, con Machado, "¿dónde está la utilidad de nuestras utilidades?
              Efectivamente, el absurdo inherente a una cadena de utilidades sin fin, sólo pasa desapercibido porque el uso fáctico y cotidiano nos entretiene en el paso constante de un útil a otro y nos distrae así de la totalidad. Pero en la angustia ante la muerte se muestra el absurdo de cadenas sin fin, pues ya no cabe la posibilidad de seguir esperando un fin ulterior, sino que hemos de reconocer lo ya sabido pero siempre disimulado: que si todo es mero medio, entonces nada es fin, nada vale, nada merece la pena. La muerte se convierte de este modo en un dato absoluto y último (queda prohibida cualquier tipo de trascendencia más allá de la muerte —pese a que Heidegger dice dejar abierta esta cuestión no intramundana), pues, en lo que aquí respecta[45], la muerte es la constatación de la tesis que reduce el mundo a mera utilidad. Si en la experiencia intramundana no hay valores, que proporcionen descansos, más o menos parciales, en las cadenas de utilidades, es claro que la muerte no va a ser la encargada de introducirlos. La muerte más bien constata su ausencia, desvela el nihilismo que podía pasar desapercibido al contar con la constante continuación posible de la cadena de utilidades.
En definitiva, la angustia de la propiedad revela la totalidad (del mundo y del ser ahí) y con ella la nada (del mundo insignificativo y del ser ahí que muere). La propiedad consiste, respecto a la cuestión que aquí nos incumbe, en constatar que el ser del mundo coincide con la nada (la significatividad es insignificativa). Y esto se debe a que el mundo se ha reducido a ser a la mano. Si defendemos que en el nivel originario sólo hay el ser a la mano (borrando todo rastro de ser ante los ojos y de realidad valiosa al margen de la utilidad), no es extraño que, a la postre, tengamos que reconocer que el mundo es nada, pues la utilidad, referida tras las espirales ilimitadas de medios a un ser que muere, ha de disolverse en la nada.
              Por último, quiero indicar que el análisis del "por mor del que" sigue dejando sin resolver el problema de la obra, pues, al no ser el ser ahí un ente intramundano, en él no puede acabar estrictamente la cadena de utilidades. La cadena de utilidades ha de acabar en un ente intramundano que es por mor del ser ahí. El ser ahí es aquel "por mor del que (Worumwillen)", pero Heidegger se olvida justamente del ente que es "por mor de (Umwillen)" el ser ahí; ente que constituye el último eslabón de la cadena de utilidades. El ser ahí es el "por mor del que ", pero el "por mor de" ya no corresponde al ser ahí, como dice Heidegger cuando introduce el para qué primario ("el 'por mor de' conviene siempre al ser del ser ahí"), sino al último ente intramundano. Este último ente intramundano ya no tiene un ser "para (Umzu)", sino que es "por mor de (Umwillen)". (Como se ve, me limito aquí a hacer una analogía de lo que sucede, según el propio Heidegger, en el nivel del útil y la obra. El ser de la obra es el "para qué (Wozu)", pero el ser del útil es el "para (Umzu)" y no otra vez el "para qué". Igualmente el ser del ser ahí es el "por mor del que (Worumwillen)", pero entonces el "por mor de (Umwillen